Hace unos días comentamos la entrevista de Clarín al “videoartista” Douglas Gordon, que expone en el Malba una muestra de obras ajenas: una de ellas, por ejemplo, es la película “Psicosis”, de Alfred Hichtcock, exhibida en cámara lenta.
Días después, el suplemento adncultura, de La Nación, le dedicó la nota principal de la sección Arte al mismo acontecimiento; pero lo curioso del caso no reside en la coincidencia informativa, sino en la incondicional benevolencia de los dos grandes diarios frente a las “apropiaciones” del “videoartista”.
Dice la complaciente crónica de La Nación: “Resuenan los ecos de Duchamp; el ready made es en este caso una cinta de video alquilada en cualquier video club y exhibida sin sonido. La cita, la apropiación, la manipulación la reconstrucción, son parte de sus operaciones artísticas…”. Lo notable es que a la cronista no se le ocurre sospechar que la decisión de alquilar una película de Hichtcock para manipularla y proyectarla como si fuera una obra propia podría o debería ser considerada parte de una operación delictiva, antes que artística, además de un atentado contra la buena fe del público, que lo menos que puede esperar de alguien que se presenta como artista es la exhibición de algo hecho por él mismo.
Pero ya se sabe: estamos, una vez más, frente a “lo que se está haciendo”; es decir, una cuestión de códigos políticamente correctos, cuyo acatamiento provoca la evaporación de la racionalidad y alimenta la disolución del arte en la nebulosa afirmación de que “todo es arte”.
La gran pregunta es: ¿Lograrán convencernos de que ya no es necesario saber hacer obras propias y equiparables a las de los grandes maestros de la pintura para ser un artista?
¿Conseguirán que alguien enmudezca de admiración frente a un mingitorio, un colchón o una película alquilada en el video club, sólo porque los presenta un personaje elogiado por Clarín o La Nación?
Afortunadamente, esto no sucede en el terreno de la literatura. En los últimos tiempos, dos concursos literarios realizados por La Nación terminaron con la revocación de los premios a causa de que los participantes premiados habían plagiado obras ajenas: un cuento de Giovanni Papini en un caso y una novela de Carmen Laforet en el otro. A la luz de lo que sucede en la zona boba de la cultura denominada arte contemporáneo, no es para nada curioso el hecho de que los dos “autores” hayan intentado la misma disculpa: sólo habían querido hacer una “cita” o “apropiación” a modo de homenaje, como se hace en las artes plásticas…
El señalamiento y la condena del plagio no sólo demuestran que Cervantes seguirá siendo el verdadero autor del Quijote y Pierre Menard una ficción sin posibilidades de ingresar al mundo real; también nos prueban que no es posible manejar a voluntad los límites existentes en la cultura y las disciplinas humanas, por la contundente razón de que esos límites fueron consolidados a través de muchos siglos por incontables generaciones, que sumaron sus capacidades y talentos para definir la identidad y el significado de cada una de las cosas de este mundo.
La pretensión de eliminar los límites específicos de alguna cosa determinada conduce irremediablemente a la eliminación de la cosa misma, como lo demuestra la insondable e hilarante nebulosa del arte contemporáneo, cuya irracionalidad lo carcome por dentro a pesar de la inmunidad que le conceden los grandes diarios.
martes, 18 de septiembre de 2007
lunes, 10 de septiembre de 2007
Dos caminos: la pintura o "lo que se está haciendo"
Septiembre nos trae algunos brotes primaverales que matizan la chatura de la zona boba dominada por el arte contemporáneo.
Por una vez, La Nación Cultura mechó su machacante y limitada visión del éxito artístico (entre cuyos componentes sobresalen Damien Hirst, algunos jóvenes artistas de la semana, ciertas estrellas curatoriales, las modas más aplaudidas, los precios más altos y los peinados de las celebridades), con un inteligente comentario firmado por Elba Pérez, que vuelve la mirada hacia las obras de dos notables figuras de la pintura argentina, Basaldúa y Victorica.
¿Marcará esa nota el retorno del pluralismo a la sección Arte de La Nación, o se convertirá, apenas, en una rareza para recordar?
Pero vayamos al segundo acontecimiento del mes, aunque primero en importancia: se trata de una nueva edición del premio Gratia Artis, que la Academia Nacional de Bellas Artes le concederá esta vez al talentoso intelectual, crítico y poeta Rafael Squirru.
Detrás del sencillo y fugaz protocolo que el próximo 27 de septiembre, en el Museo Nacional de Artes Decorativas, premiará la figura y la trayectoria de Rafael Squirru, tendremos la oportunidad de percibir la fuerza de un pensamiento capaz de oponerse a la fórmula acuñada para justificar el culto de lo banal y lo repulsivo en el arte.
El punto de inflexión se produjo en los años ’60, cuando la irrupción del irracionalismo empezaba a transformar el campo artístico; al preguntar sobre el sentido de las piedras acumuladas en el piso de una de las salas, el director de un museo norteamericano le dio a Rafael la respuesta llamada a convertirse en la contraseña de la ineptitud y el sinsentido artístico: “es lo que se está haciendo”.
El mandato de los tiempos presentaba dos opciones al mundo del arte: plegarse al pragmatismo de “lo que se está haciendo” y avanzar hacia el vaciamiento de sentido y la nadería globalizada que hoy triunfa en las principales ferias y bienales, o atrincherarse en los cánones racionales de la pintura y aceptar la represalia de la descalificación y el silencio impuestos por el “progresismo” artístico.
Rafael Squirru aceptó pagar ese precio.
Con el correr del tiempo, es inevitable que las ideas cruciales de cada época se encarnen en algunos personajes emblemáticos: desde nuestra perspectiva actual, la figura de Rafael Squirru, con su incansable y lúcida defensa de la racionalidad artística y del oficio pictórico y la dignidad de su renuncia al protagonismo, aparece como la contracara de Romero Brest, un personaje que no trepidó en olvidar sus convicciones estéticas para encabezar la destrucción de la pintura y ubicarse en la cresta de la ola.
Uno, Rafael Squirru, fue un constructor, promotor y amigo de grandes pintores en una gran época de la pintura argentina y latinoamericana, fundador del museo de Arte Moderno de Buenos Aires y responsable de los envíos de Berni a la Bienal de Venecia y de Alicia Penalba y Guillermo Roux a la Bienal de San Pablo, antes de que esas bienales naufragaran en el autismo y la nulidad.
El otro, Jorge Romero Brest, atacó a Berni, a Soldi, a Presas, a Forte, porque se habían “quedado”, celebró el avance de los colchones y los baños, denigró la pintura y practicó el terrorismo de las ideas para imponer la dictadura de “lo que se está haciendo”.
Desde esa perspectiva, el premio a Rafael Squirru propuesto por el académico Guillermo Roux adquiere el sentido de una valiosa reafirmación simbólica de la pintura.
Será el 27 de septiembre, a las 19 hs., en el palacio Errázuriz; tal vez no por casualidad, muy cerca de los Sorolla y de un pequeño Corot.
Allí estaremos.
Por una vez, La Nación Cultura mechó su machacante y limitada visión del éxito artístico (entre cuyos componentes sobresalen Damien Hirst, algunos jóvenes artistas de la semana, ciertas estrellas curatoriales, las modas más aplaudidas, los precios más altos y los peinados de las celebridades), con un inteligente comentario firmado por Elba Pérez, que vuelve la mirada hacia las obras de dos notables figuras de la pintura argentina, Basaldúa y Victorica.
¿Marcará esa nota el retorno del pluralismo a la sección Arte de La Nación, o se convertirá, apenas, en una rareza para recordar?
Pero vayamos al segundo acontecimiento del mes, aunque primero en importancia: se trata de una nueva edición del premio Gratia Artis, que la Academia Nacional de Bellas Artes le concederá esta vez al talentoso intelectual, crítico y poeta Rafael Squirru.
Detrás del sencillo y fugaz protocolo que el próximo 27 de septiembre, en el Museo Nacional de Artes Decorativas, premiará la figura y la trayectoria de Rafael Squirru, tendremos la oportunidad de percibir la fuerza de un pensamiento capaz de oponerse a la fórmula acuñada para justificar el culto de lo banal y lo repulsivo en el arte.
El punto de inflexión se produjo en los años ’60, cuando la irrupción del irracionalismo empezaba a transformar el campo artístico; al preguntar sobre el sentido de las piedras acumuladas en el piso de una de las salas, el director de un museo norteamericano le dio a Rafael la respuesta llamada a convertirse en la contraseña de la ineptitud y el sinsentido artístico: “es lo que se está haciendo”.
El mandato de los tiempos presentaba dos opciones al mundo del arte: plegarse al pragmatismo de “lo que se está haciendo” y avanzar hacia el vaciamiento de sentido y la nadería globalizada que hoy triunfa en las principales ferias y bienales, o atrincherarse en los cánones racionales de la pintura y aceptar la represalia de la descalificación y el silencio impuestos por el “progresismo” artístico.
Rafael Squirru aceptó pagar ese precio.
Con el correr del tiempo, es inevitable que las ideas cruciales de cada época se encarnen en algunos personajes emblemáticos: desde nuestra perspectiva actual, la figura de Rafael Squirru, con su incansable y lúcida defensa de la racionalidad artística y del oficio pictórico y la dignidad de su renuncia al protagonismo, aparece como la contracara de Romero Brest, un personaje que no trepidó en olvidar sus convicciones estéticas para encabezar la destrucción de la pintura y ubicarse en la cresta de la ola.
Uno, Rafael Squirru, fue un constructor, promotor y amigo de grandes pintores en una gran época de la pintura argentina y latinoamericana, fundador del museo de Arte Moderno de Buenos Aires y responsable de los envíos de Berni a la Bienal de Venecia y de Alicia Penalba y Guillermo Roux a la Bienal de San Pablo, antes de que esas bienales naufragaran en el autismo y la nulidad.
El otro, Jorge Romero Brest, atacó a Berni, a Soldi, a Presas, a Forte, porque se habían “quedado”, celebró el avance de los colchones y los baños, denigró la pintura y practicó el terrorismo de las ideas para imponer la dictadura de “lo que se está haciendo”.
Desde esa perspectiva, el premio a Rafael Squirru propuesto por el académico Guillermo Roux adquiere el sentido de una valiosa reafirmación simbólica de la pintura.
Será el 27 de septiembre, a las 19 hs., en el palacio Errázuriz; tal vez no por casualidad, muy cerca de los Sorolla y de un pequeño Corot.
Allí estaremos.
miércoles, 5 de septiembre de 2007
El lado oscuro de los paradigmas
Lo que llamamos paradigma es un modelo invisible, un juicio previo sobre algún ámbito determinado, un prejuicio cuya función es definir los límites entre lo que es correcto y lo que no debemos aceptar.
La adopción del paradigma nos sirve como motivación y como marco de referencia que le da una orientación definida a nuestro pensamiento, pero cuando se lo adopta como una regla inviolable oscurece todo lo que está más allá de sus límites y dificulta su observación.
Así como el paradigma neoclásico del siglo XIX le impidió a la elite cultural francesa apreciar los valiosos atributos de la nueva mirada que aportaban los impresionistas, el posterior paradigma vanguardista acostumbró al público de arte al desprecio de la pintura figurativa y precipitó el aluvión de prohibiciones y tabúes que atraviesa la historia del arte contemporáneo.
La dictadura del paradigma suele alumbrar situaciones paradójicas y cargadas de ironía: hace unos días, leyendo una entrevista publicada en la revista Ñ, comprobamos con asombro que el entrevistado, Hermenegildo Sábat, define acertadamente a Molina Campos como “uno de los artistas más originales que hubo en el país”, pero considera que sus propias caricaturas no pertenecen al campo artístico, sin que a los entrevistadores se les ocurra objetarlo.
Sostener semejante creencia cuando el arte contemporáneo acepta como obras de arte desde excrementos enlatados hasta tiburones en formol, pasando por la infinidad de zonceras y balbuceos que se exhiben en las ferias y bienales, podría parecer incomprensible, pero es muy fácil de entender a la luz del paradigma dominante: basta recordar que hasta hace poco tiempo tampoco se consideraba artistas a creadores tan descollantes como Molina Campos, Norman Rockwell y Walt Disney, cuyas obras sólo pudieron ingresar al circuito artístico de manera gradual, luego de atravesar con mucha dificultad las fisuras del paradigma.
La paradoja y la ironía es que, en realidad, sucede exactamente lo contrario de lo que se afirma en la entrevista: gran parte de los dibujos publicados por Hermenegildo Sábat en La Opinión y Clarín son admirables obras de arte, a pesar de lo que él mismo opina y a pesar de lo que opina (hasta hoy) el sistema del arte, y a la vez, la mayor parte de las cosas que se presentan como arte en esa zona boba de nuestra cultura llamada arte contemporáneo, no pasan de ser nulidades e insignificancias sin sentido, como observó Baudrillard.
En resumen, creo que para evitar los juicios erróneos conviene poner los paradigmas en una caja bien cerrada, guardarla en el fondo del ropero y no abrirla muy seguido.
La adopción del paradigma nos sirve como motivación y como marco de referencia que le da una orientación definida a nuestro pensamiento, pero cuando se lo adopta como una regla inviolable oscurece todo lo que está más allá de sus límites y dificulta su observación.
Así como el paradigma neoclásico del siglo XIX le impidió a la elite cultural francesa apreciar los valiosos atributos de la nueva mirada que aportaban los impresionistas, el posterior paradigma vanguardista acostumbró al público de arte al desprecio de la pintura figurativa y precipitó el aluvión de prohibiciones y tabúes que atraviesa la historia del arte contemporáneo.
La dictadura del paradigma suele alumbrar situaciones paradójicas y cargadas de ironía: hace unos días, leyendo una entrevista publicada en la revista Ñ, comprobamos con asombro que el entrevistado, Hermenegildo Sábat, define acertadamente a Molina Campos como “uno de los artistas más originales que hubo en el país”, pero considera que sus propias caricaturas no pertenecen al campo artístico, sin que a los entrevistadores se les ocurra objetarlo.
Sostener semejante creencia cuando el arte contemporáneo acepta como obras de arte desde excrementos enlatados hasta tiburones en formol, pasando por la infinidad de zonceras y balbuceos que se exhiben en las ferias y bienales, podría parecer incomprensible, pero es muy fácil de entender a la luz del paradigma dominante: basta recordar que hasta hace poco tiempo tampoco se consideraba artistas a creadores tan descollantes como Molina Campos, Norman Rockwell y Walt Disney, cuyas obras sólo pudieron ingresar al circuito artístico de manera gradual, luego de atravesar con mucha dificultad las fisuras del paradigma.
La paradoja y la ironía es que, en realidad, sucede exactamente lo contrario de lo que se afirma en la entrevista: gran parte de los dibujos publicados por Hermenegildo Sábat en La Opinión y Clarín son admirables obras de arte, a pesar de lo que él mismo opina y a pesar de lo que opina (hasta hoy) el sistema del arte, y a la vez, la mayor parte de las cosas que se presentan como arte en esa zona boba de nuestra cultura llamada arte contemporáneo, no pasan de ser nulidades e insignificancias sin sentido, como observó Baudrillard.
En resumen, creo que para evitar los juicios erróneos conviene poner los paradigmas en una caja bien cerrada, guardarla en el fondo del ropero y no abrirla muy seguido.
martes, 4 de septiembre de 2007
La zona boba
En los remotos pasillos de los ghettos artísticos se escucha a menudo la perogrullada de que el cuestionamiento del arte contemporáneo es una pérdida inútil de tiempo y de energía, porque nada de lo que se diga o de lo que se haga va a cambiar la realidad de los hechos.
Creo que los que piensan de ese modo tienen toda la razón, pero también creo que los hechos consumados son un espacio inmejorable para la reflexión, y creo que la Historia es una disciplina muy respetable, a pesar de ser los hechos consumados su objeto de estudio.
Por lo tanto, podemos continuar con el tema sin ningún sentimiento de culpa y sin la pretensión de cambiar nada.
El lunes pasado, Clarín publicó una entrevista al videoartista escocés Douglas Gordon, a quien presentó como “una de las principales figuras del arte actual”. El hombre expone en el Malba la muestra “Timeline”, compuesta por la filmación propia de un elefante y varias videoinstalaciones, es decir, tramos de películas muy conocidas y mezcladas a piaccere, siguiendo el método de los disc jockey. La obra principal, según dice la nota, consiste en la proyección continuada durante 24 horas de algunas secuencias de la película “Psicosis”, de Hitchcock; otra la protagoniza una mosca, y otra más fue hecha con partes de las películas “El exorcista” y “La canción de Bernadette”.
¿Qué habrá querido decirnos el videoartista al repetir una película de Hitchcock durante 24 horas? ¿Será un homenaje a Hitchcock? ¿O una evocación de Warhol, que en los años 70 hizo una película de 8 horas de un hombre durmiendo? ¿Se tratará de una condena del capitalismo o de una variante de los alegatos ambientalistas?
Preguntado por qué trabaja con animales, el videoartista sólo respondió: “No lo sé. Nunca lo pensé”.
“Pero ese video con un elefante a tamaño natural da para pensar algunas cosas”, insistió la cronista. “Eso surgió porque un día me levanté y pensé: 'Quiero ver una película con un elefante acostado, nunca vi una”.
El irracionalismo y la estupidez que llenan las respuestas y las obras de Gordon no es lo interesante de la nota, ni tampoco es interesante el hecho de que el hombre esté organizando nada menos que 15 exposiciones en distintas partes del mundo; lo verdaderamente interesante es la absoluta impunidad que lo rodea, porque esa impunidad proviene de la total claudicación de los criterios de inteligencia vigentes en el resto de la actividad cultural, actitud que contribuye a consolidar al arte contemporáneo como la zona boba del mundo globalizado.
Inmovilizado por la amenaza de ser acusado de ignorante o reaccionario o, peor aún, de derechista (¿quién se anima a enfrentar la acusación de derechista en el campo de la cultura?), tanto el periodismo como los intelectuales y el público de arte optan, salvo contadas excepciones, por encogerse de hombros y mirar para otro lado, como si fueran incapaces de advertir que lo que se vende como arte contemporáneo es una alevosa burbuja de irracionalismo y estupidez.
La gran pregunta acerca de los artistas y curadores dedicados a presentar películas de terceros (o mingitorios, o tiburones en formol, o las inacabables porciones de nada a las que nos tienen acostumbrados desde hace ocho o nueve décadas), es sobre la fortaleza de su creencia.
¿Padecerán crisis de fe como la que aquejó a la madre Teresa de Calcuta, que confesó no haber sentido la presencia de Dios “ni en su corazón ni en la eucaristía”, y que durante los últimos cincuenta años de su vida esperó una señal que nunca llegó?
¿Acaso es posible tener una fe absoluta en lo inexistente?
Esos artistas que se ufanan de no saber dibujar y aseguran no necesitarlo, porque lo suyo es trabajar con películas ajenas o juntar cosas por ahí para llevarlas a una galería e intentar convencernos de que están haciendo arte, ¿tendrán una creencia sin fisuras o esperarán, como la madre Teresa, una señal convincente, tal vez la llegada del Espíritu de la época convertido en paloma y diciéndoles “ustedes son los elegidos”?
Creo que los que piensan de ese modo tienen toda la razón, pero también creo que los hechos consumados son un espacio inmejorable para la reflexión, y creo que la Historia es una disciplina muy respetable, a pesar de ser los hechos consumados su objeto de estudio.
Por lo tanto, podemos continuar con el tema sin ningún sentimiento de culpa y sin la pretensión de cambiar nada.
El lunes pasado, Clarín publicó una entrevista al videoartista escocés Douglas Gordon, a quien presentó como “una de las principales figuras del arte actual”. El hombre expone en el Malba la muestra “Timeline”, compuesta por la filmación propia de un elefante y varias videoinstalaciones, es decir, tramos de películas muy conocidas y mezcladas a piaccere, siguiendo el método de los disc jockey. La obra principal, según dice la nota, consiste en la proyección continuada durante 24 horas de algunas secuencias de la película “Psicosis”, de Hitchcock; otra la protagoniza una mosca, y otra más fue hecha con partes de las películas “El exorcista” y “La canción de Bernadette”.
¿Qué habrá querido decirnos el videoartista al repetir una película de Hitchcock durante 24 horas? ¿Será un homenaje a Hitchcock? ¿O una evocación de Warhol, que en los años 70 hizo una película de 8 horas de un hombre durmiendo? ¿Se tratará de una condena del capitalismo o de una variante de los alegatos ambientalistas?
Preguntado por qué trabaja con animales, el videoartista sólo respondió: “No lo sé. Nunca lo pensé”.
“Pero ese video con un elefante a tamaño natural da para pensar algunas cosas”, insistió la cronista. “Eso surgió porque un día me levanté y pensé: 'Quiero ver una película con un elefante acostado, nunca vi una”.
El irracionalismo y la estupidez que llenan las respuestas y las obras de Gordon no es lo interesante de la nota, ni tampoco es interesante el hecho de que el hombre esté organizando nada menos que 15 exposiciones en distintas partes del mundo; lo verdaderamente interesante es la absoluta impunidad que lo rodea, porque esa impunidad proviene de la total claudicación de los criterios de inteligencia vigentes en el resto de la actividad cultural, actitud que contribuye a consolidar al arte contemporáneo como la zona boba del mundo globalizado.
Inmovilizado por la amenaza de ser acusado de ignorante o reaccionario o, peor aún, de derechista (¿quién se anima a enfrentar la acusación de derechista en el campo de la cultura?), tanto el periodismo como los intelectuales y el público de arte optan, salvo contadas excepciones, por encogerse de hombros y mirar para otro lado, como si fueran incapaces de advertir que lo que se vende como arte contemporáneo es una alevosa burbuja de irracionalismo y estupidez.
La gran pregunta acerca de los artistas y curadores dedicados a presentar películas de terceros (o mingitorios, o tiburones en formol, o las inacabables porciones de nada a las que nos tienen acostumbrados desde hace ocho o nueve décadas), es sobre la fortaleza de su creencia.
¿Padecerán crisis de fe como la que aquejó a la madre Teresa de Calcuta, que confesó no haber sentido la presencia de Dios “ni en su corazón ni en la eucaristía”, y que durante los últimos cincuenta años de su vida esperó una señal que nunca llegó?
¿Acaso es posible tener una fe absoluta en lo inexistente?
Esos artistas que se ufanan de no saber dibujar y aseguran no necesitarlo, porque lo suyo es trabajar con películas ajenas o juntar cosas por ahí para llevarlas a una galería e intentar convencernos de que están haciendo arte, ¿tendrán una creencia sin fisuras o esperarán, como la madre Teresa, una señal convincente, tal vez la llegada del Espíritu de la época convertido en paloma y diciéndoles “ustedes son los elegidos”?
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