
La revista adncultura del diario argentino La Nación, que puede ser consultada en Internet, incluye como tema central de su última edición –desarrollado en tapa, comentario editorial y seis páginas de texto– a la muestra “Espacios urbanos”, recientemente inaugurada en Buenos Aires en las salas de la Fundación Proa. Presentadas como
“imágenes que marcan el rumbo de la estética contemporánea”, las insípidas escenas urbanas de cinco fotógrafos alemanes son presentadas por el curador Ludovico Pratesi como una visión
“antropológica y social, con una mirada concentrada en la relación entre arquitectura, historia, memoria y ritos sociales”, que busca
“estimular en el espectador un sentido emotivo, un vértigo visual y una sensación de abismo que se incrementan con la monumentalización de la imagen”. En el remate de su presentación, Pratesi define al conjunto de fotos como
“un momento de reflexión sobre el presente y la realidad que nos rodea, sobre el paisaje en sentido existencial y en un contexto global en transformación permanente”. Lamentablemente, el generoso optimismo de Pratesi, reverenciado y amplificado por los editores de adncultura, no ha tenido en cuenta que la abundancia de elogios y la atribución de
“un sentido emotivo, un vértigo visual y una sensación de abismo” a las simples, aburridas e insignificantes fotos de calles y edificios que integran la muestra es un esfuerzo inútil, que sólo consigue hacer más evidente la insanable vacuidad de las escenas presentadas. Pratesi olvida que los espectadores abordamos con absoluta libertad las novelas, pinturas, ensayos, poesías, fotografías y filmes que logran atraernos, en busca de la legibilidad que atrapará nuestro interés y nos permitirá disfrutar de los contenidos y sentidos que acostumbramos definir como algo interesante, ameno, instructivo, poético, ingenioso, emocionante o fantástico, y que su afán de atribuir a la foto de un edificio el sentido de una
“reflexión sobre el presente y la realidad que nos rodea, sobre el paisaje en sentido existencial y en un contexto global en transformación permanente” es un exceso de lenguaje y un mero enunciado sin sustancia, inapelablemente condenado al fracaso, ya que la supuesta reflexión no aparece por ninguna parte. Pratesi debería tener en cuenta que la reflexión es un proceso de pensamiento sistemático, que a través de una serie de proposiciones vinculadas a la cuestión en estudio y sometidas al análisis racional, busca determinar con un margen razonable de objetividad las características singulares de una cosa o fenómeno determinado. Posteriormente, el resultado de la reflexión puede ser trasladado a una imagen, dando lugar a un símbolo visual o una alegoría, pero la simple imagen documental nunca pasará de ser un documento, que al igual que cualquier otra cosa podría operar como el disparador de una reflexión, pero nunca constituirá por sí solo una reflexión. La magdalena de Proust despertó sus recuerdos de infancia y suscitó el fecundo proceso de reflexión que conocemos como “En busca del tiempo perdido”, pero hasta ahora a nadie se le ocurrió considerar a la sabrosa magdalena como una reflexión en sí misma, capaz de despertar en el espectador
“un sentido emotivo, un vértigo visual y una sensación de abismo”. En otras palabras, es imposible predecir si una foto o una magdalena suscitarán alguna reflexión o anticipar el carácter de la misma, porque la reflexión es un proceso íntimo y secreto que se produce en el espíritu y el cerebro de cada espectador, sujeto a las innumerables variaciones debidas a la diferencia de sensibilidades, formación e intereses de cada persona. Dicho de otro modo, es un proceso estrictamente individual que sólo puede ser conocido si cada uno de los espectadores lo da a conocer. Esto significa que puede haber tantas reflexiones como visitantes de la muestra, y que la pretensión de establecer a priori una reflexión única, válida para todos, es un absurdo de Pratesi que sólo podría hacerse efectivo en un mundo de robots. Sin embargo, el procedimiento es muy habitual en el arte contemporáneo, cuya lógica central parte de la supuesta abolición de los límites del arte para incorporar como tal a una infinidad de objetos, situaciones y disciplinas que nada tienen que ver con la actividad artística, y culmina con el clásico absurdo curatorial de dictar lo que habremos de sentir y pensar frente a ellos. En este punto arribamos al gran desafío que nos plantea el arte contemporáneo, centrado en el misterio de la creencia: ¿cómo es posible que tantas personas inteligentes e informadas estén dispuestas a creer que una vulgar foto o un mingitorio se convierten en arte por el sólo hecho de ser exhibidos en un museo o una galería? Si bien en una primera mirada nos sentimos inclinados a pensar que estamos frente a un hecho excepcional, nos bastará con recordar las incontables ocasiones en que numerosos grupos humanos fueron arrastrados por la ceguera y el absurdo para aceptar que la adopción de creencias irracionales es un hecho corriente e inseparable de la naturaleza humana. Un ejemplo elocuente y muy conocido es la inmensa burbuja financiera generada por el célebre Bernard Madoff, quien llevó a cabo durante veinte años un tipo de fraude de lo más primitivo, que consiste en pagar los intereses de los inversores iniciales con el capital aportado por los llegados en el último minuto. Un reciente editorial del diario El País nos explica que
“el exquisito Madoff usaba como arma de mercadotecnia un gancho secretista, selectivo y glamoroso (la dificultad de acceso a su propio circuito); garantizaba rentabilidades mínimas sostenidas en el entorno del 12% (un anzuelo de por sí sospechoso, pero que logró engatusar a más de 1.300 clientes de alto nivel, entre ellos prestigiosos bancos europeos y alguno español) y al fin, no invertía en nada, o casi. Constituye un misterio de novela psicológica la pregunta de si pensaba que este sistema podría resultar eterno. Bastó que el revés de la crisis incitase a algunos de sus selectos clientes a intentar recuperar su capital para que se descubriese la monumental chapuza”. El caso Madoff nos lleva a plantear nuestra pregunta en otros términos: ¿cómo es posible que avezados inversores, exitosos empresarios e industriales y exhaustivos conocedores de los mercados financieros se dejaran tentar por el
“gancho secretista, selectivo y glamoroso” y las altísimas e imposibles tasas de interés ofrecidas por Madoff? Convenientemente reformulada, la misma pregunta surge cuando nos trasladamos el terreno de la política: ¿cómo es posible que grandes porciones de la humanidad creyeran durante setenta años que el comunismo estaba destinado por ciertas inapelables leyes de la historia a crear una sociedad liberada del egoísmo, las desigualdades y las guerras, donde florecería el improbable hombre nuevo? Y dado que el reino central de la ilusión radica en el terreno religioso, no está de más recordar que en su “Vida de Jesús”, Ernesto Renán reconstruyó con penetrante sagacidad la genealogía de la singularísima burbuja que sostiene la fe en los milagros cristianos, cuya vigencia se pospone indefinidamente gracias al soborno de la vida eterna y a la importante porción de la humanidad que desea ser engañada por la promesa de eludir a la muerte. La crédula población de Galilea, señala Renán, sometida a la dominación del imperio romano, era una comunidad de humildes campesinos, pescadores y artesanos carentes de conocimiento sobre las leyes de la naturaleza que señalan el límite entre lo posible y lo imposible, y convencida por los profetas de la inminente llegada del hijo de Dios, al que reconocerían por sus milagros. Cuando Jesús se convirtió en un predicador trashumante, le atribuyeron la facultad de concretar mágicamente las modestas ambiciones alimenticias y curativas que desde sus humildes condiciones de vida podían llegar a imaginar: multiplicar los panes y los peces, convertir el agua en vino, resucitar a los muertos y sanar a los enfermos, atributos y sucesos imaginarios que los evangelios citan como hechos reales, y que Jesús nunca se atrevió a desmentir para no alejar a sus seguidores, lo que facilitó el crecimiento exponencial de la burbuja y su permanencia a lo largo del tiempo. Desde esta perspectiva más amplia, no es difícil entender que tantas personas inteligentes e informadas hayan decidido creer que una vulgar foto o un mingitorio son verdaderas obras de arte; como a los inversores de Madoff y a los devotos de Marx o de Jesús, el
“gancho secretista, selectivo y glamoroso” del arte contemporáneo les procura la inefable sensación de pertenecer a un círculo exclusivo y dotado de un conocimiento inaccesible al ciudadano común, que los instala en un plano cultural superior al que ocupamos el resto de los mortales.