domingo, 20 de mayo de 2007

Beber para creer

La credulidad humana es un abismo sin fondo. En el pasado se creyó que el vuelo de las pájaros y las vísceras de las reses revelaban las claves del futuro, se creyó en las facultades milagrosas de ídolos y talismanes, se creyó en dioses, hadas y endriagos poseedores de los más diversos y prodigiosos poderes, se creyó en los reinos de la felicidad eterna y en la fuente de la juventud, en la aterradora laguna Estigia y en las llamas eternas del Averno, y hasta se creyó en el milenio hitlerista, y en los inalterables cementerios de la unanimidad soviética o cubana y en el alevoso progresismo santacruceño, pero todos esos registros palidecen cuando arribamos al milagroso terreno del arte oficial de nuestros días, que no se detiene en el candente límite de creer en el urinario y el pescado en formol: sin atender al insignificante obstáculo de la racionalidad, va mucho más allá y se zambulle en la creencia de que el urinario y el pescado son las expresiones más sublimes del arte actual, y hasta se anima a creer que su creencia encontrará la complicidad de las generaciones futuras, lo que deja flotando una pregunta crucial: ¿Habrá un vínculo elemental y permanente entre el insaciable afán de creer y nuestra infinita estupidez?

jueves, 10 de mayo de 2007

El ocaso del "líder máximo"

Desde este transitorio hoy, ubicado en la primera década del siglo XXI, nos resulta fácil condenar la época terrible que extendió la entusiasta pasión por el suicidio y el asesinato, movilizó los corazones generosos a lo largo y a lo ancho del continente, cruzó el océano para invadir varios países de Europa occidental, Africa y Estados Unidos, y multiplicó la aparición de airados ejércitos juveniles que afirmaban su sagrado derecho a exterminar la desigualdad y la injusticia mediante el recurso de las bombas, los asesinatos selectivos y las cruzadas guerrilleras.
También es fácil concluir que el gran profeta, financista e instigador de la cruzada en esta parte del mundo fue el líder máximo del Caribe, pero atribuirle toda la responsabilidad y cerrar el expediente en ese punto me parece una solución simplista y claramente insuficiente, porque también el líder máximo fue un juguete de las ideas que dominaron aquella época terrible.
Aunque no lo parezca, también él es una víctima de la irresistible funcionalidad que enlaza a las ideas dominantes de entonces con los mandatos biológicos de dominación y liderazgo, siempre agazapados en el fondo de nuestro narcisismo.
Cautivado por la prestigiosa trama de falacias morales creada por Rousseau, Proudhon, Marx y otros visionarios que imaginaron hipotéticas sociedades primitivas de hombres desinteresados e indiferentes a la atracción del poder y la propiedad, más parecida a un cementerio que al mundo de los vivos, el líder máximo se aferró a la conjunción de buenos propósitos, intenciones inmaculadas e incienso revolucionario que emana de las palabras igualdad, fraternidad y justicia social, y las usó como inmejorable pretexto para lubricar sus aspiraciones de poder perpetuo y encubrir su irreprimible narcisismo.
Sin embargo, los engañosos laureles del triunfo terminaron por adquirir los perfiles de la más sórdida derrota: enfrentado a la decrepitud, con un pie adentro de la tumba y ya pulverizado su viejo sueño de liderazgo global, el líder máximo trastabilla y balbucea venganzas y amenazas al mando de un pequeño país hambriento y desencantado, rodeado de construcciones e instituciones que se agrietan y de ciudadanos que sólo tienen tres opciones: la genuflexión, la cárcel o la fuga a bordo de una balsa.
El mejor epitafio para sintetizar la parábola del líder máximo es un viejo aforismo: “Cuidado con lo que deseas, porque se puede cumplir”.

viernes, 4 de mayo de 2007

Reflexiones sobre una pintura de Leopoldo Presas

Cuando se transita una época dominada por la confusión de las ideas y el intento sistemático de opacar nuestra herencia cultural mediante la impostura mediática, la reconstrucción de los verdaderos valores y jerarquías se convierte en una necesidad imprescindible.
Creemos, en consecuencia, que el comentario de una obra de Leopoldo Presas debe comenzar con una referencia ineludible a su ubicación en el panorama de la pintura argentina, donde integra –junto con Carlos Alonso, Guillermo Roux y Antonio Seguí, que vive y trabaja en Francia–, los cuatro nombres más relevantes entre los grandes maestros vivos del arte argentino. Formado en la etapa más feliz de nuestra pintura, en estrecha relación con Spilimbergo, Victorica, Quinquela, Soldi y otros grandes nombres de esa generación, Presas se distingue por la alegría colorística y la sugestiva sensibilidad con que estiliza la figura humana, cercana al espíritu de Modigliani y dotada de un poder de comunicación claramente destinado a trascender las barreras temporales.
Datada en París en 1982, “Les filles du trotoir” nos deleita con una nota naranja en la paleta dominada por los azules y amarillos y arroja una mirada piadosa sobre uno de los tópicos más recurrentes de la tragicomedia humana.

Para el Libro de oro del arte argentino