jueves, 27 de marzo de 2008

¿El perro es arte? Si no lo es, ¿hay límites?


Un perro hambriento expuesto como obra de arte por el joven artista Habacuc armó un gran revuelo en las tiendas del arte contemporáneo.
Sacrificado en el altar de lo muy contemporáneo, el desdichado animalito consiguió cosas que parecían imposibles: al recolectar un millón de firmas de repudio en Internet desmontó el blindaje de la libre expresión, que normalmente consagra la impunidad de los artistas, y devolvió la extraviada noción de límite al coro de galeristas, curadores, críticos, teóricos y periodistas catequizados que se distinguen por su encendida fe en la inexistencia de los límites del arte.
Dicho de otro modo, el perro torturado a cuenta del arte no se sacrificó en vano: su muerte instaló una fisura en el rígido dogmatismo conceptual y volvió a poner sobre la mesa algunas preguntas pertinentes:
¿Es arte un perro atado en una galería de arte?
¿El perro deja de ser arte sólo si muere de hambre y de sed, como en este caso?
¿El perro no es arte, pero el mingitorio sí lo es?
¿El perro no, pero la caca enlatada y el tiburón en formol sí?
¿Noventa años imitando el gesto de Duchamp no son suficientes?
¿No será tiempo de volver a los límites y a la magnificencia y a la racionalidad de la pintura?

miércoles, 5 de marzo de 2008

El liprandismo y otros estragos

Como pasa en todas partes, en el mundo artístico se acumulan las buenas y las malas noticias.
Entre las malas se destaca la creencia en la ampliación de los límites del arte y el consiguiente auge de la variedad, fenómenos culturales que achican el espacio de la pintura y oscurecen la situación de los pintores.
Se puede objetar que todo tiene límites en este mundo y que la ausencia de límites significa la nada, pero ninguna objeción puede impedir que alguien opte por la nada, es decir, que desprecie la belleza tangible de la pintura y se incline ante lo inexistente.
O, lo que es lo mismo, que acepte como arte a todo lo que un comité de garantes acuerda designar como tal, lo que viene a ser lo mismo que la nada.
Otra mala noticia es el auge del liprandismo, denominación que nos parece apropiada para identificar la actitud de los que deciden seguir a la manada como dóciles ovejas.
El término proviene de una entrevista a Ignacio Liprandi, disponible en Internet y publicada con la firma de Laura Batkis.
Liprandi cuenta allí que se inició en el coleccionismo comprando las pinturas que le agradaban, entre ellas una de Adolfo Nigro, hasta que Jorge Helft le dijo que todo aquello era “una porquería”, y le sugirió consultar al experto Marcelo Pacheco.
Sumiso y veloz, Liprandi hizo la consulta, fue instantáneamente ¿iluminado? ¿reseteado? ¿reprogramado? por Pacheco, y procedió a deshacerse de todo lo que había adquirido para tomar de inmediato una nueva orientación, “más contemporánea y conceptual”.
Tan sorprendente como la confesión de Liprandi es la abstinencia de Laura Batkis, a quien no se le ocurrió formular ninguna de las reflexiones o repreguntas que surgían como inevitables.
¿Cómo es posible que Liprandi haya renegado en un segundo de los gustos y pareceres que se consolidan en el curso de una vida, sólo porque alguien le dijo que todo eso era una porquería?
¿Y cómo es posible que presente su vida espiritual como un envase sin contenido alguno, pasible de ser llenado por un asesor?
¿Qué pasará cuando algún otro “entendido” le diga que su nueva colección es una bazofia impresentable?
En conclusión, la mala noticia es que el mundo del arte tiene facetas que lo asemejan, en el peor de los sentidos, al campo de la política.
El liprandismo, próximo al borocotismo, es una de ellas.