martes, 17 de marzo de 2009

Diez años dominados por la burbuja conceptual

Al repasar la evolución del mundo artístico desde el momento de la fundación de esta revista, ocurrida hace diez años, el fenómeno más característico que aparece frente a mi vista es la expansión de una impetuosa burbuja cultural, manifestada en el veloz crecimiento de una frondosa muchedumbre de curadores, administradores, promotores, gestores, facilitadores, teorizadores y especialistas que aspiran a mantener el mundo del arte bajo un rígido control institucional. Cohesionada por la certidumbre de que el archifamoso mingitorio de Duchamp marcó el comienzo de un cambio definitivo en la naturaleza del arte y desencadenó un imparable salto hacia el futuro, la nueva clase curatorial apoya sus prédicas en el mito del mingitorio y en el dogma de la infalibilidad del crítico norteamericano Arthur Danto, autor de la célebre y dudosa teoría de los objetos indiferenciables. El gran desafío filosófico del momento, dice Danto, consiste en determinar por qué, de dos objetos exactamente iguales e indiferenciables entre sí, uno es arte y el otro no. Danto compara la caja de Brillo que Warhol trasladó del estante del supermercado a la galería de arte con cualquiera de las muchas cajas iguales que prosiguieron su destino en las estanterías del supermercado. Son iguales pero diferentes, dice Danto, porque la caja elegida por Warhol se transformó en una obra de arte, en tanto que la otra caja siguió siendo un simple producto de limpieza. Pensar que un objeto cualquiera pueda convertirse en una obra de arte sólo porque a un artista se le da la gana suena bastante poco sensato, pero Danto está convencido de que es así, aunque no intenta demostrarlo. Se limita a afirmarlo, y le otorga a su convicción personal el carácter de una demostración objetiva o de una verdad universal. “Muchos dijeron entonces que lo que Warhol había hecho no era realmente arte, pero yo estaba convencido de que era arte” (1), escribe. Y agrega: “La verdadera pregunta filosófica… es cómo evitar su simple disolución en la realidad” (2). Esto último es muy pertinente, porque resulta inevitable presumir que si la caja de Brillo vuelve al estante del supermercado nadie podrá reconocerla como una obra de arte. Pero Danto no se da por vencido ante ese pequeño escollo y sigue afirmando que la caja de Brillo es arte, aunque no propone ninguna razón para probar su hipótesis. La caja de Warhol es arte, nos dice, porque "yo estaba convencido de que era arte”. La otra no, y punto. Se trata de la misma lógica que transformó al mingitorio de Duchamp en una obra de arte: es arte porque lo eligió Duchamp, y Duchamp es un artista porque convirtió un simple mingitorio en una obra de arte. Lo mismo puede decirse de Damien Hirst: el tiburón es arte porque Hirst lo dijo, y Hirst es un artista porque transformó al tiburón en arte, y porque el magnate Abramovich pagó por él diez millones de libras. Este razonamiento circular es aparentemente fácil de entender, pero a mí me resulta tan inalcanzable como la más remota de las galaxias. ¿Por qué debo creer que una caja es arte y la otra no? ¿Y por qué debo creer que el bendito mingitorio y el tiburón son obras de arte? ¿Sólo porque el beneficiario de una burbuja inmobiliaria, financiera o petrolera pagó diez millones de libras? ¿Acaso Warhol y Duchamp tenían la varita mágica que convierte en arte todo lo que toca? Por más que me rompa la cabeza, el asunto me resulta tan indescifrable como los pensamientos de un erizo de mar. A veces tiendo a creer que la clave del arte conceptual gira en torno de tres posibilidades; a) es una gran tomadura de pelo; b) es un complot armado por Duchamp, Warhol y Damien Hirst para proveer a los medios de comunicación de las noticias estrafalarias y absurdas que complementan los asuntos políticos y policiales; c) es, tal vez, una nueva religión. Esta última hipótesis me parece bastante plausible, porque las religiones son una cuestión de fe, y los creyentes no suelen poner el tema de los milagros bajo la lupa de la racionalidad. Ante la carencia de argumentos racionales, se debe tener fe en algún conocimiento secreto que Danto no puede revelar al resto de los mortales, y que le permite asegurar que la caja de Brillo es una obra de arte. En otras palabras, se debe tener fe en que Warhol tiene el poder de convertir en arte todo lo que toca, y que Duchamp también lo tenía. Y para continuar se debe tener fe en que los llamados nuevos medios (performances, ensayos digitales, fotografías, street art, videos y el sinfín de ocurrencias que se irán agregando bajo los generosos y falaces rótulos de exploración, investigación o reflexión) también son arte. De esta manera entramos de lleno en la dimensión religiosa, que nos obliga a aceptar la ilusión del arte a pesar de que las cosas que se presentan bajo ese rótulo y las afirmaciones en las que se apoyan adolecen de una absoluta falta de sentido. Mi problema es que la apelación a la fe me hace sentir tan estúpido como un comprador de talismanes para adelgazar o de jarabes para rejuvenecer. Me explico: como cualquier ciudadano común y corriente disfruto de las buenas novelas, los relatos cinematográficos bien construidos, los ensayos inteligentes y reveladores y las pinturas hechas en las grandes épocas del arte con un virtuosismo que parece sobrehumano. Tengo la total seguridad de que a un espíritu despierto le basta con ver una sola vez una obra de Leonardo, Rembrandt o Caravaggio para recibir una impresión que lo acompañará durante el resto de su vida, y estoy igualmente convencido de que la casi totalidad del arte contemporáneo se fuga de nuestra memoria al minuto siguiente de verlo, porque ningún sofisma curatorial podrá evitar que los fragmentos de realidad se disuelvan en la realidad. La indestructible fortaleza del arte de los viejos maestros, o de las llamadas disciplinas canónicas, que los profetas del arte oficial consideran definitivamente superadas, reside en el deber de inteligibilidad y comunicación racional basado en límites, reglas y objetivos bien establecidos, que definen su identidad tal como pasa en las ciencias duras, los deportes competitivos, el cine y la literatura. Esos límites y reglas fijan el marco racional que nos permite entender el acontecimiento, evaluar su calidad y establecer cuáles son los actores más dotados. Si borramos esas reglas y límites ingresamos a la dimensión del absurdo y el sinsentido, donde nada tiene significado y todo se torna igualmente olvidable. Para ser conmovido y experimentar una emoción estética necesito, como cualquier ciudadano corriente, entender lo que se ofrece a mi entendimiento, y para entenderlo necesito que la obra exprese por sí misma su contenido y me trasmita su peculiar visión del mundo merced a la eficacia de sus medios. Lo paradójico e irónico del caso es que luego del vaciamiento de sentido provocado por el afán de abolir los límites del arte y por la consiguiente afirmación de que cualquier cosa puede ser una obra de arte, los responsables de ese vaciamiento se adjudicaron la función de fabricar interpretaciones, lecturas y teorías destinadas a llenar el vacío que ellos mismos habían generado. Otra paradoja es la proliferación de nuevas carreras universitarias que ofrecen la formación de curadores, administradores, promotores, gestores, facilitadores, operadores, teorizadores y críticos multimediáticos, mientras en el otro extremo de la ecuación el rol de los artistas se devalúa cada vez más y tiende a confinarse en la mera ilustración de las propuestas curatoriales. Un viraje tan dramático en la orientación del mundo artístico merece, creo, una seria indagación sobre sus causas y consecuencias. Al exacerbar la ilusión del arte concebido como un poder mágico, capaz de transformar en obra de arte a cualquier objeto, disciplina o atributo de la realidad, resulta inevitable que el valor artístico sufra un severo desplazamiento, y que los artistas y sus obras tiendan a hundirse en la irrelevancia. Una vez que ha logrado apropiarse nada menos que de la construcción de sentidos, la nueva burocracia de curadores y teorizadores convierte a los artistas y sus obras en pretextos intercambiables: tanto da uno como otro, porque lo verdaderamente importante es el guión curatorial. Hoy proponen una “reflexión” sobre los efectos de la deforestación intensiva o la situación de la mujer, y mañana llamarán a “investigar” o “explorar” los procesos de legitimación artística, el calentamiento global o el comportamiento del mercado de arte. Es evidente que toda la miga del asunto está en la convocatoria. Sometidos a esa dinámica, muchos jóvenes artistas emergen con grandes expectativas sólo para ser velozmente sumergidos, y los réditos de la operación pasan a engrosar la cuenta corriente del curador. La última paradoja, nada menor, por cierto, es el hecho de que esas estrategias se llevan a cabo invocando la libertad de pensamiento, como si no existiera el inviolable corsé ideológico que establece la sujeción al dogma duchampiano, cuya recusación coloca a los heréticos fuera del marco institucional. Recuerdo una anécdota que ilustra muy bien ese punto: hace unos años me sorprendió saber que el consejo superior de la facultad de ciencias sociales de la UBA había propuesto POR UNANIMIDAD el nombramiento de Fidel Castro como doctor honoris causa. Poco después, al encontrarme con un amigo sociólogo le expresé mi extrañeza:
–¿Cómo puede ser que en el consejo superior de tu facultad todos piensen igual?

–Estás equivocado; hay muchas posiciones diferentes.
–Pero propusieron nombrar doctor honoris causa a Fidel Castro, ¡POR UNANIMIDAD!
–Ah, eso sí; hay muchas divergencias, pero con Fidel estamos todos.
La explicación le cabe perfectamente a la burbuja tribal e irracionalista del arte contemporáneo, que fagocita instituciones, bienales y museos en todo el mundo: hay muchas posiciones pero con Marcel estamos todos. La clave de la cuestión reside en la lógica interna de las instituciones adversas al pluralismo, que se organizan en torno de un conjunto de ideas centrales elevadas a la categoría de dogma y ungidas con la lógica de la bola de nieve. La ideología dominante baja de la cúpula con una fuerza gravitatoria que crece a toda velocidad y arrastra cuanto se le pone por delante, con el resultado de que la libertad de pensamiento sólo tiene vigencia efectiva entre quienes comparten la ideología oficial. A los disidentes, prolijamente ninguneados y sometidos al procedimiento silencio, les aguarda el desamparo de la intemperie, donde paradójicamente encuentran la verdadera libertad de pensamiento, porque para pensar libremente es imprescindible estar solo y estar afuera. Es en ese marco libre de coerciones donde se hace posible la verdadera libertad de pensamiento, un factor esencial para el desarrollo de la genuina obra artística, que es un hecho estrictamente individual. Cuando siento la tentación de revivir la emoción del reencuentro con esa clase de obras, que no corren ningún riesgo de disiparse en la realidad porque han sido ejecutadas dentro de la decantada racionalidad y los sabios límites de las disciplinas canónicas, me olvido de las burbujas y vuelvo al Museo de Bellas Artes, al Sívori, a la colección Fortabat y a los numerosos talleres y galerías de Buenos Aires que siguen guardando y construyendo la belleza, la sugestión y la racionalidad de la buena pintura, y no se avergüenzan de ella.


(1) Después del fin del arte. Arthur Danto. Ed. Paidós, Barcelona, 1999. Pag. 56
(2) Ib. Pag. 89

lunes, 16 de marzo de 2009

MANIFIESTO HARTISTA

No hay mejor recomendación del hartismo que el siguiente manifiesto, tomado del sitio original: http://www.hartismo.com/

Contra el anti-arte, el conceptualismo, la impostura y el culto al artista ególatra.
El arte es de todos.

Estamos HARTOS del arte oficial. Ese arte, sus artistas y su entorno se han vuelto tan soberbios, tan vanidosos, que creen vivir por encima del mundo, ocupados sólo en mirarse el ombligo, y debatir sobre el sexo de los ángeles. Aquí abajo, los hartistas trabajamos con nuestras manos, en y para el mundo real, haciendo del arte nuestro día a día y buscando en él nuestro sustento. El Hartismo es una apuesta por la humildad, la honestidad y la sencillez. Para los hartistas el arte es una profesión más, ni divina ni especial, y como en cualquier otra profesión la excelencia se logra sólo tras años de práctica seria y continuada.


Estamos HARTOS de elitismo, de que el arte sea sólo para unos pocos privilegiados. Queremos que el arte sea devuelto al público, a las calles. Que salga de su encierro e impregne de nuevo la vida cotidiana, embelleciendo cornisas, farolas, rótulos... Rechazamos las galerías y museos elitistas del arte oficial, a los que nadie entra; salas vacías e impolutas, como templos de un dios inaccesible. Queremos salas acogedoras, con asientos cómodos donde ver los cuadros de cerca, charlando tranquilamente mientras se toma un café.


Estamos HARTOS de dejar que sólo opinen gurús y “expertos”. El Hartismo anima al público a que opine libre y sinceramente sobre arte, y más sobre el arte actual. Porque el arte es de todos, también de quienes lo pagamos con nuestros impuestos. La mayor parte de las personas se ríen en confianza de los estrambóticos montajes que el Poder presenta como arte. ¿Por qué hacerlo sólo en privado? Riámonos abiertamente del arte oficial, de las cosas pretenciosas, ridículas y huecas que las pretenciosas, ridículas y huecas mentes de comisarios, artistillas y políticos nos presentan como Arte con mayúsculas.


Estamos HARTOS de oír una y otra vez la consigna interesada de que el arte ha muerto, la pintura ha muerto. La evidencia es otra; lo que vive pese a todas las dificultades, pese al ninguneo de que es objeto, es la pintura. En cambio, lo que necesita inyecciones constantes de dinero público para sobrevivir son las “modernas” manifestaciones del arte oficial. Los hartistas estamos hartos de que el dinero público se destine a sufragar actividades extravagantes, propias de una atracción de feria, que avergüenzan a la mayoría de la población, que es quien las paga, y no gustan a nadie. Actividades y actitudes que están logrando desprestigiar al arte actual y a los artistas que queremos practicar nuestra profesión con seriedad.


Estamos HARTOS del anti-arte. Partiendo de una idea jocosa de Duchamp en determinado momento histórico, el anti-arte ha llegado a ser el nuevo academicismo, el nuevo arte oficial. Justo el enemigo contra el que se acuñó el término. El propio Duchamp rechazaba que sus Ready-Made se tomasen como arte... nosotros preferimos creer a Duchamp que a sus exégetas. Nada tendríamos contra el anti-arte si no fuera por un pequeño detalle: el anti-arte no quiere convivir con el arte; tiene como propósito su negación, y necesita exterminarlo para poder ocupar su lugar. Los anti-artistas saben que si hay arte cerca nadie presta atención al anti-arte: ante un buen cuadro y una lata de caca la gente normal suele preferir el cuadro. Por eso, los anti-artistas necesitan a toda costa convencernos de que la pintura no vale, de que hay que despreciarla, exterminarla o al menos arrinconarla en un lugar olvidado para que así podamos valorar como si fuera arte lo que ellos “hacen”. Por eso gastan tanta tinta y saliva en discursos. Tienen largos y enrevesados discursos sobre muchos temas: sobre la muerte del arte, sobre lo desfasada que está la pintura, sobre lo superada que está la belleza... Tras casi un siglo desde su primera aparición, el anti-arte prácticamente ha monopolizado la atención mediática, invade las escuelas y desvía hacia sí la mayor parte del dinero público invertido en las artes. Poco a poco está logrando su objetivo: va arrinconando al arte, suplantándolo en todas sus facetas: artistas, obras, salas, críticos... todo tiene su versión anti-artística que sustituye a su equivalente artístico. Los hartistas estamos hartos de este crimen tolerado y hasta alentado por la oficialidad, y denunciamos esta suplantación parasitaria. El Hartismo es un movimiento anti-anti-arte. No es posible convivir armoniosamente con un cáncer agresivo, que te devora desde dentro; es necesario luchar contra él, encontrarlo, aislarlo y extirparlo para que no siga avanzando y llegue a matarnos. No obstante, el Hartismo, como muestra de buena voluntad, está abierto a recibir a los anti-artistas que quieran reciclarse, aprendiendo técnica e intentando ser sinceros por primera vez en su vida.


Estamos HARTOS del conceptualismo. Todo el mundo tiene miles de ideas cada día, muchas de ellas geniales. Nada más corriente que tener ideas. Lo que distingue al artista es la capacidad de sacar partido a las ideas creando obras valiosas de por sí. La idea es un pretexto para llegar a una obra, y no al revés.


Estamos HARTOS de que cualquier cosa se nos pueda presentar como arte. Si algo necesita estar expuesto en una galería y necesitamos que además nos expliquen una serie de ingeniosas historias para que podamos entenderla y considerarla como obra de arte, es que eso no era arte, sino una refinada tomadura de pelo. Una lata llena de caca es tan sólo una lata llena de caca, por más filosofías de andar por casa que la adornen. También rechazamos enérgicamente la idea de que el proceso es más valioso que la obra, de que sólo el valor “performático” constituye el hecho artístico. Es evidente que todas las artes tienen un proceso, y hasta un rito. Incluso el dueño de un bar que, aburrido, hace una tortilla de patatas, sigue un proceso fascinante y no exento de ritual. Pero el proceso, el rito, sólo tiene sentido porque al final se llega a un resultado. Nadie se come el emocionante proceso de preparación de la tortilla, sino la tortilla.


Estamos HARTOS de que se utilice la originalidad, la novedad o “modernidad” como patrones con los que medir el valor de las obras de arte y los artistas. Conceptos entendidos de forma perversa y profundamente estúpida, como valores absolutos, cuando dependen totalmente de la cultura -o mejor, incultura- de quien observa. Pero a pesar de su obsesión por lo nuevo, paradójicamente, el arte oficial está llegando, como la moda, a una reiteración grotesca de formas, maneras e ideas que insulta a la inteligencia. Porque el arte de vanguardia es como una lengua muerta. Se inventa siguiendo reglas que ya no reciben el impulso vital de quienes la crearon. Una vanguardia de laboratorio, hecha por expertos a imagen de la que se conserva disecada en libros y museos. Los grandes gurús del arte oficial dan el certificado de novedoso, atrevido, transgresor o rupturista tan sólo lo que siga alguna fórmula vieja, comprobada infinitas veces, que respeta los cánones de lo que debe ser la vanguardia, sin apartarse de la norma ortodoxa.


Estamos HARTOS de la importancia que se le da a los estilos, a los -ismos. Pintar es un acto personal y cada persona es única. Las etiquetas son sólo una manera de ordenar el conocimiento que la Historia del Arte construye, y a los artistas deberían importarnos bien poco. Creemos que lo importante no es pintar según un estilo u otro, sino hacerlo “con estilo”, es decir, bien.


Estamos HARTOS de que los que no utilizan sus manos se autodenominen artistas. Para ser artista hay que pintar, esculpir, dibujar... no basta con pensar. Ya nos hemos cansado de los caraduras que no dan un palo al agua y se convierten en artistas por la Gracia Divina o por la del gurú de turno ¡El arte para quien lo trabaja!


Estamos HARTOS de trascendentalismos. Los hartistas pintamos porque pintar es lo importante. Pintar no necesita sesudas justificaciones ni excusas. Es una necesidad y un placer. Sólo dibujar y pintar día a día nos hace artistas. A los que tienen dudas sobre este particular los animamos a dedicarse a otra profesión, hay gran demanda de charlatanes entre los políticos y los vendedores.
Estamos HARTOS del desprecio a la tradición. Porque el ser humano construye siempre a partir de lo conocido. Rechazar la tradición artística es rechazar la posibilidad de innovación, al rechazar toda referencia, todo apoyo. Nuestro movimiento no es una vanguardia, pero tampoco una contravanguardia. Los avances aportados por las vanguardias históricas ya han sido integrados en la tradición pictórica hace décadas, y por artistas de talento. Esta tradición, enriquecida por aportaciones vanguardistas, constituye la base de nuestra cultura artística común y nuestro acervo técnico actual.


Estamos HARTOS de la visión sesgada que se está dando de la historia del arte del siglo XX (y XXI). Es necesario, por el bien del arte y la dignidad de la profesión del historiador del arte una revisión crítica y en profundidad de los postulados sobre los que descansa el relato histórico. Creemos que la Crítica de Arte, con sus teorías vistosas pero interesadas, ha logrado someter no sólo a los artistas, sino a la misma Historia del Arte: se sigue sobrevalorando la importancia de las vanguardias del siglo XX, minimizando el hecho de que se han agotado y muerto en seguida y han sido resucitadas y mantenidas con vida artificialmente. La evidencia documental es apabullante, tan sólo es preciso que los historiadores hagan el trabajo pendiente, registrando los cientos de maestros notables que han estado trabajando e influyendo en sucesivas generaciones de pintores hasta nuestros días, sin alinearse exactamente con vanguardia alguna. La historiografía oficial, que se plantea el arte del siglo XX como una sucesión vertiginosa de movimientos vanguardistas cada vez más extremos es forzada, artificial. Se basa en una ideología (el vanguardismo) y no en la narración objetiva de los hechos. Hay tantos artistas “fuera de su época” que todo ese modelo teórico se desmorona: Ben Shahn, Hopper, Balthus, Guttuso, Hockney, Freud, Kitaj... son figuras muy influyentes, pero no encajan ni con calzador en una historia contada como una sucesión permanente de vanguardias cada vez más radicales.


Estamos HARTOS de que se desprecie y extirpe siempre la belleza de todo discurso pretendidamente artístico. Para el Hartismo la belleza es el objetivo último del arte. Rechazamos la pobreza formal del arte oficial, y el esteticismo inverso que hace del cutrerío y la fealdad infinita la máxima aspiración. Esto no significa que nuestro arte se base en viejos esteticismos revenidos, ñoños, cursis. Los temas crudos y desagradables también tienen cabida en el arte hartista. Es la preocupación por lograr una forma armónica, bien construida, lo que los hartistas consideramos principalmente búsqueda de la belleza.

Estamos HARTOS del rol asignado al artista de hoy. La pomposa gloria vana, los premios, las bienales, los catálogos y la adulación, constituyan el objetivo vital del artista oficial. Gente sin vocación, sin oficio, con una vida volcada en los actos sociales, lejos del placer de dibujar, del misterio de la pintura, del descubrimiento de nuevos mundos en su interior. Lejos, en definitiva, del olor y el tacto de los materiales del taller. Por el contrario, el éxito para un hartista es poder levantarse cada mañana y pintar.

Estamos HARTOS del sistema actual de enseñanza en muchas de las escuelas de arte oficiales. El aprendiz de artista necesita más la práctica que la teoría, pero a nuestros jóvenes se les llena la cabeza de palabrería hueca e inútil, descuidando sin querer -o a propósito- la enseñanza técnica y la práctica extensa que permitirían desarrollar sus habilidades. No entendemos que se niegue a los estudiantes ese derecho. Reivindicamos el valor del dibujo y específicamente el dibujo del natural como base de todas las artes visuales.
Estamos HARTOS de la fascinación por las nuevas tecnologías. Los nuevos materiales y técnicas, las tecnologías informáticas o audiovisuales no nos apabullan ni deslumbran, simplemente son parte de la realidad de nuestros recursos actuales, y los utilizamos con normalidad como una herramienta más. A más de un siglo de distancia de la primera película, a más de 40 años del primer ordenador, es una verdadera estupidez seguir babeando por descubrir que el vídeo o la informática existen. Estamos hartos de que esta fascinación bobalicona por el medio o la técnica utilizada cieguen el sentido crítico de todos, haciéndonos tragar bodrios infumables en aras de la supuesta novedad o ingeniosidad del medio utilizado.

Estamos HARTOS de que la pintura sea el cajón de sastre donde meter cualquier cosa. Continuamente se nos presenta como artes plásticas lo que en realidad son escenografías, obras de teatro, fotografías, cine... siempre que su calidad sea pobre o nula, pues cuando son buenos esas artes las reclaman, lógicamente, para sí. Con la excusa de que “hay que abrir fronteras”, nos hemos dejado robar el terreno y hasta el nombre: ¿cuántos concursos y salones de PINTURA han premiado instalaciones, performances, fotos, vídeos? Recuperemos para la pintura sus lugares y usos naturales.

Estamos HARTOS del abuso de las “nuevas propuestas”. El nacimiento de verdaderas nuevas artes será siempre bienvenido, pero no hay razón objetiva para multiplicar las categorías, creando nuevas artes como “performance”, “instalación” o “videoarte”: entes borrosos que nunca terminan de independizarse del seno de las artes plásticas tradicionales. Cuando algo realmente nuevo llega -como en el siglo pasado el cómic o el cine- se abre paso por sí mismo, con fuerza arrolladora, sin deber su existencia a una indefinición nebulosa. En su mayoría estas supuestas nuevas artes son maneras de esconder la incapacidad de crear buen teatro, buena escenografía, buen cine o en definitiva, buena pintura.

Estamos HARTOS de que se nos quiera tachar de minoría. Aunque los fundadores del Hartismo somos gallegos, el Hartismo es una tendencia con vocación universal. No somos cuatro locos aislados en el noroeste peninsular contra la tendencia general; realmente, la mayor parte de la gente piensa lo mismo que nosotros. Nuestro movimiento está afiliado al Movimiento Stuckist (www.stuckism.com), que lleva desde el año 1999 contestando al arte oficial y hoy está presente en 40 países, con más de 180 sedes repartidas por todo el mundo. El hartismo incluye a todas las artes y a todos los aspectos de la cultura, aunque comience como la revuelta de unos pintores.

El Hartismo es un punto de partida pero también un objetivo. Queremos recuperar la normalidad, la sinceridad y la sencillez de nuestra profesión. Que pintar sea sólo pintar, sin extravagantes ropajes que disfrazan al arte de lo que no es.
Aspiramos a ser el niño en el cuento “El Traje Nuevo del Emperador”, diciendo a la sociedad lo que todos piensan pero nadie se atreve a decir.


Reliquias Sagradas

Atención al Hartismo, un movimiento español que enfrenta el fraude conceptual con inteligencia y racionalidad. Uno de sus fundadores, el pintor Anxo Varela, publicó esta nota en anxova.blogspot.com

En numerosas ocasiones, tanto los hartistas como otros seres racionales del planeta hemos dado en comparar el fenómeno del arte oficial y su "culto" con una religión. Si esto ya se nota cuando los artistas son perfectamente desconocidos, raya en lo surrealista cuando hablamos de los grandes santones como Duchamp, Beuys, Manzoni o Kosuth...
Visto lo visto, uno se pregunta si no deberían en serio presentar su iglesia como una religión más y así añadir a las prebendas de que ya disfrutan las inmensas posibilidades derivadas de convertirse oficialmente en una religión reconocida. De este modo, comisarios, curadores, críticos y "artistas" de diverso pelaje pasarían a ser una casta sacerdotal, con el prestigio que eso conlleva. La conocida figura de "asesor cultural" o "asesor artístico" ganaría empaque, pues ya no sólo sería una persona acreditada por ciertas amistades, sino un cargo importante en la Jerarquía de la Iglesia Modernilla.
Luego, qué decir de las exposiciones en los templos (museos y centros culturales)... ¡Serían objetos sagrados dentro de auténticas catedrales! El recogimiento, el silencio, el respeto se presupondrían, no harían falta guardias de seguridad para impedir hacer fotos o llamar la atención a quienes se atrevan a reírse.
¿Y los fieles? Ya no tendrían que justificar su creencia con un incómodo discurso pseudofilosófico difícil de aprender y no digamos de improvisar. Los defensores del Arte Conceptual serían creyentes, sencillamente. Como creyentes no tendrían necesidad de justificarse. Podrían despreciarnos por infieles, por impuros, que es mejor y más fácil. ¡Hasta podrían hacernos la Guerra Santa!Pero lo mejor de todo es que podrían, amparándose en la LOE, incluír su culto en los colegios. Podrían empezar a adoctrinar a los tiernos infantes con ready-mades, escritos teóricos, videoinstalaciones... sin tener que esperar a que entrasen en Bellas Artes.
Yo espero con ansia ese día, en el que se empiecen a celebrar misas (performances) con fluidos corporales (tomad y bebed, esta es mi regla...) a los que asistan las Autoridades vestidas de gala. Pero lo que estoy deseando ver YA es la Semana Santa, con esas coloridas -de gris- procesiones conceptuales con las Santas Reliquias (objetos firmados por Beuys o alguno así) paseadas por nazarenos modernillos, con sus correspondientes gafas de pasta.
¿Por qué esta reflexión surrealista? Porque en Girona, estos días, hemos podido visitar el Colegio de Arquitectos -situado en un edificio medieval- y allí se exponían reliquias del conocido profeta de esa religión llamada "Arte Contemporáneo" Joseph Beuys. Amén.
La sala, quitándonos a nosotros, estaba completamente vacía y silenciosa. Tan sólo se oían, como una letanía, las palabras sagradas en la voz del propio Beuys. Supongo que todos y cada uno de los creyentes en el Arte Contemporáneo (amén) sí entenderían el verbo sagrado, pero yo no sé alemán, lo siento.
La exposición, para los profanos como nosotros, era un montón de fotos del propio Beuys haciendo cosas corrientes (por ejemplo cavando una zanjita ante un público extasiado) y algunos objetos (sagrados) en vitrinas. Unas maderas con ¡la escritura del propio Beuys (¡alabado sea!), que en mi opinión era un calígrafo más bien mediocre... otros objetos que estuvieron en SU sagrada mano, también firmados por el semidiós, etc. Había un aire de recogimiento en torno a esos objetos. Yo esperaba ver en algún lugar la nariz momificada del propio Beuys o un brazo incorrupto, pero esas reliquias seguramente eran demasiado valiosas para trasladarse.
En una de las fotos se ve a Beuys (Loor a Él) plantando un roble escuálido. Pero no es un roble cualquiera, no se engañen. ¡Es un "prototipo" de los "7000 Eichen" de Kassel! Naturalmente, para entender la importancia de esto no basta ser un ciudadano corriente. Hay que ser creyente, la fe no puede explicarse.
Viendo lo absurdo e insulso de la exposición (ni las fotos ni los objetos expuestos tenían valor artístico perceptible), el hecho de que las vitrinas envuelvan objetos corrientes como si se tratase de reliquias, o que los carteles especifiquen detalles insignificantes como la técnica y composición de un vulgar trozo de madera sobre el que se ha escrito simplemente: "COCO plantado el 24-12-1980 en la "Coquille Blanche" - Praslin - por Joseph Beuys", con rotulador permanente, hacen pensar que no nos encontramos ante una exposición de arte sino de algún tipo de reliquias. Reliquias que no poseen, desde luego, un valor arqueológico (apenas tienen 20 ó 30 años), ni histórico (los objetos recuperados del Titanic se exponen con menos parafernalia), ni son objetos para un culto fetichista (como una pelota firmada por Nadal o una camiseta sudada de Elvis), porque Beuys no es tan famoso ni aclamado.
Son objetos que poseen, evidentemente, un valor religioso. Porque efectivamente existe un grupo humano que cree realmente que este tal Beuys es algún tipo de figura especial, sobresaliente, iluminada por un saber sobrehumano, y que todos sus restos -hasta imagino que sus cagarrutas- tienen un valor altísimo.
Da igual que se trate de una placa conmemorativa en una plantación, una foto de él mismo, o incluso un juguete popular hecho de paja, una regadera o hasta una mesa de carpintero vieja. Todo lo que Él Ha Tocado es sagrado. No entiendo ninguna otra razón salvo la fe, para creer que Sus reliquias sean especiales, o que su manera de plantar robles sea mejor que la de Manolo, el vecino de al lado de mi casa. Ni que decir tiene que nos divertimos bastante haciendo fotos ante las reliquias, ya que no somos creyentes.
La mejor es la que dejo para el final: es un cartel que avisa a los profanos: “¡Por favor, no tocar! es una intervención del artista!”