martes, 30 de octubre de 2007

Ocre y verde
óleo /tela 2007
1,20 x 0,80 m

lunes, 29 de octubre de 2007

Norte
óleo s/ tela 2007
0,60 x 0,90 m

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Flores
óleo s/ tela 2007
0,60 x 0,90 m.

domingo, 28 de octubre de 2007

ADN cultura y la sospechosa unanimidad en torno de León Ferrari

La entrevista a León Ferrari publicada en la revista adncultura el 27/10/2007 expone una vez más el anómalo excepcionalismo del periodismo de arte, una sospechosa burbuja de unanimidad en la que no hay el menor espacio para la disidencia o el pensamiento crítico. El caso de la cobertura que comentamos es un ejemplo muy claro de esa estrategia de la unanimidad, muy alejada del proyecto democrático y pluralista que precedió al lanzamiento de la revista adncultura, sintetizado en una grata frase: “reflejar todas las voces del pensamiento”. ¿Por qué esa promesa de pluralismo sonaba tan agradable y tranquilizadora y por qué resulta tan sospechosa la unanimidad en el tratamiento que La Nación da a León Ferrari? ¿Por qué sólo se complementa la entrevista con las opiniones de los críticos, curadores y funcionarios reconocidamente enrolados en la exaltación de Ferrari? ¿Por qué no se ofreció a los lectores ninguna opinión independiente? ¿No hay, acaso, incontables personalidades de la cultura que podrían haber brindado un pensamiento más inteligente y matizado sobre los trabajos de Ferrari y sobre el significado del premio que le otorgaron en la Bienal de Venecia? Si la unanimidad resulta particularmente decepcionante en este caso concreto es, justamente, debido a la conflictiva situación que atraviesa el campo artístico, perturbado por la avasalladora irrupción de una teoría abiertamente irracionalista, que a partir del urinario de Duchamp declaró la abolición de los valores estéticos propios del arte tradicional y transfirió el reconocimiento y la distinción del hecho artístico a las decisiones de la burocracia curatorial. Ese dramático viraje, bajo cuyo amparo León Ferrari, Chris Offili o Damián Hirst pasaron a ser señalados como grandes artistas, llegó a la Argentina en la década del 60, cuando Romero Brest usó los recursos de la fundación Rockefeller y de la empresa Di Tella con el declarado propósito de “destruir la obra de arte tradicional”, para lo cual recomendaba a sus reclutas, entre los que se contó León Ferrari, “hacer otras cosas que no fueran pinturas ni esculturas”. La consigna, que implicaba el éxito rápido y sin esfuerzo, fue duramente cuestionada por los buenos pintores de la época, entre los que se contaban Soldi, Berni, Presas y Forte, entre tantos otros a los que Romero se dedicó a ignorar y erosionar, y donde ya despuntaban Carlos Alonso y Guillermo Roux. A partir de entonces, bien recibido por los medios de prensa, siempre adictos a los sucesos escandalosos o estrafalarios que atraen a los lectores y mejoran las ventas, el movimiento de la no-pintura y el no-arte se intensificó y atrajo epígonos y voceros en todas las latitudes, hasta conquistar las grandes Bienales y museos, que desprecian las obras de valor intrínseco y reconocible para optar por el consabido repertorio de objetos corrientes, fotografías, videos, alegatos políticos o ambientales y otras intrascendencias que la burocracia curatorial selecciona como obras de arte. En aquellos años 60, es imprescindible recordarlo, también florecía el antinorteamericanismo: como otros millones de personas nos negábamos a reconocer la espantosa realidad del estado policial soviético, amábamos a Sartre y a la romántica revolución cubana y compartimos el culto del asesinato, porque creíamos que la violencia era necesaria para construir un mundo mejor. Esas convicciones nos llevaron a desencadenar el baño de sangre que estimuló la instalación de la peor dictadura militar de nuestra historia, mientras la siniestra ineficacia del sistema soviético provocaba su colapso y Cuba se convertía en un lamentable estado policial y carcelario. En otras palabras, nuestro tiempo fue un tiempo de guerras, latrocinios, genocidios, desapariciones, persecuciones y masacres que se gestaron en todas las latitudes al amparo de palabras muy sonoras y muy repetidas, que aprendimos a utilizar con mucho cuidado porque provocaron el aniquilamiento de muchas vidas. Es por eso que nos asombran los respetables curadores, críticos y gente paqueta que hoy secunda y aclama el llamado arte político de León Ferrari, que consiste en atribuir todas las guerras, masacres e iniquidades a dos únicos actores: los Estados Unidos y la Iglesia Católica. Se trata de una visión simplificadora, tuerta y bastante insensata, porque magnifica el infierno metafórico de los cristianos, porque no repara en los infiernos reales que desató el llamado socialismo real ni en los muchos infiernos que siguen sembrando las dictaduras y las luchas por el poder en varias partes del mundo, y porque podría llevarnos a pensar que si desaparecieran las dos bestias negras de Ferrari el mundo se convertiría en un lugar justo y apacible. Con esos antecedentes, resulta un poco extraño y bastante divertido escuchar el argumento de los críticos y curadores en defensa de Ferrari: “lo ataca la derecha”, dicen, como si los rótulos de izquierda y derecha fueran una explicación eficiente, como si las persecuciones, masacres y asesinatos cometidos en el siglo XX en nombre de las ideas de izquierda nunca hubieran sucedido, o como si esa gente importante y paqueta, que acusa de ser de derecha a quienes cuestionan sus afirmaciones, integrara la tropa de Tirofijo o del subcomandante Marcos. La realidad es más compleja y debemos escrutarla con serenidad y con inteligencia: Ferrari, como él mismo lo ha reconocido, debería compartir su premio veneciano con los grupos ultracatólicos que generaron el escándalo del centro cultural Recoleta, porque el escándalo fue el factor que unificó en torno de Ferrari las voluntades de la burocracia curatorial y la impulsó a designar sus operaciones como un mérito artístico. Y sostener que Fader, Quirós, Sorolla, Rusiñol y Anglada Camarasa, o nuestros excelentes dibujantes y pintores de hoy, como Carlos Alonso, Guillermo Roux y muchos otros que sería largo enumerar, no deben ser tomados en cuenta porque sostienen una concepción artística inactual, es algo que merece, por lo menos, ser discutido con ecuanimidad, sin rótulos descalificadores y con el aporte de todos los actores del campo cultural.
Estas reflexiones apuntan a señalar la irracionalidad del no-arte y la engañosa unanimidad obtenida mediante la complicidad de los medios de prensa y el recurso al terrorismo ideológico de rotular como derechista a quien no comparte sus postulados. La unanimidad emerge en las dictaduras y en los proyectos de manipulación o de construcción artificial de un estado de cosas. La unanimidad implica la negación del pensamiento disidente. Lo contrario de la unanimidad es el reconocimiento del pluralismo y de la legitimidad de la discrepancia. El desafío del duchampismo conceptual consiste en aceptar que la diversidad de puntos de vista, el debate de ideas y la argumentación inteligente nos enriquecen y nos afirman como seres pensantes, a diferencia de la unanimidad, que achata los espíritus y nos convierte en rebaño.

jueves, 25 de octubre de 2007

El caso Rodríguez Felder y el autoritarismo progresista

Si algo logró la breve e intensa pulseada que culminó con el aniquilamiento mediático de Luis Rodríguez Felder, es demostrar la altanería y el poder de una fuerza de choque que ha logrado controlar las instituciones, los presupuestos de cultura y la orientación de los grandes medios de la prensa gráfica en ese campo específico. Con la desalentadora unanimidad de los linchamientos, los diarios La Nación, Ambito Financiero, Página 12 y numerosos sitios de Internet que suscriben los postulados de la extrema contemporaneidad –a saber, que todo lo que en el campo artístico no se corresponda con lo conceptual, experimental y novedoso debe ser arrojado al infierno de las cosas vetustas–, pusieron en pie de guerra al progresismo cultural y sacaron nuevamente a la luz la pusilanimidad de Mauricio Macri, ya demostrada a raíz del caso Fuentealba, cuando se desprendió de Sobisch como si se tratara de una papa caliente.
Como prueba de la infamia tradicionalista que se gestaba, la señora de Arteaga denunció en La Nación que Rodríguez Felder, además de haber sido titiritero –una actividad que, según parece, debería ser penada por la ley–, está relacionado con Ignacio Gutiérrez Zaldívar, y acusó a éste último de coleccionar obras de Fader, Quirós y Della Valle, y de admirar a los españoles Sorolla, Anglada Camarasa y Rusiñol.
Lo que la señora de Arteaga no alcanza a comprender es que, tal como pasa con el test de Roscharch, al exponer sus razones dice más sobre sí misma que sobre aquello que intenta definir. Veamos: la señora de Arteaga tiene la absoluta certeza de que tener relaciones con Gutiérrez Zaldívar o apreciar a Sorolla, Fader o Quirós son cosas inaceptables para la gente de ideas avanzadas.
La señora de Arteaga está absolutamente convencida de que la naturaleza del arte ha cambiado a partir de Duchamp, de que sólo es adecuado y recomendable tener relaciones con Jorge Helft, Juan Cambiasso e Ignacio Liprandi, y de que los únicos artistas modélicos son Kuitca y Ferrari.
Esas certezas absolutas, que desembocan inevitablemente en el fundamentalismo, la censura y la exclusión de lo diferente, son particularmente deplorables en el caso de la señora de Arteaga debido a su condición de editora del diario La Nación, un medio de prensa que se ufana de “dar cabida a todas las voces” y en el que los lectores no imaginábamos encontrar una postura tan fundamentalista, rabiosa y cerrada como la que sostuvo en el caso Rodríguez Felder.
La señora de Arteaga está en su derecho cuando encomia los “nuevos lenguajes expresivos” y el gusto de los “nuevos compradores” y los “nuevos coleccionistas”, pero como editora de La Nación no debería desconocer el hecho de que más del 90 % del mercado de arte se mueve en torno de la pintura y de los pintores que ella desprecia, lo cual dice algo acerca del gusto del público, ni debería ofuscarse frente a la intención de democratizar el centro cultural Recoleta, que se financia con el aporte de todos los vecinos de la ciudad y no sólo con el de los partidarios de los “nuevos lenguajes”.
Pero volvamos al comienzo; creo que lo verdaderamente interesante de todo este estrépito en torno al frustrado ministro de cultura reside en la contradictoria embestida de gente que se declara democrática y respetuosa de la libertad de expresión, pero no vacila en recurrir al apriete fundamentalista para imponer su línea de pensamiento.
¿Acaso no advierte el altanero rebaño progresista que sus convicciones absolutas sobre lo que el arte debe ser, y sobre lo que el arte no debe ser, los coloca en una postura muy semejante a la del dictador del bigotito, aquél que condenaba el arte degenerado? ¿No debería ser el arte un reino de libertad, donde cada artista pueda elegir su referente predilecto, sea Duchamp, Sorolla o quien se le ocurra, para seguir su propio camino, atento sólo a su necesidad expresiva, sin que se levante el dedo acusador de los inquisidores? ¿No se dan cuenta de que crean un ambiente irrespirable para los que no piensan como ellos?

martes, 23 de octubre de 2007

Ana en el taller

óleo s/ tela, 2007

0,90 x 1,20 m

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Composición con azul

óleo s/ tela, 2007
1,20 x 1,20 m

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Los hundidos y los salvados

óleo s/ tela, 2007

1,20 x 1,20 m

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viernes, 5 de octubre de 2007



El sweater verde

(fragmento)

óleo s/ tela 2007



El sweater verde II

1,50 x 1,10 m.

óleo s/ tela 2007

jueves, 4 de octubre de 2007



Pose de Ana II

0,82 x 0,90 m.

óleo s/tela 2007

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miércoles, 3 de octubre de 2007



Nocturno

0,90 x 0,82 m.

óleo s/tela 2007



Turbulencias

0,90 x 0,82 m.

óleo s/tela 2007



El altar

0,82 m. x 0,90 m.

óleo s/tela 2007


La mesa roja
0,90 x 0,82 m.
óleo s/ tela 2007

Pose de Ana
0,90 x 0,82 m.
óleo sobre tela 2007


Pose de Florencia

0,90 x 0,82 m.

óleo s/ tela 2007



Ana en el sillón

0,90 x 0,82 m. óleo s/ tela 2007