Para sumar a los varios libros interesantes que se recomiendan en los blogs amigos, transcribo la reseña encontrada en Internet sobre "Memorias de mi vida", de Giorgio de Chirico. Me han dado muchas ganas de leerlo, pero para variar no pude encontrarlo en las librerías de Buenos Aires.
Como su hermano Alberto Savinio, Giorgio de Chirico (1888-1978) alternó la pintura con la escritura, aunque dándole a esta última un preciso valor de “autorretrato” vindicativo, exactamente el mismo que infundió, ya como pintor, a sus autorretratos “clásicos” de posguerra.
Con unos y otros, De Chirico perseguía unos objetivos bien precisos: documentar su vida y obra como un proceso de constante aprendizaje y perfeccionamiento, en pos de saberes que los artistas de la modernidad habían olvidado; denunciar la miopía y el oportunismo de críticos y marchantes, empeñados en reducir su obra al llamado período “metafísico”, inaugurado antes de la primera guerra mundial y superado en los albores de la segunda; denostar, consecuentemente, todo vanguardismo, y proclamar su propia genialidad y la de algunos allegados (su mujer, autora de una importante obra teórica, y su hermano Savinio, entre otros). Pólvora mojada, quizá: los manuales siguen ligando su nombre al fugaz episodio de la “pintura metafísica”, e insisten en emparentar las creaciones de este periodo con las del todavía nonato Surrealismo, y en preferirlas a todo lo que De Chirico hizo después.
El pintor no se engaña en cuanto a las causas de este reduccionismo: lo denuncia como una maniobra de marchantes y críticos dirigida a potenciar el valor de un producto determinado en detrimento del de una obra en constante evolución y doctrinalmente cargada de argumentos contra el tipo de arte al que esos mismos marchantes y críticos deben su fortuna e influencia. Para De Chirico, la pintura moderna entró en un proceso de degradación irreversible desde el momento en que los pintores empezaron a olvidar los saberes técnicos de antaño y, con ellos, la sólida moral artesanal que subyacía a la creación artística. Este proceso empezó a manifestarse en el Impresionismo y no ha hecho otra cosa que avanzar.
Los resultados son evidentes: el pintor moderno no sabe pintar, sus obras no pasan de ser “costras”, adefesios que unos intelectuales adocenados se empeñan en fingir que admiran, para desconcierto de un público ingenuo y maleable; mientras que la pintura clásica, la que exige maestría técnica y familiaridad con la tradición, se impone por sí misma al gusto no deformado de las personas de bien, sin exigir innecesarias mediaciones. Se entiende que De Chirico no resultara simpático a muchos contemporáneos, especialmente a los implicados en esa monumental feria de vanidades en que se ha convertido el arte moderno. Nada mejor, para desenmascararla, que la ironía que el pintor derrocha en las mejores páginas de estas Memorias: los que emplea, por ejemplo, para describir las soirées en casa de Apollinaire, o le llevan a atribuir el don de la ubicuidad a cierto crítico capaz de desvanecerse como por ensalmo en plena calle para no devolverle el saludo al temible y escamado polemista.
De que lo fue no cabe la menor duda. Y de que él mismo fue proclive a la vanidad, que quizá debamos entender, en su caso, como una manifestación de la inteligencia herida. Y que nunca fue tan grande como para impedirle afirmar que incluso la anhelada perfección “es un espejismo”, como lo es la felicidad y la propia vida.
José Manuel BENÍTEZ ARIZA
martes, 30 de junio de 2009
viernes, 19 de junio de 2009
El blog de Yoani Sánchez
Soy un devoto lector del blog Generación Y, editado por la valiente ciudadana cubana Yoani Sánchez, cuyos comentarios sobre las crónicas y cotidianas penurias que padecen los cubanos bajo la dictadura más antigua del planeta han logrado atraer la atención mundial. Yoani no hace declamaciones políticas ni denuncias grandilocuentes; tan sólo describe las carencias y rigores del día a día, el interminable rosario de apagones, hambre, desabastecimiento, prohibiciones, represión y adhesión obligatoria que la gerontocracia militar le impone a los cubanos de a pié. Como ilustración y homenaje, aquí va una reciente entrada de Yoani en Generación Y:
"Tengo treinta y tres años y dos canas. Llevo al menos la mitad de la vida deseando un cambio en mi Isla. En el verano de 1990, me asomaba a las persianas de mi casa en Lealtad esquina Lagunas, cuando el griterío de la gente me hacía pensar en una revuelta. Desde allí vi pasar las balsas cargadas en hombros hacia el mar y percibí los camiones de policías que controlaban la inconformidad. Las caras ansiosas de mis familiares presagiaban que pronto la situación evolucionaría, pero en lugar de eso los problemas se hicieron crónicos y las soluciones se postergaron. Después vino mi hijo, entre apagones y frases de “no te desesperes”, comprendí que sólo iba a ocurrir lo que pudiéramos provocar nosotros mismos.
"Este junio ha empezado muy parecido al de aquellos oscuros años del Período Especial. Desasosiego, cortes eléctricos en algunos barrios y una sensación generalizada de que vamos cuesta abajo. Ya no soy aquella adolescente temerosa y pasiva, cuyos padres le dijeron tantas veces “Acuéstate, Yoani, hoy no tenemos nada que comer”. No estoy dispuesta a aceptar otra etapa de consignas y platos vacíos, de ciudad detenida por falta de combustible y líderes empecinados con sus refrigeradores llenos. Tampoco pienso irme a ningún lado, así que el mar no será en mi caso la solución para este nuevo ciclo de calamidades que comienza.
"La simiente intranquila de Teo pronto fecundará a una mujer, para dar paso a otra generación que aguarda. Me resisto a creer que serán adultos mirando por la ventana a la espera de que algo ocurra; cubanos llenos de sueños postergados".
"Tengo treinta y tres años y dos canas. Llevo al menos la mitad de la vida deseando un cambio en mi Isla. En el verano de 1990, me asomaba a las persianas de mi casa en Lealtad esquina Lagunas, cuando el griterío de la gente me hacía pensar en una revuelta. Desde allí vi pasar las balsas cargadas en hombros hacia el mar y percibí los camiones de policías que controlaban la inconformidad. Las caras ansiosas de mis familiares presagiaban que pronto la situación evolucionaría, pero en lugar de eso los problemas se hicieron crónicos y las soluciones se postergaron. Después vino mi hijo, entre apagones y frases de “no te desesperes”, comprendí que sólo iba a ocurrir lo que pudiéramos provocar nosotros mismos.
"Este junio ha empezado muy parecido al de aquellos oscuros años del Período Especial. Desasosiego, cortes eléctricos en algunos barrios y una sensación generalizada de que vamos cuesta abajo. Ya no soy aquella adolescente temerosa y pasiva, cuyos padres le dijeron tantas veces “Acuéstate, Yoani, hoy no tenemos nada que comer”. No estoy dispuesta a aceptar otra etapa de consignas y platos vacíos, de ciudad detenida por falta de combustible y líderes empecinados con sus refrigeradores llenos. Tampoco pienso irme a ningún lado, así que el mar no será en mi caso la solución para este nuevo ciclo de calamidades que comienza.
"La simiente intranquila de Teo pronto fecundará a una mujer, para dar paso a otra generación que aguarda. Me resisto a creer que serán adultos mirando por la ventana a la espera de que algo ocurra; cubanos llenos de sueños postergados".
martes, 16 de junio de 2009
La creencia como pretexto
Enraizadas en todas las sociedades y culturas, las manifestaciones artísticas enriquecen nuestra vida espiritual y nos brindan un repertorio inagotable de sugestiones y significados; el alimento espiritual que nos proveen es una necesidad tan imprescindible y universal como las viandas de la mesa cotidiana, que debemos consumir para seguir viviendo. Nuestra imaginación reclama los apetecibles nutrientes de la música, los relatos, imágenes y representaciones que nos emocionan hasta el llanto, espolean nuestra fantasía y arrojan imborrables miradas sobre el drama y las pasiones de la existencia. Cuando saben hablar a nuestra experiencia y logran arrancar al torrente del tiempo una escena determinada, con sus personajes y situaciones expuestas con el brillo y la nitidez de una gema, las producciones artísticas adquieren el poder de iluminación que las hace perdurar a través de las generaciones. Para alcanzar ese poder, el trabajador del arte debe unir a un espíritu sensible y penetrante la capacidad de sostener un esfuerzo prolongado, hasta lograr la claridad y la persuasión que cautivan nuestro interés y nos hacen lagrimear, sonreír y soñar mientras avanzamos hacia el silencio eterno. En otras palabras, podemos definir al arte como una reveladora construcción de sentido, cuyo poder de persuasión expande nuestro horizonte espiritual y nos ayuda a enfrentar la incertidumbre de nuestro destino. Pero la evolución del arte no está exenta de los ciclos de auge y decadencia inseparables de todas las empresas humanas; es bien sabido que las disciplinas artísticas atraviesan cumbres luminosas y mesetas de silencio y oscuridad, como si una ley secreta determinara que todo debe cambiar y nada puede permanecer inmutable. Ese movimiento pendular de ascensos y caídas nos permite entender que el impresionismo y las magnificencias de la escuela de París hayan naufragado en el irracionalismo y la chatura del arte conceptual, una caída que sería inaccesible al entendimiento sin la paradójica teoría de la abolición de los límites del arte, un supuesto cuya lógica resucita el pensamiento mágico del mundo primitivo, pero lo presenta bajo las banderas del vanguardismo y el progreso. Al declarar la eliminación de los límites y características singulares de la obra de arte, definidos a lo largo de veinticinco siglos de historia, los profetas del pasado retornan a las épocas en que las explicaciones mágicas sustituían al conocimiento de las leyes físicas, con el resultado de que se le atribuían poderes sobrenaturales a un ídolo de piedra y se le asignaba un dios a cada uno de los fenómenos naturales, de la misma manera en que hoy se le asigna la categoría de obra de arte a un mingitorio, una bolsa de basura o un tiburón en formol, sin reparar en la imposibilidad de abolir los límites de una cosa determinada sin abolir al mismo tiempo su identidad esencial. ¿Sería posible, acaso, abolir la forma, el color, la textura y el inconfundible sabor que identificamos con la palabra manzana sin eliminar totalmente el sentido de la palabra, dejándola huérfana de todos los atributos que la definen? ¿Qué claridad y qué avance nos podría reportar el arbitrio de llamar manzana a una silla, una casa o un atardecer de verano? ¿Podríamos eliminar los límites del tenis alterando a capricho las dimensiones de la cancha, cambiando el número de jugadores, jugando con pelotas de rugby, permitiendo que unos usen raquetas y otros palos de hockey? Nadie dejará de entender que esos cambios alocados e irracionales exterminarían el tenis, así como desaparecería el género de la novela si decidiéramos que la palabra novela ha dejado de implicar necesariamente el uso del lenguaje escrito, y comenzáramos a llamar novela a una silla, una casa o un atardecer de verano. Sin embargo, esto es lo que pasa con las artes plásticas cuando se les coloca el corsé del mingitorio duchampiano: ingresan en un mundo regido por la irracionalidad del pensamiento mágico, donde se denomina arte a todo aquello que cualquier miembro de la secta conceptual decide designar como arte. La pregunta que surge de inmediato nos conduce a la sorprendente persistencia de la fe en el absurdo en pleno siglo XXI y en medio de los más admirables avances de la ciencia y la tecnología, una pregunta que carecería de respuesta de no mediar las perspicaces observaciones vertidas por Freud en “El malestar en la cultura”, texto que destaca la contradicción entre el impulso narcisista, que coloca a uno contra todos y todos contra uno, y la necesidad que empuja a los individuos aislados a formar comunidades libidinalmente vinculadas, que se organizan en torno de alguna creencia determinada, donde el imperativo dominante es la vinculación, y la creencia desempeña un rol accesorio. Leída desde esta perspectiva, se comprende que la absurdidad esencial del conceptualismo no constituya un obstáculo en la persistencia y la extensión de la creencia; aún las personas intelectualmente desarrolladas pueden actuar movidas por sus impulsos irracionales y sentirse inclinadas a creer, pese a la evidencia del absurdo. No es necesario señalar que el cuadro resultante no favorece para nada a los pintores empeñados en la construcción de un arte regido por la claridad y la persuasión; nos ha tocado en suerte una época de oscuridad y decadencia, cuyo balance sólo podrá ser realizado con justicia cuando los protagonistas de hoy nos hayamos hundido en el olvido y las obras comiencen a hablar por sí solas.
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