jueves, 5 de febrero de 2009

Proa y los adoradores de Duchamp

El humo del incienso y el unánime y acrítico culto a la supuesta genialidad de Marcel Duchamp, entronizados en la muestra de la Fundación Proa: “una obra que no es una obra de arte”, encierra uno de los grandes misterios de la condición humana: la necesidad de creer en lo que no existe, notoriamente expresada en las mitologías y teogonías que llenaron al mundo de dioses, hadas y dragones y en los torvos paraísos igualitarios que atribularon al siglo XX. Tomada literalmente, la pregunta de Duchamp que inspiró el título de la muestra: “¿Puede uno hacer una obra que no sea una obra de arte?” tiene una respuesta incuestionable: “claro que puede”, y la prueba es que todos los días se fabrican en el mundo miles de millones de cosas que no son obras de arte, al menos hasta que no se le ocurra lo contrario a un artista conceptual. Cada día que pasa, nuevas oleadas de ceniceros, automóviles, sartenes, puertas, corbatas, aspirinas, tallarines, y hasta millones de mingitorios que todavía siguen siendo mingitorios, se incorporan al mundo. Pero los adoradores de Duchamp, lejos de atenerse al sentido literal de la pregunta, afirman con absoluta certidumbre que el famoso pase mágico de clasificar al mingitorio como una obra de arte produjo el extraño milagro de hacer una obra de arte con lo que hasta ese momento no era una obra de arte. Algo así como decir que algo es pero no es, o que no es pero debemos creer que sí lo es. Huérfana de cualquier intento ulterior de explicación o argumentación racional, la decisión de designar al mingitorio como obra de arte pone al espectador en la incómoda posición de creer o no creer, ya que como único fundamento se lo remite a la supuesta genialidad artística de Duchamp, apoyada en la afirmación del cacique del surrealismo, André Breton, un hombre que nunca se distinguió por la ecuanimidad de sus juicios, y en el entusiasta coro de curadores y funcionarios que esgrimen el nombre de Duchamp para colocar al arte por encima o por afuera de la racionalidad y de los valores estéticos, morales y sociales que rigen para el conjunto de las actividades humanas.

Descontextualización de Duchamp
La beatificación de Marcel Duchamp, candorosamente expuesta en los textos que acompañan a la muestra de la Fundación Proa, se apoya en el escamoteo del contexto histórico que provocó el surgimiento del dadaísmo y en la consiguiente atribución de un sentido intemporal y absoluto a la provocadora maniobra de postular como obra de arte al más prosaico y escatológico de los artefactos. Los alambicados curadores duchampianos suelen explicarnos que al trasladar el mingitorio al salón de arte y denominarlo “Fuente”, el artista procedió a “descontextualizarlo y resemantizarlo”, pero omiten consignar que ellos siguen un procedimiento análogo cuando descontextualizan la figura de Duchamp, evitando toda referencia a la dramática situación histórica y la crucial convulsión cultural y social desencadenada por la primera guerra mundial. Contemporáneo de la cultura y la civilización que denunciaron y ridiculizaron los dadaístas, y que condenó a millones de jóvenes europeos al infierno de los obuses, las trincheras y los gases venenosos, Duchamp fue un producto típico de su tiempo, poseído por el justiciero afán de negar y destruir los valores que habían desatado el más despiadado de los mataderos. Dado que nunca expuso de manera explícita sus propósitos artísticos, no es posible desentrañar su verdadera intención al anunciar que creía posible “hacer una obra que no fuera una obra de arte”, pero no cabe duda de que su gesto de enviar un mingitorio al Salón de los Independientes de Nueva York siguió la línea de los sarcasmos y las provocaciones actuadas en el café Voltaire de Zurich y explicadas así por uno de sus grandes animadores, Tristán Tzara: “Sabíamos que sólo se podía suprimir la guerra extirpando sus raíces. La impaciencia de vivir era grande; el disgusto se hacía extensivo a todas las formas de la civilización llamada moderna, a sus mismas bases, a su misma lógica y a su lenguaje, y la rebelión asumía modos en los que lo grotesco y lo absurdo superaban largamente a los valores estéticos”. Extrapolados de la gran devastación que asoló al mundo en los comienzos del siglo XX y despojados del menor atisbo de racionalidad y de sentido, el ready made y la figura de Duchamp son usados hoy con el sólo fin de liberar a la burocracia curatorial del escrutinio estético, racional y moral de la sociedad.

La perfecta excusa circular
Usando los recursos legitimados por las prestigiosas provocaciones del dadaísmo –el grotesco, el absurdo y la petición de principio (arte es todo aquello que el artista dice que es arte)– la burocracia duchampiana elaboró la perfecta excusa circular que le permite ejercer un poder irrestricto y absoluto en las ferias, instituciones, bienales y museos de arte contemporáneo: el mingitorio es arte porque lo avala el genio de Duchamp, y el genio de Duchamp es incuestionable porque convirtió al mingitorio en una obra de arte. Ergo, al establecer que todo cuanto se le ocurre al artista es arte, y que todas las personas designadas por el mundo artístico son artistas, el arte fue liberado de cualquier posibilidad de escrutinio o verificación, allanando el camino que lo trasladó a una dimensión mágica, ubicada más allá de los parámetros que ordenan al resto de nuestra vida social y cultural, y totalmente separada del pensamiento racional.
Devotos de la fe por la fe misma, los irracionalistas adoradores de Duchamp interpretan cada una de las costumbres y datos biográficos del artista francés como herméticas manifestaciones de su genio. Si tomamos al pie de la letra las afirmaciones vertidas en el catálogo de la muestra que organizó la Fundación Proa, tendremos que creer que cuando Duchamp fumaba sus cigarros, jugaba al ajedrez, tallaba sus propios trebejos o emprendía un viaje, no lo hacía como lo haría cualquier mortal, sólo para satisfacer sus deseos y aficiones del momento. De ninguna manera. Según los entusiastas escribas, a través de esas acciones aparentemente triviales, Duchamp habría legado a la posteridad las claves de un conocimiento secreto, accesible sólo para los iniciados, que concibe al arte como una entidad abstracta ubicada por encima de las cosas humanas, nunca como algo hecho por el hombre.

Los catequistas no la tienen fácil
El gran desafío que enfrentan los adoradores de Duchamp reside en convencer a los escépticos de que algo puede ser a pesar de que no es, o de que basta con retirar al mingitorio del baño, o al tiburón en formol del museo de ciencias naturales, y llevarlo a una galería de arte, para que mágicamente se convierta en arte. Los pobres catequistas duchampianos no saben a qué curador encomendarse cuando escuchan las reflexiones de algún atribulado espectador que se pregunta: “¿Entonces, si llevo mi destornillador o mis lentes de contacto a una galería de arte se convierten en obras de arte? ¿Quiere decir que si compro una docena de chorizos y los llevo a la verdulería, se convierten en verdura? Ahora bien, si las cosas son como usted dice, yo no entiendo a tantos tipos de aquí y de allá que siguen pintando: Alonso, Presas, Botero, Guillermo Roux, Antonio López y tantos otros… ¿Usted los entiende?”
Sin embargo, no cabe duda de que el fenómeno más intrigante no radica en las cavilaciones de los escépticos, sino en la fe ilimitada de las personas que abandonan la racionalidad y el sentido común… y concurren a la Fundación Proa para ver lo que no existe.