Creo que para explicar a conciencia mis puntos de vista sobre la pintura debo empezar por hacer una confesión. Yo fui un chico soñador, de esos que andan por el mundo siempre ensimismados, luciendo el aire embelesado y estúpido de los que miran mucho hacia adentro y se pierden lo que pasa a su alrededor. Me encantaba entregarme a mis gratas visiones interiores, donde invariablemente recibía maravillosos regalos de la fortuna que me aseguraban una felicidad y un reconocimiento sin término. Lo bueno es que me bastaba algún pequeño sortilegio, como evitar poner el pie sobre las franjas azules de la vereda, para cerrar mis beneficiosos pactos con el destino. Luego, con el correr de los años, los desaires y cachetazos de la vida me hicieron sospechar que las promesas nacidas de lo irracional y lo fantástico tienden a postergarse indefinidamente, y que cualquier mínimo logro me exigiría un esfuerzo conciente y sostenido. Así aprendí dos cosas: una, que yo era una insaciable máquina de desear; y dos, que la confianza en los dones mágicos florece cuando el deseo se une a la ignorancia. Por último, asumí que yo estaba lejos de ser una excepción, y que mis sentimientos básicos son compartidos por la gran mayoría de las personas, lo que nos permite definirnos como máquinas de desear, marcadamente proclives a los desvaríos de la imaginación, y tan dados a creer en improbables mundos mágicos como habituados a elucubrar fantasías desconectadas de la realidad. Esa excesiva credulidad natural, que tiende a ser acotada y controlada por los procesos de aprendizaje de los fenómenos físicos y el comercio con la realidad, podría ser definida como un estado de infancia. En la infancia de la cultura, por ignorar la existencia de los virus que generaban las letrinas, mataderos y basurales del ejército de Agamenón, Homero, en un giro paradigmático, atribuyó a las flechas del ofendido Apolo la peste que diezmó a los sitiadores de Troya:
“Sentado lejos de las naves, disparó una flecha, y un chasquido terrible salió del arco de plata. Hirió primero a las mulas y a los perros corredores; más no tardó en herir hasta a los mismos hombres con el dardo que mata. Y ardían sin cesar las piras llenas de cadáveres”. Ahora bien, si nos rigiéramos por un criterio meramente cronológico, la Humanidad ya habría superado largamente el estado de infancia cultural y no quedarían vestigios de la creencia en lo irracional y lo mágico: las flechas de Apolo habrían desaparecido de este mundo junto con la astrología, el espiritismo, los milagros de sanación, la vida ultraterrena, los dioses y las incontables supersticiones que, sin embargo, siguen reclutando frondosas manadas de seguidores. Además del temor a la muerte y las indeclinables ilusiones del yo, otro poderoso factor subyacente explica la inconmovible persistencia de lo irracional y lo mágico: se trata del fuerte instinto heredado de la tribu primitiva, que nos impulsa a afirmar nuestra identidad y nuestra seguridad en el interior de un colectivo social agrupado alrededor de un nítido sistema de creencias. Dicho de otro modo, las creencias a las que nos aferramos nunca son gratuitas ni emergen en estado puro, porque el impulso básico de nuestro yo –la máquina de desear–, induce a nuestra razón a incorporar, conciente o inconcientemente, las ideas que favorecerán la realización de nuestros deseos. Esto significa que las ideas son funcionales a nuestros deseos más íntimos, y que por ello sería una gran ingenuidad tomar al pie de la letra las declaraciones de los aspirantes a líderes políticos, intelectuales, espirituales, gremiales, artísticos o morales que proclaman sus nobles deseos de enfrentar los sacrificios más duros y desinteresados para guiarnos hacia la felicidad. Si tenemos presente que las máquinas de desear buscan primordialmente su autorrealización, escucharemos las promesas “desinteresadas” con el debido escepticismo y estaremos vacunados contra las ilusiones excesivas, librándonos de padecer alguna fractura por caer con demasiada violencia en la desilusión. Pero a qué viene toda esta perorata si la pregunta del inicio era ¿por qué la pintura? Ocurre que en nombre del “arte puro”, basada en sus “recursos propios” y lanzada a la conquista del futuro por medio de la renovación absoluta, la pintura del siglo XX nos acostumbró al vocabulario de manchas, texturas, goteos y formas geométricas de significado indescifrable, que debía conmovernos de la manera en que lo hace la música, valiéndose exclusivamente de la carga emotiva del color y la forma. La irrupción de esas nuevas ideas desató ardorosas polémicas en la primera mitad del siglo pasado, pero terminó por ser aceptada, junto con las faldas cortas, la revolución social y los automóviles veloces, como parte de las características propias de la época. En otras palabras, una vez que la pintura abstracta pasó cierto invisible Rubicón, impulsados por nuestro espíritu gregario dejamos de preguntarnos por su posible significado o su total ausencia de un significado discernible, y aceptamos su condición de hecho consumado. Si tenemos en cuenta que el Renacimiento, cuya máxima expresión se sintetiza en la figura de Leonardo, implicó una sinergia entre la pintura y la investigación científica del mundo natural, y que en su transcurso la pintura alcanzó el pleno dominio de los recursos inteligibles y racionales del volumen y la perspectiva, emerge con claridad la dramática magnitud del retorno a lo irracional que nos deparó el supuesto progreso del arte. Pero ya sabemos que las cosas no pararon allí: la desaparición del significado y la sucesión de desdefiniciones y rupturas produjo otra vuelta de tuerca, tan radical como la anterior, disparada por el célebre mingitorio y la consiguiente abolición de los límites de la pintura, a partir de la cual todo lo que señala el dedo mágico del artista o el curador se convierte en arte. Equiparado por su propia lógica interna a los demás sistemas de creencias irracionales, tales como la astrología, el espiritismo, los milagros de sanación, la vida ultraterrena, los dioses y otras incontables supersticiones, el sistema del arte contemporáneo se convirtió en un inmejorable caldo de cultivo para la proliferación de los embaucadores dedicados a medrar dentro del fraude socialmente aceptado. Como dato ilustrativo y reciente botón de muestra, transcribiré parte de una nota publicada el 01/10/2009 en el diario español El País, con la firma de la periodista Isabel Lafont, quien anuncia una instalación de Gianis Kounellis en el matadero de Madrid y anota algunas reflexiones del artista:
“La ruptura de límites, en Kounellis, como en tantos otros en su generación, supuso el abandono del lienzo. (…) Salió del lienzo y su obra se llenó de materiales. Muertos, vivos, semivivos... En 1969 exhibió doce caballos vivos en la Galleria L'Attico de Roma y aún se recuerda la polémica que creó en 1996 una de las instalaciones de la retrospectiva que le organizó el Museo Reina Sofía porque en ella habitaba un guacamayo (fue retirado para aplacar acusaciones de maltrato a los animales). En 1989 colgó piezas de vacuno de las paredes del Espai Poblenou de Barcelona. Pero la iconografía kounelliana está también hecha de cactus, arpillera, carbón, planchas de hierro, lana, somieres viejos, piedras, fuego, humo... "Para mí los materiales no juegan ningún papel. Sirven para polarizar el espacio. Hice una exposición con caballos, pero nunca pensé que se trataba de materiales, sino que era la única posibilidad de crear una visión. Odio los materiales".
¿Es entonces el espacio lo que le interesa? "Es uno de los elementos. “Cada espacio tiene una particularidad… Si hubiera un quintal de carbón en la pared, es un quintal de carbón que polariza el espacio como lo puede polarizar un fresco. (…) "Soy solamente un pintor. Tengo la lógica de un pintor, que sobre todo es un diseñador de vida. Lo otro, pintar, es un oficio”.
Conciente de la impunidad que le garantiza el absurdo y el sinsentido institucionalizados por el arte contemporáneo, Kounellis esgrime las obviedades como si fueran joyas de enorme valor. Analicemos esto que dice:
“…los materiales no juegan ningún papel. Sirven para polarizar el espacio”. Es imposible refutar una perogrullada de semejante calibre; indudablemente, todo lo que se nos ocurra colocar en la sala vacía de un museo, ya sea un quintal de carbón, un fresco o una docena de caballos, producirá un efecto de “polarización del espacio”. Y si ponemos el quintal de carbón, el fresco y la docena de caballos, todo al mismo tiempo, el espacio quedará automáticamente “multipolarizado”. También es de admirar la complaciente actitud de Isabel Lafont, a quien no se le ocurre preguntar qué tendrá que ver ese estatus del espacio con el arte. A ella le basta con saber que Kounellis es un artista amparado por el irracionalismo institucionalizado del arte contemporáneo, lo cual le garantiza absoluta impunidad para pronunciar perogrulladas y trivialidades con la grandilocuente solemnidad de quien revela verdades trascendentales.
"Soy solamente un pintor. Tengo la lógica de un pintor, que sobre todo es un diseñador de vida. Lo otro, pintar, es un oficio”.Está claro; Kounellis no pinta, porque según su peculiar visión los pintores son "diseñadores de vida", y por lo tanto no tienen necesidad de pintar. Los que sí pintan no son pintores, porque pintar es sólo un oficio. Ergo, créase o no, no es pintor el que pinta, sino el que no pinta. Lo único que no queda claro en el "pensamiento" de Kounellis es el misterioso salto que convierte la polarización del espacio en un diseño de vida. Pero no hay que enojarse con Kounellis: el hombre supo sumergirse en el sistema construido sobre la base de una creencia irracional, empujado por el afán de ganar prestigio y dinero sin necesidad de poseer un conocimiento o talento específico. Le basta con acatar el absurdo y decir “yo creo”, en el sentido de creer, no en el de crear, para beneficiarse con la irresponsabilidad sin límites de un mundo basado en el irracionalismo y la impostura. Definitivamente, mi conclusión es que el arte contemporáneo representa un curioso salto hacia el futuro, tan paradójico que nos devuelve al mundo del pensamiento mágico, cuando el hombre primitivo se refugiaba en la caverna para eludir las inundaciones, truenos y terremotos provocados por la ira de los dioses, o cuando Apolo diseminaba la peste con sus flechas de plata. Por eso prefiero la pintura. Estoy convencido de que no hay nada tan actual y tan afín al verdadero espíritu contemporáneo, cuya médula es inseparable del racionalismo y el pensamiento crítico, como los principios de la pintura renacentista. Esta toma de posición puede sonar algo conservadora, pero les aseguro que es muchísimo más afín al espíritu de nuestra época que la superstición de creer que algo se convierte en arte por el sólo hecho de señalarlo como tal.