Mi cuñado se casa después de siete años de noviazgo; aquí va la crónica de los hechos:
El romance comenzó
De manera muy humana;
Guillermo tenía un amigo
Y el amigo tenía una hermana.
Señorita muy valorada,
Rubia, menuda, galesa,
Dueña de muchas virtudes
Y de ojos color turquesa.
No quiero entrar en detalles
Ni mencionar cierta esquela,
Baste decir que Guillermo
Se encandiló con Pamela.
Ella entonces cursaba
Su querida psicología
Mientras él tragaba libros
En la facu de abogacía.
El asunto no fue fácil
Porque vivían muy alejados;
Saltaban de bus en bus
Como bichos enamorados.
Fueron pasando los años
Y la cosa se empiojaba;
La novia andaba ceñuda
Y el novio se le escapaba.
Cuando él se recibió,
Rápido como un potrillo,
Ya no podía esquivar
El asunto del anillo.
Pero siempre existen recursos,
¿Quién dijo: no hay tu tía?
Guillermo se puso bravo
Y empezó una maestría.
Había que esperar también
El título de Pamela,
Para llegar al altar
Sin deber nada a la escuela.
En resumen, caballeros,
Siete años duró el noviazgo,
Muchos ya se olfateaban
La llegada del hartazgo.
Pero el novio era de ley;
Rápido como una flecha
Compró el anillo un día
Y la cosa estuvo hecha.
Pamela, mi dulce flor,
Mi hermosísima princesa,
Quiero casarme con vos
Y poner sushi en la mesa.
Quiero una linda fiesta
Con champán y con helados,
Para que chupen y bailen
Toditos los invitados.
Así empezó la historia
De este lindo casamiento,
A las promesas sinceras
No las disipa el viento.
sábado, 15 de agosto de 2009
lunes, 10 de agosto de 2009
Arte conceptual, euskera y Malvinas desde la visión de Dostoievsky
Me he hecho mil veces la misma pregunta, pero nunca me cansaré de repetirla: ¿Cómo es posible que tantas personas inteligentes y bien informadas estén dispuestas a aceptar que un mingitorio, una cama desecha o un tiburón en formol, por el sólo hecho de ser exhibidos en un museo, se convierten en obras de arte? En una nota anterior cité la interesante hipótesis de Dostoievsky acerca de los procesos subjetivos que determinarían la fe y la incredulidad, y que serían anteriores a la razón. A menudo nuestras posiciones frente a un fenómeno determinado, explicaba el escritor, surgen y se consolidan “a espaldas de nuestra voluntad” y “de acuerdo con nuestros deseos más íntimos”. Dicho de otra manera, somos seres razonantes pero rara vez actuamos movidos por la razón. Esto quiere decir que las necesidades y demandas de nuestro yo íntimo, de las que rara vez somos concientes, dominan nuestra subjetividad y le ceden a la razón la tarea de justificar sus decisiones. Así, de acuerdo con la visión de Dostoievsky, la aceptación del descarnado fraude del arte conceptual por parte de tantas personas inteligentes y bien informadas obedecería a la demanda del impulso narcisista, que busca confirmar su instintivo sentimiento de superioridad intelectual declarándose poseedor de un conocimiento inaccesible al común de los mortales, que los facultaría para percibir el carácter artístico del mingitorio, la cama desecha o el tiburón en formol, y que les permite afirmar, muy sueltos de cuerpo, que “arte es todo lo que alguien cree que es arte”. Esa clase de personas siente que no existe nada mejor que el arte, generalmente considerado como una dimensión cercana a lo sublime, para asimilarse a un círculo exclusivo y prestigioso y adquirir un gratificante perfil de refinamiento cultural. Hay que admitir, no obstante, que el exitoso fraude del arte conceptual, si bien causa la justa indignación de muchos, tiene dos atenuantes: es bastante inofensivo y está lejos de ser un fenómeno excepcional. Hay casos en que los deseos íntimos de toda una colectividad se manifiestan en estados de estupidez generalizada, generadoras de consecuencias mucho más graves para el cuerpo social. En estos días, debido al drama escolar que atraviesa mi nieta Alba en Vitoria, provincia de Álava, me ha conmocionado el asunto de la enseñanza obligatoria del euskera en la escuela y en las instituciones vascas, otro caso de fraude que toda una comunidad ejecuta contra sí misma para dar cumplimiento a una insensata pretensión de superioridad racial, basada en la supuesta posesión de un tipo de sangre y una lengua que serían de mayor calidad que las del resto de los mortales. Sometidos a la tortura de una enseñanza basada en el hegemónico modelo D impuesto por la alucinada mentalidad nacionalista, los maestros y estudiantes vascos se ven obligados a representar la ardua farsa lingüística de una enseñanza totalmente impartida en euskera, una lengua endiablada y arcaica que los alumnos ignoran y los maestros simulan conocer, y que nadie habla en el país vasco ni en ninguna otra parte del mundo, con excepción, quizás, de algunas remotas aldeas interiores. Visite usted Vitoria, Bilbao, San Sebastián o cualquiera de los numerosos y prósperos pueblos de la región y comprobará que, a pesar de que todas las leyendas y carteles son rigurosamente bilingües, todo el mundo habla en español; hasta los filonazis de eta redactan los comunicados donde informan sus atentados terroristas en la lengua de Cervantes. Sin embargo, a pesar de esa abrumadora evidencia, una importante proporción de las personas que habitan en esa parte del mundo, buena parte de ellas inteligentes y bien informadas, están convencidas de que saber euskera es la prueba insustituible de fidelidad a la tierra y al espíritu de sus antepasados, además de una incuestionable prueba de superioridad racial. El tema se presta para reflexionar sobre la fatal inclinación humana de crear espantosos problemas en los lugares donde podrían vivir tranquilos y felices. Los argentinos tuvimos una experiencia que debería ser aleccionadora con la guerra de Malvinas. En sus primeros gobiernos, Perón desarrolló una intensa y prolongada campaña propagandística en todos los niveles reclamando la soberanía de las islas. Todos los días, los escolares de la época debíamos escribir en nuestros cuadernos, junto a las consignas habituales del régimen, una frase ritual: “Las Malvinas son argentinas”. No es de extrañar que muchos años después, al ordenar el dictador Galtieri la invasión de las islas, las multitudes se juntaran en la Plaza de Mayo para celebrar el acto patriótico. Nadie se detuvo a pensar que la población de las Falkland es sajona y angloparlante, y que no hay destino peor para una comunidad que ser gobernada por una administración argentina, lo que equivale a decir peronista, inepta y corrupta. Pero el cálculo de Galtieri resultó errado, los ingleses fueron a la guerra y los kelpers se salvaron de nosotros. Murieron, por supuesto, muchos soldaditos argentinos que fueron hambreados y en muchos casos torturados por los oficiales y suboficiales que los mandaban, y luego ignorados por las multitudes de bravos ciudadanos que fueron a gritar a la plaza y a vivar la guerra como si fuera un partido de fútbol, para luego volver a sus casas a prender los televisores, llenos de satisfacción patriótica. La moraleja de estas historias es que las creencias irracionales y las epidemias de estupidez colectiva nunca faltarán en este mundo, porque a pesar de ser seres razonantes, nuestras acciones, como bien dijo Dostoievsky, están determinadas por nuestros deseos más íntimos, esos que no conocemos o no nos atrevemos a confesar.
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