La entrevista a
León Ferrari publicada en la revista
adncultura el 27/10/2007 expone una vez más el anómalo excepcionalismo del periodismo de arte, una sospechosa burbuja de unanimidad en la que no hay el menor espacio para la disidencia o el pensamiento crítico. El caso de la cobertura que comentamos es un ejemplo muy claro de esa estrategia de la unanimidad, muy alejada del proyecto democrático y pluralista que precedió al lanzamiento de la revista adncultura, sintetizado en una grata frase:
“reflejar todas las voces del pensamiento”. ¿Por qué esa promesa de pluralismo sonaba tan agradable y tranquilizadora y por qué resulta tan sospechosa la unanimidad en el tratamiento que
La Nación da a
León Ferrari? ¿Por qué sólo se complementa la entrevista con las opiniones de los críticos, curadores y funcionarios reconocidamente enrolados en la exaltación de
Ferrari? ¿Por qué no se ofreció a los lectores ninguna opinión independiente? ¿No hay, acaso, incontables personalidades de la cultura que podrían haber brindado un pensamiento más inteligente y matizado sobre los trabajos de
Ferrari y sobre el significado del premio que le otorgaron en la Bienal de Venecia? Si la unanimidad resulta particularmente decepcionante en este caso concreto es, justamente, debido a la conflictiva situación que atraviesa el campo artístico, perturbado por la avasalladora irrupción de una teoría abiertamente irracionalista, que a partir del urinario de
Duchamp declaró la abolición de los valores estéticos propios del arte tradicional y transfirió el reconocimiento y la distinción del hecho artístico a las decisiones de la burocracia curatorial. Ese dramático viraje, bajo cuyo amparo
León Ferrari, Chris Offili o Damián Hirst pasaron a ser señalados como grandes artistas, llegó a la Argentina en la década del 60, cuando
Romero Brest usó los recursos de la fundación Rockefeller y de la empresa Di Tella con el declarado propósito de
“destruir la obra de arte tradicional”, para lo cual recomendaba a sus reclutas, entre los que se contó
León Ferrari,
“hacer otras cosas que no fueran pinturas ni esculturas”. La consigna, que implicaba el éxito rápido y sin esfuerzo, fue duramente cuestionada por los buenos pintores de la época, entre los que se contaban
Soldi, Berni, Presas y Forte, entre tantos otros a los que
Romero se dedicó a ignorar y erosionar, y donde ya despuntaban
Carlos Alonso y Guillermo Roux. A partir de entonces, bien recibido por los medios de prensa, siempre adictos a los sucesos escandalosos o estrafalarios que atraen a los lectores y mejoran las ventas, el movimiento de la no-pintura y el no-arte se intensificó y atrajo epígonos y voceros en todas las latitudes, hasta conquistar las grandes Bienales y museos, que desprecian las obras de valor intrínseco y reconocible para optar por el consabido repertorio de objetos corrientes, fotografías, videos, alegatos políticos o ambientales y otras intrascendencias que la burocracia curatorial selecciona como obras de arte. En aquellos años 60, es imprescindible recordarlo, también florecía el antinorteamericanismo: como otros millones de personas nos negábamos a reconocer la espantosa realidad del estado policial soviético, amábamos a
Sartre y a la romántica revolución cubana y compartimos el culto del asesinato, porque creíamos que la violencia era necesaria para construir un mundo mejor. Esas convicciones nos llevaron a desencadenar el baño de sangre que estimuló la instalación de la peor dictadura militar de nuestra historia, mientras la siniestra ineficacia del sistema soviético provocaba su colapso y Cuba se convertía en un lamentable estado policial y carcelario. En otras palabras, nuestro tiempo fue un tiempo de guerras, latrocinios, genocidios, desapariciones, persecuciones y masacres que se gestaron en todas las latitudes al amparo de palabras muy sonoras y muy repetidas, que aprendimos a utilizar con mucho cuidado porque provocaron el aniquilamiento de muchas vidas. Es por eso que nos asombran los respetables curadores, críticos y gente paqueta que hoy secunda y aclama el llamado arte político de
León Ferrari, que consiste en atribuir todas las guerras, masacres e iniquidades a dos únicos actores: los Estados Unidos y la Iglesia Católica. Se trata de una visión simplificadora, tuerta y bastante insensata, porque magnifica el infierno metafórico de los cristianos, porque no repara en los infiernos reales que desató el llamado socialismo real ni en los muchos infiernos que siguen sembrando las dictaduras y las luchas por el poder en varias partes del mundo, y porque podría llevarnos a pensar que si desaparecieran las dos bestias negras de
Ferrari el mundo se convertiría en un lugar justo y apacible. Con esos antecedentes, resulta un poco extraño y bastante divertido escuchar el argumento de los críticos y curadores en defensa de
Ferrari: “lo ataca la derecha”, dicen, como si los rótulos de izquierda y derecha fueran una explicación eficiente, como si las persecuciones, masacres y asesinatos cometidos en el siglo XX en nombre de las ideas de izquierda nunca hubieran sucedido, o como si esa gente importante y paqueta, que acusa de ser de derecha a quienes cuestionan sus afirmaciones, integrara la tropa de
Tirofijo o del subcomandante
Marcos. La realidad es más compleja y debemos escrutarla con serenidad y con inteligencia:
Ferrari, como él mismo lo ha reconocido, debería compartir su premio veneciano con los grupos ultracatólicos que generaron el escándalo del centro cultural Recoleta, porque el escándalo fue el factor que unificó en torno de
Ferrari las voluntades de la burocracia curatorial y la impulsó a designar sus operaciones como un mérito artístico. Y sostener que
Fader, Quirós, Sorolla, Rusiñol y Anglada Camarasa, o nuestros excelentes dibujantes y pintores de hoy, como
Carlos Alonso, Guillermo Roux y muchos otros que sería largo enumerar, no deben ser tomados en cuenta porque sostienen una concepción artística inactual, es algo que merece, por lo menos, ser discutido con ecuanimidad, sin rótulos descalificadores y con el aporte de todos los actores del campo cultural.
Estas reflexiones apuntan a señalar la irracionalidad del no-arte y la engañosa unanimidad obtenida mediante la complicidad de los medios de prensa y el recurso al terrorismo ideológico de rotular como derechista a quien no comparte sus postulados. La unanimidad emerge en las dictaduras y en los proyectos de manipulación o de construcción artificial de un estado de cosas. La unanimidad implica la negación del pensamiento disidente. Lo contrario de la unanimidad es el reconocimiento del pluralismo y de la legitimidad de la discrepancia. El desafío del duchampismo conceptual consiste en aceptar que la diversidad de puntos de vista, el debate de ideas y la argumentación inteligente nos enriquecen y nos afirman como seres pensantes, a diferencia de la unanimidad, que achata los espíritus y nos convierte en rebaño.