
Un perro hambriento expuesto como obra de arte por el joven artista Habacuc armó un gran revuelo en las tiendas del arte contemporáneo.
Sacrificado en el altar de lo muy contemporáneo, el desdichado animalito consiguió cosas que parecían imposibles: al recolectar un millón de firmas de repudio en Internet desmontó el blindaje de la libre expresión, que normalmente consagra la impunidad de los artistas, y devolvió la extraviada noción de límite al coro de galeristas, curadores, críticos, teóricos y periodistas catequizados que se distinguen por su encendida fe en la inexistencia de los límites del arte.
Dicho de otro modo, el perro torturado a cuenta del arte no se sacrificó en vano: su muerte instaló una fisura en el rígido dogmatismo conceptual y volvió a poner sobre la mesa algunas preguntas pertinentes:
¿Es arte un perro atado en una galería de arte?
¿El perro deja de ser arte sólo si muere de hambre y de sed, como en este caso?
¿El perro no es arte, pero el mingitorio sí lo es?
¿El perro no, pero la caca enlatada y el tiburón en formol sí?
¿Noventa años imitando el gesto de Duchamp no son suficientes?
¿No será tiempo de volver a los límites y a la magnificencia y a la racionalidad de la pintura?
