Si algo faltaba pasa asumir que algo está cambiando en el mercado del arte contemporáneo es la nota aparecida en el diario argentino La Nación de hoy, 30/03/2010, con la firma de Alicia de Arteaga, la misma persona que desde hace unos diez años convirtió su columna en una suerte de boletín oficial de las ferias, museos, instituciones, curadores y funcionarios que promueven el arte conceptual y practican la denigración sistemática de la pintura tradicional.
Para nuestra sorpresa, Arteaga dedicó la mencionada columna a celebrar un texto de la crítica de arte del diario The New York Times, Roberta Smith, hasta ayer mismo entusiasta militante profesional del conceptualismo y memorable admiradora de los pozos abiertos por el “escultor” suizo Urs Fischer en el New Museum de Nueva York: “hay muy poco en esta muestra –escribió Smith– que tenga la capacidad de impacto y asombro de los pozos, que ataque el cubo blanco puro de la galería y ofrezca a la vez una belleza instructiva y esclarecedora propia”.
La novedad que seguramente ha causado una sorpresa mayúscula tanto a los lectores de Roberta como a los de Arteaga es el descubrimiento, compartido por ambas, de que la pintura , “el medio y el soporte que hicieron grandes a Vermeer, Velázquez y Bacon es revisitada hoy por miles de jóvenes de todas partes, por mujeres que a la edad madura hacen cola en los talleres para mejorar la impronta amateur y por artistas decididos a pintar, a pesar de los cantos agoreros y de los mandatos del conceptualismo a ultranza”.
¿Dónde ha quedado, me pregunto, la Arteaga que entonaba himnos a “lo último” y lo “más contemporáneo”, la que atacaba a un galerista porteño denunciando su inadmisible y anacrónica admiración por la pintura de los maestros argentinos Fader, Quirós y Della Valle, y los españoles Sorolla, Anglada Camarasa y Rusiñol?
¿Y que se ha hecho de la imaginativa e inigualable visión de Roberta Smith, que le permitía descubrir “una belleza instructiva y esclarecedora” en un pozo abierto en el piso del museo?
La explicación de esta repentina conversión, lo verdaderamente instructivo y esclarecedor en esta inesperada reivindicación de la pintura, es el estado de cosas que la precipita: la desaparición generalizada y progresiva del público, que huye de los museos y galerías de arte contemporáneo, y la imposibilidad cada vez mayor de sostener la chatura del igualitarismo conceptual, con su grosera pretensión de convertir en arte y en artistas a todas las personas y todas las cosas imaginables.
La realidad es que el público sólo admira y sostiene con su presencia aquello que es artísticamente admirable, es decir, la clase de obras que demuestran un grado de calidad y legibilidad que muy pocas personas pueden alcanzar.
Dicho de otro modo, lo que el público de arte (nosotros) busca en la pintura, y sólo puede ser encontrado en la pintura, es lo mismo que reclama en el resto de las expresiones artísticas: la maestría excepcional y la claridad en la comunicación que comparten los grandes intérpretes de piano, guitarra o violín, las estrellas de la danza, los maestros de la novela o la poesía y los actores que nos convencen y nos conmueven con sus inolvidables interpretaciones.
Imaginemos por un momento lo que sucedería si los criterios vigentes en el arte conceptual se trasladaran a la novela, el piano o la danza: como cualquiera podría ser un artista, personas sin aptitudes ni formación podrían permitirse aporrear un piano, hacer piruetas absurdas sobre el escenario o escribir frases torpes e inconexas, y ser aclamadas como grandes artistas “emergentes”.
"Para hacer arquitectura pura", observaba Borges, "los arquitectos podrían hacer casas que no sirvan para nada, que ni siquiera se pueda entrar en ellas".
Si algo hay de instructivo y esclarecedor en el repentino viraje de Arteaga y Roberta, es la tácita toma de conciencia sobre los devastadores efectos que el igualitarismo produce en el arte.
Todo parece indicar que las señoras periodistas han comenzado a tomar nota de la epidemia global de estupidez y el colosal aburrimiento que provoca la teoría, destructivamente optimista, de que cualquier cosa puede ser arte y cualquiera puede ser un artista
Harto de los mingitorios, pozos, caramelos, manchas informes, piedras, chapas, pescados en formol, esqueletos de ballenas, cajas de zapatos, fotos anodinas y videos caseros, y hastiado de los enjambres de curadores que destilan jactanciosamente sus jergas impenetrables y se proclaman dueños del arte, el público responde con los pies, usándolos para emprender la fuga masiva que hunde a los espacios de arte contemporáneo en una soledad cada vez más inocultable.
En el final de su columna, Arteaga sostiene que "nunca hubo tanta libertad para derivar de la geometría a la figuración, para detenerse en paisajes románticos, escenas intimistas, flores o recortes realistas de la vida cotidiana... y para pintar cuadros que todos pueden comprender y amar a simple vista, sin que esta virtud se convierta en debilidad".
Lo sorprendente es que hasta ayer mismo, Arteaga y Roberta Smith afirmaban que la pintura figurativa es un anacronismo felizmente superado, y saludaban con eufóricos adjetivos la constante aparición de improbables "nuevos medios", y de incontables artistas "emergentes"... que nunca esgrimieron un pincel.
¿Cómo explicar este viraje?
¿Se sentirán derrotadas por la desaparición del público, que amenaza con hundir en la bancarrota a las ferias y museos de arte contemporáneo, porque está provocando la creciente disminución del dinero oficial que hasta hoy los sostuvo?
¿O estarán empezando a percibir, en "el río que arrastra mitologías y espadas", a la magra mitología del arte momentáneo, arrastrada junto con su cansada rutina de sorpresas y novedades, que desde hace ya demasiado tiempo han perdido hasta el menor vestigio de sorpresa y de renovación?
Lo cierto es que casi me parece escuchar a las señoras periodistas parodiando a Groucho Marx: “estas son nuestras convicciones de hoy; si no les gustan, esperen las próximas. Nosotras también tenemos curiosidad por saber lo que vamos a decir la semana que viene”.
martes, 30 de marzo de 2010
lunes, 29 de marzo de 2010
El péndulo de la infamia
No es un secreto para nadie que los humanos vivimos enfrascados en la competencia permanente. Hay pocos placeres tan dulces y universales como tener una casa más grande y vistosa que la del vecino, ropas más caras y elegantes, un automóvil más moderno y una mujer más joven y atractiva. Un duende infatigable nos ordena superar al vecino en todos los terrenos: debemos ser más altos, más poderosos, más inteligentes y más populares que el señor al que saludamos cordialmente todas las mañanas.
En otras palabras, el duende del narcisismo nos impulsa a progresar y a superar al resto de los mortales, o por lo menos a poner en ello el mayor y más sostenido de los esfuerzos.
Pero por encima de las cuestiones materiales, en el podio indiscutido brilla la forma más placentera, absoluta e incontestable de superioridad sobre nuestros semejantes: la superioridad moral.
Arribar a ese ambicionado sitial nos da el derecho de erigirnos en jueces de la sociedad, y nos autoriza a levantar nuestro dedo acusador contra los infames enemigos del idealismo y la justicia, que son el sustento de nuestra superioridad moral.
Los inquisidores y profetas de todas las épocas saben que no hay nada más gratificante para nuestra autoestima que ejercer el derecho moral de juzgar y condenar al innoble.
Aunque sus fundamentos ideológicos fueron cambiando, la superioridad moral y la condena de los infames fue un ejercicio intensivamente practicado por sucesivas elites a lo largo de la historia. En el mundo contemporáneo, posterior al reinado de los dioses, la fuente generosa y aparentemente inagotable de superioridad moral se afincó de manera sucesiva en las distintas variantes del comunismo. La llamada revolución rusa de 1917 encendió la llama de la esperanza en la realización de un mundo liberado de la injusticia, la opresión y las guerras, pero durante los setenta años que duró el experimento, la verdadera naturaleza del sistema exhibió ante los ojos del universo sus lacras inocultables e indefendibles, que llevaron la tragedia social a un grado de infamia mucho más extremo que todo lo conocido hasta entonces.
Después de la caída del muro de Berlín, desautorizados por la realidad y por la historia, los altaneros jueces morales de otrora encontraron la suerte que nunca habían esperado: su propio lugar en el indeseado pantano de la infamia.
Luego de que el fraude estalinista se conociera en toda su magnitud, el espejismo de la superioridad moral se trasladó sucesivamente a Vietnam, Cuba y Nicaragua, y se atrevió incluso a reposar en la impiadosa criminalidad de las Farc y ETA, y hasta en la teatralidad mediática del subcomandante Marcos.
Hoy, cuando ya todos los supuestos paraísos de la igualdad y la justicia, creados para hacer la felicidad de los todavía inexistentes trabajadores y pobres del futuro, pero nunca de los actuales, se disipan en la aplastante realidad de las dictaduras, en la criminalidad del terrorismo y en la miseria sin horizontes, estamos llegando a la hora de la verdad.
La situación terminal de la economía cubana y el hambre creciente, sin paliativos y sin libertades, que agobia a la sacrificada población de la isla y la somete a una situación ya inocultable, sale a la luz gracias a la valiente resistencia de las Damas de Blanco, los disidentes internos, los presos de conciencia y las voces de los emigrados, y se amplifica por la valerosa actividad de los bloggers que describen el drama cotidiano y por la muerte en huelga de hambre del albañil negro Orlando Zapata.
Estos hechos vuelven a mover dramáticamente el péndulo de la infamia.
Los supuestos “progresistas”, que aún sin ser plenamente concientes de sus motivaciones siempre fueron impulsados por su afán de progreso personal, esos que hicieron la vista gorda ante los padecimientos y la esclavitud que se le imponían al pueblo cubano en nombre de la “definitiva liberación”, están descubriendo que su papel ante la historia no es el que ellos imaginaban.
Encerrados en el mutismo y en el bajo perfil, y obligados a enfrentar con culpable desagrado los malos olores de la infamia, ya no firman solicitadas ni proclaman su adhesión al comandante en jefe.
Les ha llegado el turno. Los alcanzó el péndulo de la infamia.
En otras palabras, el duende del narcisismo nos impulsa a progresar y a superar al resto de los mortales, o por lo menos a poner en ello el mayor y más sostenido de los esfuerzos.
Pero por encima de las cuestiones materiales, en el podio indiscutido brilla la forma más placentera, absoluta e incontestable de superioridad sobre nuestros semejantes: la superioridad moral.
Arribar a ese ambicionado sitial nos da el derecho de erigirnos en jueces de la sociedad, y nos autoriza a levantar nuestro dedo acusador contra los infames enemigos del idealismo y la justicia, que son el sustento de nuestra superioridad moral.
Los inquisidores y profetas de todas las épocas saben que no hay nada más gratificante para nuestra autoestima que ejercer el derecho moral de juzgar y condenar al innoble.
Aunque sus fundamentos ideológicos fueron cambiando, la superioridad moral y la condena de los infames fue un ejercicio intensivamente practicado por sucesivas elites a lo largo de la historia. En el mundo contemporáneo, posterior al reinado de los dioses, la fuente generosa y aparentemente inagotable de superioridad moral se afincó de manera sucesiva en las distintas variantes del comunismo. La llamada revolución rusa de 1917 encendió la llama de la esperanza en la realización de un mundo liberado de la injusticia, la opresión y las guerras, pero durante los setenta años que duró el experimento, la verdadera naturaleza del sistema exhibió ante los ojos del universo sus lacras inocultables e indefendibles, que llevaron la tragedia social a un grado de infamia mucho más extremo que todo lo conocido hasta entonces.
Después de la caída del muro de Berlín, desautorizados por la realidad y por la historia, los altaneros jueces morales de otrora encontraron la suerte que nunca habían esperado: su propio lugar en el indeseado pantano de la infamia.
Luego de que el fraude estalinista se conociera en toda su magnitud, el espejismo de la superioridad moral se trasladó sucesivamente a Vietnam, Cuba y Nicaragua, y se atrevió incluso a reposar en la impiadosa criminalidad de las Farc y ETA, y hasta en la teatralidad mediática del subcomandante Marcos.
Hoy, cuando ya todos los supuestos paraísos de la igualdad y la justicia, creados para hacer la felicidad de los todavía inexistentes trabajadores y pobres del futuro, pero nunca de los actuales, se disipan en la aplastante realidad de las dictaduras, en la criminalidad del terrorismo y en la miseria sin horizontes, estamos llegando a la hora de la verdad.
La situación terminal de la economía cubana y el hambre creciente, sin paliativos y sin libertades, que agobia a la sacrificada población de la isla y la somete a una situación ya inocultable, sale a la luz gracias a la valiente resistencia de las Damas de Blanco, los disidentes internos, los presos de conciencia y las voces de los emigrados, y se amplifica por la valerosa actividad de los bloggers que describen el drama cotidiano y por la muerte en huelga de hambre del albañil negro Orlando Zapata.
Estos hechos vuelven a mover dramáticamente el péndulo de la infamia.
Los supuestos “progresistas”, que aún sin ser plenamente concientes de sus motivaciones siempre fueron impulsados por su afán de progreso personal, esos que hicieron la vista gorda ante los padecimientos y la esclavitud que se le imponían al pueblo cubano en nombre de la “definitiva liberación”, están descubriendo que su papel ante la historia no es el que ellos imaginaban.
Encerrados en el mutismo y en el bajo perfil, y obligados a enfrentar con culpable desagrado los malos olores de la infamia, ya no firman solicitadas ni proclaman su adhesión al comandante en jefe.
Les ha llegado el turno. Los alcanzó el péndulo de la infamia.
viernes, 26 de marzo de 2010
Un reclamo por la libertad de los presos políticos cubanos
Una buena noticia: la siguiente declaración demuestra que los argentinos empezamos a tomar en cuenta los sufrimientos del pueblo cubano bajo la dictadura castrista.
Los abajo firmantes nos dirigimos a los gobiernos democráticos de América Latina con el objetivo de solicitarles que reclamen ante el régimen cubano la liberación de todas las personas que en ese país se encuentran encarceladas por delitos que, de acuerdo con los estándares internacionales, son derechos básicos.
Estamos de acuerdo en que la región normalice sus relaciones con Cuba, pero para ello el gobierno de los hermanos Castro debe armonizar sus normas internas eliminando las restricciones a los derechos humanos más elementales. Es que a diferencia de cualquier país en el que se puede producir una violación a los derechos humanos, en Cuba existe una política de estado que expresamente viola las libertades fundamentales. Al respecto, la Constitución de Cuba, su Código Penal, leyes especiales como la número 88 y las sentencias de los tribunales populares, son una evidencia irrefutable de las violaciones a los derechos humanos en ese país.
En efecto, el análisis de ciertos aspectos del orden político cubano a través del estudio de su organización institucional y legal, es concluyente que ya desde sus instituciones fundamentales, el contenido de sus leyes y la interpretación que le dan los órganos judiciales, el régimen cubano está organizado sobre la base de la supremacía del poder del Estado por encima de los derechos humanos básicos, y frecuentemente los vulnera en nombre de intereses propios del gobierno.
Como todo régimen plenamente autoritario, los atropellos a los derechos, a las formas de democracia republicana, de control y límites al poder del Estado y de respeto a las elementales garantías judiciales de los ciudadanos, van mucho más allá en los hechos que en los textos legales y constitucionales.
Sin embargo, el régimen cubano ha invocado frecuentemente los logros en materia de educación o salud, para acallar las críticas a las violaciones a derechos humanos básicos. Pero sostener que se respetan los derechos humanos en una sociedad donde cualquier ciudadano puede ser detenido sin motivo por la autoridad, no puede expresar ideas políticas, no tiene derecho a asociarse, reunirse con otros, ejercer la industria o el comercio, disponer de su propiedad, entrar y salir del país, etc.; es tanto como sostener que un esclavo goza de derechos humanos porque su amo le provee alimento, un lugar donde dormir y lo cura cuando se enferma.
Lo cierto es que el régimen jurídico-político de Cuba viola la mayoría de las garantías básicas plasmadas en todos los instrumentos internacionales que se han suscripto en las últimas décadas, y que en la actualidad forman parte del derecho internacional de los derechos humanos.
Por ejemplo, un informe de Human Rights Watch de noviembre de 2009 señalaba “Numerosos presos políticos detenidos durante el gobierno de Fidel Castro continúan presos padeciendo las condiciones inhumanas de las prisiones cubanas. Y el gobierno de Raúl Castro ha recurrido a leyes draconianas y a procesos judiciales que son una farsa para encarcelar a muchas otras personas que se atrevieron a ejercer sus libertades básicas. El gobierno de Raúl Castro se ha amparado especialmente en una disposición del Código Penal de Cuba que permite al estado encarcelar a las personas antes de que hayan cometido un delito, cuando existan sospechas de que pueden cometerlo en el futuro. Esta disposición sobre ‘peligrosidad’ es netamente política y define como ‘peligrosa’ a cualquier conducta contraria a las normas socialistas. Esta norma, la más orwelliana de todas las leyes cubanas, capta la esencia de la mentalidad represiva del gobierno cubano, que percibe a cualquier persona cuyas acciones no concuerden con el gobierno como una potencial amenaza y, por ende, pasible de castigo…las actividades ‘peligrosas’ incluyen entregar copias de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, organizar manifestaciones pacíficas, escribir artículos que critican al gobierno, e intentar organizar sindicatos independientes”.
Por cierto, es preocupante que América Latina se muestre tan indiferente frente a estas injusticias que sufre el pueblo cubano y tan complaciente con su ilegítimo gobierno, lo cual evidencia un límite de la democracia en la región. Especialmente preocupa que países que han sufrido terribles dictaduras, recibiendo en esos años de plomo importantes muestras de solidaridad democrática internacional, no reconozcan a la oposición pacífica cubana que es considerada subversiva por su gobierno debido a la invocación que hacen de los derechos humanos y la exigencia de su respeto o su difusión pública.
Es hora que América Latina se ponga del lado de los demócratas cubanos y le exija al régimen de los hermanos Castro que inicie una apertura política garantizando derechos muy elementales como la libertad de asociación y expresión, lo cual posibilitaría la liberación de muchos presos políticos por el principio de la vigencia de la ley más benigna. El 18 de marzo de 2010 se cumplirán siete años de la ola represiva conocida como “La primavera negra de Cuba”, la cual culminó con la detención de 75 opositores pacíficos, entre ellos periodistas y bibliotecarios independientes y promotores del Proyecto Varela, una iniciativa de referéndum que solicitaba cambios al sistema vigente en la isla. Actualmente, la mayoría de los detenidos continúan en prisión, junto a otros tantos presos políticos encarcelados antes y después de esa fecha por delitos que solamente existen en Cuba. Varios se encuentran en muy malas condiciones de salud y, el pasado 23 de febrero, se produjo la muerte del preso de conciencia –así reconocido por Amnistía Internacional- Orlando Zapata Tamayo, quien cumplía una larga condena por delitos tales como “desacato, insubordinación, difamación de las instituciones, desorden público y menosprecio de la figura del comandante Fidel Castro”.
Para la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, “El señor Zapata Tamayo era una de las víctimas del Caso Número 12.476, donde la Comisión Interamericana recomendó al Estado de Cuba ordenar la liberación inmediata e incondicional de todas las víctimas declarando nulas las condenas en su contra, por haberse basado en leyes que imponen restricciones ilegítimas a sus derechos humanos. El informe de fondo de este caso, aprobado el 21 de octubre de 2006, también recomendaba adoptar las medidas necesarias para adecuar sus leyes, procedimientos y prácticas a las normas internacionales sobre derechos humanos, reparar a las víctimas y sus familiares por el daño material e inmaterial sufrido en virtud de las violaciones a la Declaración Americana establecidas en el informe, y adoptar las medidas necesarias para evitar que hechos similares volvieran a cometerse. El Estado de Cuba no ha cumplido con las recomendaciones de la CIDH”.
Por lo expuesto, queremos hacerle llegar nuestra solidaridad a todos los demócratas cubanos y al mismo tiempo reclamarle a la opinión pública latinoamericana que no permanezca indiferente frente a la injusticia que padecen. La democracia no estará consolidada en América Latina mientras, ante la complacencia de gobiernos y organismos regionales, se mantenga vigente en Cuba un régimen de partido único que considera que el ejercicio de los derechos puede considerarse un delito y que por tal motivo una persona inocente debe ser privada de la libertad por largos años e incluso perder la vida.
Firmantes:
Julio César Strassera, Patricio Aylwin, Graciela Fernández Meijide, Guillermo O’Donnell, Ricardo Gil Lavedra, Santiago Kovadloff, Vicente Palermo, Daniel Sabsay, Pepe Eliaschev, Beatriz Sarlo, Juan Carlos Vega, Fernando Iglesias, Claudia Hilb, Emilio de Ipola, Carlos Lauría, Andrew Graham-Yooll, Sergio Fausto, María Matilde Ollier, Gabriela Ippólito, Marcos Novaro, Ricardo Uceda, Guillermo Rozenwurcel, Jessica Valentini, Demetrio Magnoli, Patricio Navia, Sylvina Walger, Rafael Rojas, Daniel Muchnik, Antonio Camou, María Sáenz Quesada, Carlos Facal, Ricardo Rojas, Fernando Ruiz, Silvia Uranga, Claudia Guebel, Héctor Leis, Eduardo Viola, Paulo Uebel, Paola Silva, Eduardo Ulibarri, César Ricaurte, Robert Eisenmann, Dilmar Rosas, Hugo Machín, Ricardo Lafferriere, Heinz Sonntag, Andrés Cañizalez, Romeo Pérez Antón, Diego Camaño Viera, Carlos Bascuñán, Gabriel Palumbo, Alejandro Nogueira, Claudio Paolillo, Carlos Gervasoni, Ricardo López Göttig, Bernabé García Hamilton, Carlos Kohn, Marianne Kohn Beker, Rodolfo Rico, Humberto García Larralde, Alejandro Oropeza G., Caroline B. de Oteyza, Carlos Walter, Marta de la Vega, Rocío San Miguel, Manuel Alcalá Murillo, Vanessa Blum, José Cantero, Jorge Maldonado, Patricia Alvarez, Cecilia Lucca, Gabriel Salvia, Sabrina Ajmechet, Tomás Borovinsky y Raúl Ferro.
Los abajo firmantes nos dirigimos a los gobiernos democráticos de América Latina con el objetivo de solicitarles que reclamen ante el régimen cubano la liberación de todas las personas que en ese país se encuentran encarceladas por delitos que, de acuerdo con los estándares internacionales, son derechos básicos.
Estamos de acuerdo en que la región normalice sus relaciones con Cuba, pero para ello el gobierno de los hermanos Castro debe armonizar sus normas internas eliminando las restricciones a los derechos humanos más elementales. Es que a diferencia de cualquier país en el que se puede producir una violación a los derechos humanos, en Cuba existe una política de estado que expresamente viola las libertades fundamentales. Al respecto, la Constitución de Cuba, su Código Penal, leyes especiales como la número 88 y las sentencias de los tribunales populares, son una evidencia irrefutable de las violaciones a los derechos humanos en ese país.
En efecto, el análisis de ciertos aspectos del orden político cubano a través del estudio de su organización institucional y legal, es concluyente que ya desde sus instituciones fundamentales, el contenido de sus leyes y la interpretación que le dan los órganos judiciales, el régimen cubano está organizado sobre la base de la supremacía del poder del Estado por encima de los derechos humanos básicos, y frecuentemente los vulnera en nombre de intereses propios del gobierno.
Como todo régimen plenamente autoritario, los atropellos a los derechos, a las formas de democracia republicana, de control y límites al poder del Estado y de respeto a las elementales garantías judiciales de los ciudadanos, van mucho más allá en los hechos que en los textos legales y constitucionales.
Sin embargo, el régimen cubano ha invocado frecuentemente los logros en materia de educación o salud, para acallar las críticas a las violaciones a derechos humanos básicos. Pero sostener que se respetan los derechos humanos en una sociedad donde cualquier ciudadano puede ser detenido sin motivo por la autoridad, no puede expresar ideas políticas, no tiene derecho a asociarse, reunirse con otros, ejercer la industria o el comercio, disponer de su propiedad, entrar y salir del país, etc.; es tanto como sostener que un esclavo goza de derechos humanos porque su amo le provee alimento, un lugar donde dormir y lo cura cuando se enferma.
Lo cierto es que el régimen jurídico-político de Cuba viola la mayoría de las garantías básicas plasmadas en todos los instrumentos internacionales que se han suscripto en las últimas décadas, y que en la actualidad forman parte del derecho internacional de los derechos humanos.
Por ejemplo, un informe de Human Rights Watch de noviembre de 2009 señalaba “Numerosos presos políticos detenidos durante el gobierno de Fidel Castro continúan presos padeciendo las condiciones inhumanas de las prisiones cubanas. Y el gobierno de Raúl Castro ha recurrido a leyes draconianas y a procesos judiciales que son una farsa para encarcelar a muchas otras personas que se atrevieron a ejercer sus libertades básicas. El gobierno de Raúl Castro se ha amparado especialmente en una disposición del Código Penal de Cuba que permite al estado encarcelar a las personas antes de que hayan cometido un delito, cuando existan sospechas de que pueden cometerlo en el futuro. Esta disposición sobre ‘peligrosidad’ es netamente política y define como ‘peligrosa’ a cualquier conducta contraria a las normas socialistas. Esta norma, la más orwelliana de todas las leyes cubanas, capta la esencia de la mentalidad represiva del gobierno cubano, que percibe a cualquier persona cuyas acciones no concuerden con el gobierno como una potencial amenaza y, por ende, pasible de castigo…las actividades ‘peligrosas’ incluyen entregar copias de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, organizar manifestaciones pacíficas, escribir artículos que critican al gobierno, e intentar organizar sindicatos independientes”.
Por cierto, es preocupante que América Latina se muestre tan indiferente frente a estas injusticias que sufre el pueblo cubano y tan complaciente con su ilegítimo gobierno, lo cual evidencia un límite de la democracia en la región. Especialmente preocupa que países que han sufrido terribles dictaduras, recibiendo en esos años de plomo importantes muestras de solidaridad democrática internacional, no reconozcan a la oposición pacífica cubana que es considerada subversiva por su gobierno debido a la invocación que hacen de los derechos humanos y la exigencia de su respeto o su difusión pública.
Es hora que América Latina se ponga del lado de los demócratas cubanos y le exija al régimen de los hermanos Castro que inicie una apertura política garantizando derechos muy elementales como la libertad de asociación y expresión, lo cual posibilitaría la liberación de muchos presos políticos por el principio de la vigencia de la ley más benigna. El 18 de marzo de 2010 se cumplirán siete años de la ola represiva conocida como “La primavera negra de Cuba”, la cual culminó con la detención de 75 opositores pacíficos, entre ellos periodistas y bibliotecarios independientes y promotores del Proyecto Varela, una iniciativa de referéndum que solicitaba cambios al sistema vigente en la isla. Actualmente, la mayoría de los detenidos continúan en prisión, junto a otros tantos presos políticos encarcelados antes y después de esa fecha por delitos que solamente existen en Cuba. Varios se encuentran en muy malas condiciones de salud y, el pasado 23 de febrero, se produjo la muerte del preso de conciencia –así reconocido por Amnistía Internacional- Orlando Zapata Tamayo, quien cumplía una larga condena por delitos tales como “desacato, insubordinación, difamación de las instituciones, desorden público y menosprecio de la figura del comandante Fidel Castro”.
Para la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, “El señor Zapata Tamayo era una de las víctimas del Caso Número 12.476, donde la Comisión Interamericana recomendó al Estado de Cuba ordenar la liberación inmediata e incondicional de todas las víctimas declarando nulas las condenas en su contra, por haberse basado en leyes que imponen restricciones ilegítimas a sus derechos humanos. El informe de fondo de este caso, aprobado el 21 de octubre de 2006, también recomendaba adoptar las medidas necesarias para adecuar sus leyes, procedimientos y prácticas a las normas internacionales sobre derechos humanos, reparar a las víctimas y sus familiares por el daño material e inmaterial sufrido en virtud de las violaciones a la Declaración Americana establecidas en el informe, y adoptar las medidas necesarias para evitar que hechos similares volvieran a cometerse. El Estado de Cuba no ha cumplido con las recomendaciones de la CIDH”.
Por lo expuesto, queremos hacerle llegar nuestra solidaridad a todos los demócratas cubanos y al mismo tiempo reclamarle a la opinión pública latinoamericana que no permanezca indiferente frente a la injusticia que padecen. La democracia no estará consolidada en América Latina mientras, ante la complacencia de gobiernos y organismos regionales, se mantenga vigente en Cuba un régimen de partido único que considera que el ejercicio de los derechos puede considerarse un delito y que por tal motivo una persona inocente debe ser privada de la libertad por largos años e incluso perder la vida.
Firmantes:
Julio César Strassera, Patricio Aylwin, Graciela Fernández Meijide, Guillermo O’Donnell, Ricardo Gil Lavedra, Santiago Kovadloff, Vicente Palermo, Daniel Sabsay, Pepe Eliaschev, Beatriz Sarlo, Juan Carlos Vega, Fernando Iglesias, Claudia Hilb, Emilio de Ipola, Carlos Lauría, Andrew Graham-Yooll, Sergio Fausto, María Matilde Ollier, Gabriela Ippólito, Marcos Novaro, Ricardo Uceda, Guillermo Rozenwurcel, Jessica Valentini, Demetrio Magnoli, Patricio Navia, Sylvina Walger, Rafael Rojas, Daniel Muchnik, Antonio Camou, María Sáenz Quesada, Carlos Facal, Ricardo Rojas, Fernando Ruiz, Silvia Uranga, Claudia Guebel, Héctor Leis, Eduardo Viola, Paulo Uebel, Paola Silva, Eduardo Ulibarri, César Ricaurte, Robert Eisenmann, Dilmar Rosas, Hugo Machín, Ricardo Lafferriere, Heinz Sonntag, Andrés Cañizalez, Romeo Pérez Antón, Diego Camaño Viera, Carlos Bascuñán, Gabriel Palumbo, Alejandro Nogueira, Claudio Paolillo, Carlos Gervasoni, Ricardo López Göttig, Bernabé García Hamilton, Carlos Kohn, Marianne Kohn Beker, Rodolfo Rico, Humberto García Larralde, Alejandro Oropeza G., Caroline B. de Oteyza, Carlos Walter, Marta de la Vega, Rocío San Miguel, Manuel Alcalá Murillo, Vanessa Blum, José Cantero, Jorge Maldonado, Patricia Alvarez, Cecilia Lucca, Gabriel Salvia, Sabrina Ajmechet, Tomás Borovinsky y Raúl Ferro.
miércoles, 24 de marzo de 2010
Memorial de lo que nunca sucedió
I
Sueños y realidades, puedo jurarlo,
Forman la mágica esfera indivisible
Que me lleva hacia el olvido. Tan real
Veo mi sueño y tan soñado lo real,
Que ando a los tumbos, aferrado
Al crisol de mil vidas imaginarias.
Alrededor las jocosas luciérnagas,
Danzan en la arboleda nocturna,
Brincan los minutos, y horas breves
Deshacen la trama de los días,
Que pasan tan leves como el viento.
Sigamos, me digo, con este asunto
De la vida, dejemos fluir los sueños
Hasta que llegue lo innombrable.
II
Nunca fui compañero de Ulises;
No lo vi tender su arco en el palacio
Ni vi caer a los pretendientes en Ítaca.
Estoy seguro de no haber estado allí,
Pero también yo quedé atrapado
En el tejido de la inalcanzable reina
Que lo amó. Puedo jurarlo. Tuve
Entre mis brazos a la esquiva tejedora,
Se agitó su talle contra el mío
En ardorosos ritmos, y me contemplé
En el verde antiguo de sus ojos.
Así quiso el azar que el astuto Ulises,
Ducho en ardides, cayera, también él,
En las sutiles redes del engaño.
III
Siglos después visité, puedo jurarlo,
El imperio muchas veces milenario,
Y vagué al pié de colosales dioses
Hasta llegar al palacio de la lasciva
Reina, mil veces fatigada por el amor
De ávidos escribas y esclavos, poetas
Y augures, sacerdotes y emperadores
Que desordenaban el lecho imperial;
Pronto me encontré enlazado
A los ardientes muslos de la reina,
Pero me negué a prolongar mi dicha
Y escapé hacia el Nilo y el desierto,
Por temor a la helada ira de César
Y a la furia flamígera de Antonio.
IV
Transportado por los vientos llegué
A los brazos de una ardiente morena
Que debajo de su túnica ocultaba
Los frutos más dulces del desierto.
Con ella seguimos los pasos erráticos
Del exaltado orador, harapiento,
Que cerca de nuestros ardidos muslos,
Fatigados por el amor, parloteaba
Sobre el fin inminente de los tiempos
Y prometía peces del mar de Galilea.
Las prédicas y rezos aturdían
Nuestros días, pero luego llegaron
Airados centuriones, y pudimos,
Al fin, gozar del grato silencio.
V
Un lúdico duende, endriago laborioso,
Me liberó de las pestañas del tiempo
Que se jactaban de dictarme la vida
Y me llevó, puedo jurarlo, a los campos
Ideales del Toboso. Allí pude conocer
A la principalísima y bella dama
Idolatrada por un flaco gentilhombre
Que agobiaba con su triste jumento
Los oníricos campos de España,
Y allí mantuvieron nuestros cuerpos
El antiguo, urgente y dulce diálogo
Que nos precipita en el cosmos.
Nos rodeaba un dorado resplandor.
Nos soñaba el insano gentilhombre.
VI
Las turbas se removían agitadas,
Blandían picas y banderas tricolores.
En esos turbios días, puedo jurarlo,
Me citó la desdichada austríaca.
Como Crusoe en su bendecida isla
Exploré sus montes y quebradas,
Recorrí sus más íntimos recovecos,
Besé cada centímetro de su piel,
Consolé tiernamente sus temores,
Y pensé que tal efusión de dulzura
Disiparía la furia del universo,
Pero mi dicha murió en una canasta
Aquella triste mañana en que vi caer
La cabeza cercenada de la reina.
VII
No me fue nada fácil, puedo jurarlo,
Saborear los favores de la diva
Que en la penumbra de los cines
Grabó la doble M de su nombre
Sobre los tiernos corazones varoniles.
Su complicada agenda, poblada
De poderosos amantes, me impuso
El sobresalto de horas clandestinas
Más dulces que un dulce amanecer.
Saturada de barbitúricos, muerta
Apareció una mañana sobre el frío
Lecho, pero su alma rubia y sensual
No tuvo que ascender al paraíso:
Ella era quien creaba el paraíso.
VIII
Iluso y frágil vástago del universo,
Viajo hacia el vacío sin pasaje,
Giro y giro con ciudades y planetas
Y luciérnagas y lirios y mesetas.
Estoy rodando en el vacío infinito,
Pero no cultivo inciertos paraísos
Ni escucho a los graves salvadores.
Lo único verdadero es el impulso
Que me lleva del caos hacia la nada;
Todo lo que realmente necesito
Para recorrer las mudas galaxias
Es mi antiguo equipaje imaginario,
La memoria de lo que nunca sucedió,
Y las dulces artimañas del amor.
Daniel Pérez, marzo 2010
viernes, 19 de marzo de 2010
Sargent y los ex futuros

Las hijas del doctor Edward Boit, por John Singer Sargent
La desaforada avidez de progreso que atravesó el siglo XX se puede apreciar en su verdadera extensión cuando se recuerdan los ex futuros que nos dejó como herencia, y que paso a enumerar:
a El milenio de la pureza aria, encarnado en el bigotito del Führer;
a La sociedad proletaria de hombres nuevos, liberada del egoísmo, la opresión y las guerras;
a Un antiguo país convertido en escenario de opereta, con el Duce como figura principal;
a El fragor de muchos Vietnam, preanuncio de la desaparición del monstruo imperialista;
a La música despojada del ritmo y la melodía, y hasta del sonido;
a La poesía elaborada con imágenes inconexas y palabras carentes de sentido;
a La novela liberada del argumento y protagonizada por el texto;
a El nuevo lenguaje oral basado en la gesticulación y los sonidos guturales;
a El arte ilegible y desprovisto de sentido, liderado por artistas (de alguna manera hay que llamarlos) tan ostentosamente ineptos como Damien Hirst, Gabriel Orozco, Ennio Iommi o León Ferrari.
a Todos los ex futuros que los lectores quieran agregar.



Detalles de Las hijas del doctor Boit
La infanta Margarita, detalle de Las Meninas Mientras los heraldos de esos estridentes ex futuros ocupaban el centro de la escena, los futuros verdaderos se construían en relativo silencio, con el talento, la disciplina y la racionalidad que reclaman las obras perdurables.
A quienes hemos tenido la buena fortuna de asomarnos al siglo XXI, aunque sea por poco tiempo, nos ha sido dada la satisfacción de asistir a la paulatina declinación de aquellos falsos futuros, y contemplar el consiguiente reverdecer de los valores que habían sido opacados por la altanera retórica que se titula progresista, pero es inasanablemente reaccionaria.
En el campo específico de la pintura, la revalorización del realismo del siglo XIX, negado y despreciado durante gran parte del XX a causa de la irrupción de las vanguardias, se afirma cada vez más.
Precisamente en estos días se están exhibiendo en el Museo del Prado dos obras maestras hermanadas por la misma intención pictórica, y separadas por una distancia de tres siglos. Se trata de "Las Meninas" de Velázquez y "Las hijas del doctor Boit", de John Singer Sargent, cuadro que el brillante artista norteamericano pintó a los 26 años, y que el Museum of Fine Arts de Boston cedió para la ocasión por el término de tres meses.
Formado en Florencia, discípulo de Carolus Durán y admirador de Velázquez, muchas de cuyas obras copió con apasionado interés, Sargent fue el retratista más destacado de un período en el que también estuvieron activos otros grandes maestros del retrato, entre ellos Sorolla, Anders Zorn, Boldini y Philip de Lazlo.
Más allá de sus virtudes de retratista, la obra de Sargent se distingue por la singular destreza de sus pinceladas, que vistas a corta distancia impresionan como los trazos apresurados de un somero boceto, para transformarse mágicamente en el más acabado realismo cuando nos alejamos de la pintura.
Todo parece indicar que la muerte prematura de Vincent Van Gogh, sumada a la circunstancia de que Sargent decidió residir en Londres luego de ser rechazado del salón de París de 1884 (dos años antes de la llegada de Van Gogh a Francia), le impidió conocer las pinturas del norteamericano. Curiosamente, sin embargo, fue Van Gogh el crítico de arte que mejor ha descrito la magia velazquista impresa en la técnica de Sargent: "Estoy cada vez más convencido –escribió en una carta a su hermano Theo fechada en 1885– de que los verdaderos pintores no acaban, en el sentido que se da muy a menudo a la palabra “acabado”, es decir, con tanta precisión que parece que lo estás tocando. Las mejores pinturas, y justamente las más perfectas desde el punto de vista técnico, observándolas de cerca, están hechas de colores (pinceladas) uno al lado del otro, y producen su efecto a cierta distancia. Rembrandt no ha soltado la presa, a pesar de todos los sufrimientos que le ha costado, pero los buenos burgueses encontraban a Van der Helst mucho mejor porque se podía también verlo de cerca".
Y en otra de sus cartas leemos: “Si pintáramos como Boguereau, entonces podríamos esperar ganar algo; pero el público no cambiará nunca, porque no le agradan más que las cosas suaves y lisas”.
¿De qué hablaba Van Gogh sino de ese precioso hilo que enlaza a Tiépolo con los bocetos de Rubens, a Franz Hals con el último Rembrandt, a Velázquez y Fragonard con Sargent, Sorolla o Monet, y hasta con el a veces excesivo Boldini, todos ellos hacedores de la magia que crea la ilusión de realidad con unos toques de pincel espontáneos y vibrantes, unos grafismos llenos de vivacidad y de humanidad, que vistos de cerca parecen unas manchas azarosas y desmañadas, pero que cuando nos alejamos de la pintura adquieren mágicamente la verosimilitud y la precisión del realismo más extremo?
Exhibida junto a “Las Meninas”, “Las hijas del doctor Boit”, que madrileños y visitantes tendrán la oportunidad de admirar durante los próximos tres meses, demuestra que Sargent logró dominar la lección de Velázquez con la mayor destreza y felicidad, pero también pone en blanco sobre negro el ex futuro de una concepción artística (de alguna manera hay que llamarla) ilegible y vacía, gestada por las petulantes promesas de quienes creyeron haber anulado para siempre al maravilloso y atemporal arte del siglo XIX, y que hoy proclaman su patética vaciedad en el silencio de unas salas siempre vacías.
jueves, 18 de marzo de 2010
El amante imaginario
I
Deliciosa tortura es no atreverme
A conjugar la miel de tu cintura:
Estoy preso en una eterna conjetura
Que vive de tu amor y nunca duerme.
Gacela fugitiva, tigre enjaulado,
Ilustran la razón de mi locura;
El mundo me prohíbe la dulzura,
Y mi pecho late oscuro y averiado.
Aferrado a la esperanza y al abismo
Resido en el miedo y en la duda.
Dulce te concibo, pálida y desnuda,
Porque nadie se salva de sí mismo.
En mi aéreo y constante laberinto,
Soy apenas un esclavo del instinto.
II
La secreta y deliciosa desventura
De no poder decirte lo que siento
Destila un agridulce sentimiento
Y juega al ajedrez con mi cordura.
El rigor de tu nítida hermosura
Reconstruyo a puro pensamiento,
Mi amante imaginaria te presiento,
Me hago amo y autor de tu figura,
Me adueño de tu sal y tu premura
Y apoyo mis ilusiones en el viento.
Prisionero de un sueño de dulzura
Vivo entre la espera y el lamento,
Y escribo en el aire y en la altura
Un dorado y utópico argumento.
Deliciosa tortura es no atreverme
A conjugar la miel de tu cintura:
Estoy preso en una eterna conjetura
Que vive de tu amor y nunca duerme.
Gacela fugitiva, tigre enjaulado,
Ilustran la razón de mi locura;
El mundo me prohíbe la dulzura,
Y mi pecho late oscuro y averiado.
Aferrado a la esperanza y al abismo
Resido en el miedo y en la duda.
Dulce te concibo, pálida y desnuda,
Porque nadie se salva de sí mismo.
En mi aéreo y constante laberinto,
Soy apenas un esclavo del instinto.
II
La secreta y deliciosa desventura
De no poder decirte lo que siento
Destila un agridulce sentimiento
Y juega al ajedrez con mi cordura.
El rigor de tu nítida hermosura
Reconstruyo a puro pensamiento,
Mi amante imaginaria te presiento,
Me hago amo y autor de tu figura,
Me adueño de tu sal y tu premura
Y apoyo mis ilusiones en el viento.
Prisionero de un sueño de dulzura
Vivo entre la espera y el lamento,
Y escribo en el aire y en la altura
Un dorado y utópico argumento.
Daniel Pérez, febrero 2010
martes, 16 de marzo de 2010
jueves, 11 de marzo de 2010
Hirst, Muñoz Molina y el arte que no existe
Antonio Muñoz Molina visitó hace pocos días la exposición de Damien Hirst abierta en la galería Gagosian de Nueva York, una experiencia que sirve, dice, “para entender algo sobre el mundo de ahora y para no entender nada al mismo tiempo”.
Como introducción a las reflexiones que le inspiró la muestra, el escritor español hace un inventario de las invenciones de Hirst, “tan previsibles como los productos de una franquicia comercial. Hay una cabeza de vaca conservada en formol, con media lengua fuera, con un disco de oro en el testuz, con los cuernos forrados de láminas de oro; hay fotografías a todo color y gran formato de píldoras medicinales; hay armarios de cristal que contienen amontonamientos diversos de cajas de medicinas; hay paneles cubiertos por mariposas de alas desplegadas y adheridas a la superficie; hay anaqueles de marcos dorados, semejantes a escaparates de joyerías, en los que se alinean imitaciones de brillantes o brillantes verdaderos en los que restalla la luz de los focos; hay cuadros de calaveras hechas con pintura sintética y otros en los que la pintura se ha expandido al verterla sobre un panel giratorio. Escaleras arriba y escaleras abajo en un edificio situado en una de las zonas comerciales más caras de Manhattan la exposición parece no acabarse nunca. Una sala conduce a otra sala idéntica. Un cuadro de mariposas conduce a otro cuadro de mariposas, y un armario de cajas de medicinas se parece extraordinariamente a otro, aunque habrá expertos que puedan distinguirlos entre sí”.
Titulada End of an Era, la exposición le sirve a Muñoz Molina para entender, en línea con Don Thompson, que “los clientes de Hirst y de la galería Gagosian buscan lo mismo, aunque a un precio mucho más alto, que los de Prada o Gucci en esa misma zona de Madison Avenue. Lo que se paga es lo que casi no existe: el nombre, la idea, el brillo del papel en una revista de modas".

Más adelante Muñoz Molina reproduce las explicaciones que le brindara un experto de la galería: “Damien Hirst no tiene que molestarse en hacer nada. Asistentes anónimos amontonan con paciencia las cajas de medicinas en los anaqueles o pintan los cuadros de lunares o pegan las mariposas sobre los paneles de madera a los cuales aplican después capas de color y barniz. Ni siquiera vierte él mismo la pintura en la centrifugadora de la que se extraen algunas de sus obras. A estas alturas al experto se le va poniendo un gesto sarcástico ante mi ignorancia: lo que Hirst crea, se apresura a explicarme, no es un objeto material en sí, sino algo mucho más preciado, un concepto”.
La invitación de Muñoz Molina “a entender algo y no entender nada al mismo tiempo”, sobre este curioso mundo del arte oficial de nuestros días, en el que incomprensiblemente se paga “por lo que casi no existe”, tiene, posiblemente, una interpretación que no es difícil intuir.
Ese gesto de pagar por lo que no existe se podría explicar, con toda probabilidad, como una demostración de superioridad de quienes se jactan de poseer un conocimiento impenetrable para el común de los mortales, o de los poderosos propietarios de fortunas desmedidas, que pueden permitirse el lujo de pagar cifras de 6 ceros por una cabeza de vaca o una caja de medicinas.
El resultado es indudablemente exitoso en esta era que nos toca transitar, como lo demuestran las bienales, las galerías de moda y los grandes remates de arte.
Pero vale preguntarse qué pasará cuando la espesa trama de relaciones e intereses creados, que hoy sostiene el valor de lo que no existe, se haya hundido en el olvido.
Hagamos un esfuerzo de imaginación para trasladarnos al mundo de mañana.
Imaginemos un hipotético momento, lejano en el futuro, en el que las ideas y las modas del presente, caracterizadas por el apego a lo falso, es decir, al reemplazo de lo verdadero por lo deseable, reposarán en el polvo y la melancolía del pasado, y las nuevas generaciones con sus nuevas ideas impondrán el tono de la época.
En ese mañana inexorable, las obras de hoy estarán solas, obligadas a expresar significados por sí mismas. Para volver a Muñoz Molina, ya no contarán con el concurso de “los entusiastas y los escandalizados, los críticos, los expertos, los periodistas fascinados por lo último, (que) ya ni siquiera somos público. No somos más que comparsas”.
En ese contexto, no parece aventurado predecir que el sacralizado mingitorio de Duchamp y la infinidad de imitaciones que lo siguieron, como las cajas de medicina y las cabezas de vaca, volverán a ser nada más que lo que son, y dejarán de ser lo que el afiebrado mundo del arte conceptual imagina que son.
Como introducción a las reflexiones que le inspiró la muestra, el escritor español hace un inventario de las invenciones de Hirst, “tan previsibles como los productos de una franquicia comercial. Hay una cabeza de vaca conservada en formol, con media lengua fuera, con un disco de oro en el testuz, con los cuernos forrados de láminas de oro; hay fotografías a todo color y gran formato de píldoras medicinales; hay armarios de cristal que contienen amontonamientos diversos de cajas de medicinas; hay paneles cubiertos por mariposas de alas desplegadas y adheridas a la superficie; hay anaqueles de marcos dorados, semejantes a escaparates de joyerías, en los que se alinean imitaciones de brillantes o brillantes verdaderos en los que restalla la luz de los focos; hay cuadros de calaveras hechas con pintura sintética y otros en los que la pintura se ha expandido al verterla sobre un panel giratorio. Escaleras arriba y escaleras abajo en un edificio situado en una de las zonas comerciales más caras de Manhattan la exposición parece no acabarse nunca. Una sala conduce a otra sala idéntica. Un cuadro de mariposas conduce a otro cuadro de mariposas, y un armario de cajas de medicinas se parece extraordinariamente a otro, aunque habrá expertos que puedan distinguirlos entre sí”.
Titulada End of an Era, la exposición le sirve a Muñoz Molina para entender, en línea con Don Thompson, que “los clientes de Hirst y de la galería Gagosian buscan lo mismo, aunque a un precio mucho más alto, que los de Prada o Gucci en esa misma zona de Madison Avenue. Lo que se paga es lo que casi no existe: el nombre, la idea, el brillo del papel en una revista de modas".

Más adelante Muñoz Molina reproduce las explicaciones que le brindara un experto de la galería: “Damien Hirst no tiene que molestarse en hacer nada. Asistentes anónimos amontonan con paciencia las cajas de medicinas en los anaqueles o pintan los cuadros de lunares o pegan las mariposas sobre los paneles de madera a los cuales aplican después capas de color y barniz. Ni siquiera vierte él mismo la pintura en la centrifugadora de la que se extraen algunas de sus obras. A estas alturas al experto se le va poniendo un gesto sarcástico ante mi ignorancia: lo que Hirst crea, se apresura a explicarme, no es un objeto material en sí, sino algo mucho más preciado, un concepto”.
La invitación de Muñoz Molina “a entender algo y no entender nada al mismo tiempo”, sobre este curioso mundo del arte oficial de nuestros días, en el que incomprensiblemente se paga “por lo que casi no existe”, tiene, posiblemente, una interpretación que no es difícil intuir.
Ese gesto de pagar por lo que no existe se podría explicar, con toda probabilidad, como una demostración de superioridad de quienes se jactan de poseer un conocimiento impenetrable para el común de los mortales, o de los poderosos propietarios de fortunas desmedidas, que pueden permitirse el lujo de pagar cifras de 6 ceros por una cabeza de vaca o una caja de medicinas.
El resultado es indudablemente exitoso en esta era que nos toca transitar, como lo demuestran las bienales, las galerías de moda y los grandes remates de arte.
Pero vale preguntarse qué pasará cuando la espesa trama de relaciones e intereses creados, que hoy sostiene el valor de lo que no existe, se haya hundido en el olvido.
Hagamos un esfuerzo de imaginación para trasladarnos al mundo de mañana.
Imaginemos un hipotético momento, lejano en el futuro, en el que las ideas y las modas del presente, caracterizadas por el apego a lo falso, es decir, al reemplazo de lo verdadero por lo deseable, reposarán en el polvo y la melancolía del pasado, y las nuevas generaciones con sus nuevas ideas impondrán el tono de la época.
En ese mañana inexorable, las obras de hoy estarán solas, obligadas a expresar significados por sí mismas. Para volver a Muñoz Molina, ya no contarán con el concurso de “los entusiastas y los escandalizados, los críticos, los expertos, los periodistas fascinados por lo último, (que) ya ni siquiera somos público. No somos más que comparsas”.
En ese contexto, no parece aventurado predecir que el sacralizado mingitorio de Duchamp y la infinidad de imitaciones que lo siguieron, como las cajas de medicina y las cabezas de vaca, volverán a ser nada más que lo que son, y dejarán de ser lo que el afiebrado mundo del arte conceptual imagina que son.
jueves, 4 de marzo de 2010
Con perdón de los lectores, aquí va un nuevo aporte al rubro desvaríos y sonetos
A la que espera
No importan los cómo de tu cuándo
Ni los por qué que te tienen afligida,
Es el quién lo importante de la vida,
Y la primicia que estabas esperando.
Nos busques los tal vez del entretanto,
Ni esperes un quizás muy repentino,
Hay un dónde al extremo del camino
Que la dicha te entrega de adelanto.
Pronto sabrás cómo, dónde y cuándo
Te aguarda un quién real y diamantino
Apoyado en el cruce del destino
Que tu quizás estaba imaginando.
Nunca dejes de esperar lo que te espera
En el punto más brillante de la esfera.
Juventud
Ya sé que soy un ente fugaz y transitorio
Conciente de que estoy pero no estoy,
Separado de ayer, de mañana y de hoy,
Y presente verdadero, sólo en mi velorio.
Es mala suerte haber sido condenado
A no estar en el instante plenamente,
Ver que siempre la fuga es inminente
Y que todo cuanto toco ya es pasado.
Ya sé que no soy, no he sido y no seré
Sino un efímero reflejo en el espejo;
El niño que fue joven ya es un viejo,
Y si no estuve ni estoy, ya no estaré.
El único ayer que vive y que perdura
Tiene el sabor de tu boca y tu cintura.
De corazón
Algo pasó por mi vena cava,
Entre el miocardio y la aurícula,
Cuando vi tu linda clavícula
Que alegre se balanceaba.
Las curvas de tu silueta
Y la fuerte temperatura
Me alborotaron la cintura
Y bramó mi sangre inquieta.
Tal vez de tu cara seria
Y el color de tu boquita,
Brotó el temblor que marchita
La diástole de mi arteria.
Casi al borde del infarto,
Verde estoy como un lagarto.
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