
jueves, 11 de diciembre de 2008
martes, 9 de diciembre de 2008
martes, 2 de diciembre de 2008
Juan Doffo obtuvo el Premio Bienal de Pintura María Calderón de la Barca
Con la obtención del premio de pintura María Calderón de la Barca, concedido por la Fundación homónima, el nombre de Juan Doffo se suma a la prestigiosa lista que integran, entre otros, los maestros Jorge Larco, Guillermo Roux, Leopoldo Presas, Eduardo Mac Entyre, Víctor Chab, Ary Brizzi y Carlos Alonso. Para conocer al personaje nos acercamos a su casa de la calle Godoy Cruz, en el barrio de Palermo Viejo, donde hacemos de inmediato una primera comprobación, inspirada en la muda elocuencia de las cosas. Detrás de la típica fachada de comienzos del siglo pasado nos encontramos con un inesperado y enorme espacio principal, totalmente pintado de blanco y poblado de muebles y objetos estrictamente utilitarios y uniformemente blancos: desde los anaqueles, armarios y estanterías que cubren las paredes hasta las estructuras con centenares de telas, bastidores y caballetes, incluyendo las mesas y sillas dispuestas para las comidas y el descanso, y hasta las ventanas y las puertas que conducen a la cocina y los dormitorios, todo ha sido pintado de blanco con el fin de eliminar los obstáculos visuales entre el hacedor y las formas y colores que dispone sobre la tela. Se trata de un ámbito organizado por y para el ejercicio del trabajo y la docencia, un singular “taller-casa”, con el resto de las dependencias confinadas a un lugar periférico y subordinado a la actividad central, y en el que su dueño, decidido a prescindir de todo cuanto pudiera interponerse en el proceso de exteriorización de su mundo simbólico, no ha hecho ninguna concesión al ornato o la vanidad, ya que no se ven objetos decorativos ni pinturas en exhibición; los bastidores de gran formato, apoyados de cara a la pared, ocultan celosamente las armoniosas estructuras espaciales y los míticos paisajes de Mechita, el ínfimo pueblo de la provincia de Buenos Aires que Doffo extrajo del anonimato e instaló en el imaginario artístico de nuestro tiempo, no sólo por obra de sus pinturas sino también por sus palabras, porque además de ser un prolífico pintor, Doffo también es un inteligente productor de conceptos dirigidos a explicar la génesis y el sentido de su obra artística. Esa cualidad de Doffo resume nuestra segunda comprobación: en esta época dominada por los especialistas en explicaciones y proveedores de sentido que componen el mundo curatorial, la permanente y lúcida introspección que cultiva Juan Doffo le permitió elaborar su espesa mirada filosófica y poética y lo convirtió en un artista autosuficiente, que torna innecesaria la labor de los curadores.
Mientras trajina con sus bastidores para mostrarnos obras antiguas y recientes, Doffo desgrana sus reflexiones sobre la inmensidad del espacio y la pequeñez de nuestras vidas frágiles y efímeras; nos señala el amenazador abismo que pintó junto a la diminuta imagen de su casa natal para representar el misterio y el riesgo que acecha en cada día de nuestra vida; recorre las grandes estructuras monocromáticas, simétricas y circulares, tan características de una sugestiva etapa de su obra, que se asocian en nuestra imaginación con la enigmática imagen de Pascal: “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”, y las vincula con los hornos de ladrillo de Mechita y con la cúpula del Panteón romano, a los que percibe como poderosos símbolos de la bóveda celeste y de nuestra incansable construcción de ideas y de sentidos; nos habla de su admiración por los paisajes temblorosos, desolados y melancólicos de Enrique Policastro y repasa los panoramas de su entrañable Mechita, el minúsculo pueblo abordado una y otra vez desde lejos y desde lo alto, que invade las pinturas de Doffo para irradiar mágicas luces amarillas bajo la noche inmensa y vacía, hasta penetrar calladamente en la misteriosa dimensión de los sueños.
Sin embargo, y aquí viene nuestra tercera comprobación, no podemos olvidar que las pinturas de Doffo, como las de cualquier contemporáneo que acredite el mérito suficiente, arribarán a los grandes museos del futuro desprovistas de explicaciones; quedarán, por decirlo así, condenadas al silencio y obligadas a comunicarse por sí mismas con los contempladores que todavía no han nacido, quienes deberán extraer de ellas sus propias lecturas y significados. Dicho de otra manera, las explicaciones son efímeras, pero las obras que saben comunicar y conmover están destinadas a construir por sí mismas los cimientos de su perduración. Como nuestros gustos y emociones son siempre selectivos, una de las obras de Doffo, en especial, se lleva gran parte de mis fichas en las apuestas a futuro: se trata de una gran tela apaisada, “Suspensa eternidad que cae”, una visión del mítico pueblo de Mechita bajo un cielo nocturno tratado con colores intensos y surcado por una imposible vía láctea que sobrevuela el horizonte como un enjambre de mágicas luciérnagas; el contraste entre la gozosa libertad de la materia pictórica extendida sobre los grandes espacios y la precisión de las luces amarillas que describen las diminutas casas del pueblo, el viejo depósito de agua y los galpones del ferrocarril, evidencia la maestría que sólo se adquiere al cabo de muchos años de trabajo, cuando el acto de pintar deja de ser una ardua disciplina para convertirse en una serie de acciones que surgen de manera automática, y la mano ya no requiere el concurso del cerebro para conectarse con el corazón: liberada del pensamiento, la suma de soluciones atesorada en la memoria del artista conforma un repertorio automático, que permite al pintor concentrar toda su atención en el esquivo propósito enclavado en lo más hondo de sus ideales y emociones.
De las espléndidas pinturas recientes pasamos a los papeles realizados en los ’70 y los ’80, entre ellos una serie de desnudos que Doffo ejecutó con tinta y aguada, reveladores del dibujante capaz de plantar una figura con un magnífico manejo de las proporciones y el claroscuro, atributo que hace más significativa la intencionada ausencia de la figura humana en las principales etapas de su producción pictórica. Sin embargo, a pesar de esa ambigua no-presencia, la pintura de Doffo consigna las tensiones y angustias humanas implícitas en la visión de un pequeño pueblo perdido en la pampa y extraviadas en los grandes vacíos estelares, o invocadas en las arquitecturas circulares que aluden a nuestra necesidad de atribuir un sentido a la existencia. También, ¿por qué no?, a la sucesión de dioses y creencias que parecen dominarlo todo hasta que se hunden en el olvido.
Nacido el 25 de julio de 1948 en Mechita, provincia de Buenos Aires, Juan Doffo también obtuvo en el año 2000 el gran premio de pintura de la Bienal de Salta y el tercer premio en la 1a. Bienal de Pintura de Córdoba; en 1995, la primera mención en la Bienal Chandon; en 1993, el segundo premio de pintura en el Salón Nacional y el segundo premio de pintura en el Salón Nacional de Santa Fe; en 1998 el primer premio de pintura en el Salón Municipal Manuel Belgrano; en 1983 el primer premio en el salón organizado por la Asociación de Amigos del Museo de Arte Moderno y en 1980 el primer premio de pintura Banco del Acuerdo, además de otras distinciones menores.
Sus obras integran, entre otras, las colecciones de las siguientes entidades: Bronx Museum of Arts, NeEw York, USA; University of Essex Collection of Latin American Art, Inglaterra; Galería de las Américas, La Habana, Cuba; Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires; Museo de Arte Moderno, Buenos Aires; Museo de Arte Contemporáneo, Buenos Aires; Museo Eduardo Sívori, Buenos Aires, y Museo Rosa Galisteo de Rodríguez, Santa Fe.
Mientras trajina con sus bastidores para mostrarnos obras antiguas y recientes, Doffo desgrana sus reflexiones sobre la inmensidad del espacio y la pequeñez de nuestras vidas frágiles y efímeras; nos señala el amenazador abismo que pintó junto a la diminuta imagen de su casa natal para representar el misterio y el riesgo que acecha en cada día de nuestra vida; recorre las grandes estructuras monocromáticas, simétricas y circulares, tan características de una sugestiva etapa de su obra, que se asocian en nuestra imaginación con la enigmática imagen de Pascal: “La naturaleza es una esfera infinita, cuyo centro está en todas partes y la circunferencia en ninguna”, y las vincula con los hornos de ladrillo de Mechita y con la cúpula del Panteón romano, a los que percibe como poderosos símbolos de la bóveda celeste y de nuestra incansable construcción de ideas y de sentidos; nos habla de su admiración por los paisajes temblorosos, desolados y melancólicos de Enrique Policastro y repasa los panoramas de su entrañable Mechita, el minúsculo pueblo abordado una y otra vez desde lejos y desde lo alto, que invade las pinturas de Doffo para irradiar mágicas luces amarillas bajo la noche inmensa y vacía, hasta penetrar calladamente en la misteriosa dimensión de los sueños.
Sin embargo, y aquí viene nuestra tercera comprobación, no podemos olvidar que las pinturas de Doffo, como las de cualquier contemporáneo que acredite el mérito suficiente, arribarán a los grandes museos del futuro desprovistas de explicaciones; quedarán, por decirlo así, condenadas al silencio y obligadas a comunicarse por sí mismas con los contempladores que todavía no han nacido, quienes deberán extraer de ellas sus propias lecturas y significados. Dicho de otra manera, las explicaciones son efímeras, pero las obras que saben comunicar y conmover están destinadas a construir por sí mismas los cimientos de su perduración. Como nuestros gustos y emociones son siempre selectivos, una de las obras de Doffo, en especial, se lleva gran parte de mis fichas en las apuestas a futuro: se trata de una gran tela apaisada, “Suspensa eternidad que cae”, una visión del mítico pueblo de Mechita bajo un cielo nocturno tratado con colores intensos y surcado por una imposible vía láctea que sobrevuela el horizonte como un enjambre de mágicas luciérnagas; el contraste entre la gozosa libertad de la materia pictórica extendida sobre los grandes espacios y la precisión de las luces amarillas que describen las diminutas casas del pueblo, el viejo depósito de agua y los galpones del ferrocarril, evidencia la maestría que sólo se adquiere al cabo de muchos años de trabajo, cuando el acto de pintar deja de ser una ardua disciplina para convertirse en una serie de acciones que surgen de manera automática, y la mano ya no requiere el concurso del cerebro para conectarse con el corazón: liberada del pensamiento, la suma de soluciones atesorada en la memoria del artista conforma un repertorio automático, que permite al pintor concentrar toda su atención en el esquivo propósito enclavado en lo más hondo de sus ideales y emociones.
De las espléndidas pinturas recientes pasamos a los papeles realizados en los ’70 y los ’80, entre ellos una serie de desnudos que Doffo ejecutó con tinta y aguada, reveladores del dibujante capaz de plantar una figura con un magnífico manejo de las proporciones y el claroscuro, atributo que hace más significativa la intencionada ausencia de la figura humana en las principales etapas de su producción pictórica. Sin embargo, a pesar de esa ambigua no-presencia, la pintura de Doffo consigna las tensiones y angustias humanas implícitas en la visión de un pequeño pueblo perdido en la pampa y extraviadas en los grandes vacíos estelares, o invocadas en las arquitecturas circulares que aluden a nuestra necesidad de atribuir un sentido a la existencia. También, ¿por qué no?, a la sucesión de dioses y creencias que parecen dominarlo todo hasta que se hunden en el olvido.
Nacido el 25 de julio de 1948 en Mechita, provincia de Buenos Aires, Juan Doffo también obtuvo en el año 2000 el gran premio de pintura de la Bienal de Salta y el tercer premio en la 1a. Bienal de Pintura de Córdoba; en 1995, la primera mención en la Bienal Chandon; en 1993, el segundo premio de pintura en el Salón Nacional y el segundo premio de pintura en el Salón Nacional de Santa Fe; en 1998 el primer premio de pintura en el Salón Municipal Manuel Belgrano; en 1983 el primer premio en el salón organizado por la Asociación de Amigos del Museo de Arte Moderno y en 1980 el primer premio de pintura Banco del Acuerdo, además de otras distinciones menores.
Sus obras integran, entre otras, las colecciones de las siguientes entidades: Bronx Museum of Arts, NeEw York, USA; University of Essex Collection of Latin American Art, Inglaterra; Galería de las Américas, La Habana, Cuba; Museo Nacional de Bellas Artes, Buenos Aires; Museo de Arte Moderno, Buenos Aires; Museo de Arte Contemporáneo, Buenos Aires; Museo Eduardo Sívori, Buenos Aires, y Museo Rosa Galisteo de Rodríguez, Santa Fe.
(Publicado en la revista Estímulo)
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