martes, 9 de agosto de 2011

El reconocimiento internacional de Borges y Guillermo Roux, un mal trago para el progresismo político y artístico

A comienzos de los años ’50, los hermanos David e Ismael Viñas, tenaces izquierdistas y editores de la revista Contorno, descargaban truenos y centellas contra el escritor Eduardo Mallea, a quien consideraban el referente intelectual más destacado de la execrada oligarquía argentina, y no le prestaban ninguna atención al casi desconocido Jorge Luis Borges.
Fiel a las fobias y las filias que heredara de su madre, una ucraniana llegada al país junto con su admirado Simón Radowitsky, el joven anarquista que “se cargó al comisario Ramón Falcón”, David Viñas recordó años después que Borges nunca le había interesado: “la polémica era con Mallea, a quien se lo veía mucho más que Borges”. Hombre de ideas pétreas e inconmovibles, Viñas reafirmó sus convicciones juveniles en una entrevista concedida poco antes de su muerte a la revista Ñ: “Yo creo que (Rodolfo) Walsh trasciende a Borges. Si usted me apura, hasta le diría: es mejor que Borges”. La antipatía ideológica de los intelectuales de izquierda, que en los años de Contorno se reducía a un desdeñoso encogimiento de hombros, fue dejando paso al más enconado y persistente resentimiento cuando los escritores europeos comenzaron a instalar a Borges entre los grandes de la literatura universal.
Juan José Sebreli recuerda el desconcierto y la incredulidad que un día de 1955 sacudió al exclusivo y juvenil trío de sartreanos marxistas –el mismo Sebreli, Carlos Correas y Oscar Masotta-, cuando compraron en la librería francesa Galatea de la calle Viamonte, como puntualmente lo hacían todos los meses, el ejemplar de julio de “Les Temps Modernes”, la revista de su idolatrado Sartre, y encontraron en sus páginas las traducciones al francés de varios ensayos de Borges, extraídos del libro “Otras inquisiciones”.
Para esos jóvenes seguidores de la religión marxista el hecho era verdaderamente difícil de entender: ¿cómo explicar el inexplicable reconocimiento a ese ignoto escritor de derecha, oscuro conservador de un país de segunda, publicado en francés por Jean-Paul Sartre, el máximo guía del mundo intelectual?
Persuadidos de que el amor a la justicia y la igualdad encarnado en las ideas de izquierda los ubicaba en un plano moral muy superior al despreciable subsuelo conservador ocupado por Borges, el progresismo argentino de entonces, como el de hoy mismo, tuvieron que resignarse de mala gana a una consagración que de ser por ellos nunca hubiera sucedido.
Lo que Sebreli y sus amigos no sabían es que ya en 1939, mucho antes de aquella publicación en “Les Temps Modernes”, Victoria Ocampo (la mítica directora de la revista “Sur”) había invitado a Roger Callois a refugiarse en la Argentina hasta la finalización de la segunda guerra mundial, abriendo la imperceptible grieta que permitiría la filtración de los textos de Borges hacia el mundo exterior.
Al regresar a Francia en 1945, Callois desarrolló en la editorial Gallimard la colección “La Croix du Sud”, dedicada a la literatura sudamericana, y publicó las primeras traducciones al francés de algunas obras de Borges.
Por una feliz casualidad, hace unos pocos meses la editorial francesa trajo a Buenos Aires una serie de cartas, textos y documentos que fueron expuestos en La Casa de La Cultura del Fondo Nacional de las Artes; entre las cartas se veía una de Roger Callois a Victoria Ocampo, fechada en 1952: "Seguramente voy a dirigir en la NRF (Nouvelle Revue Française, que luego se llamó Librairie Gallimard) una colección de obras de autores sudamericanos. Como primer número me gustaría Ficciones, de Borges". Y responde Victoria: "Esta mañana lo llamé por teléfono a Borges. Me pidió que te dé las gracias. Está muy contento con sus éxitos, que llegan justo porque aquí la gente como él es ignorada escandalosamente. En este momento, los escritores franceses y otros deben tenderle una mano". El resto de la historia es muy conocido: las numerosas traducciones y las manos ilustres que se le tendían a Borges fueron en aumento, hasta que en 1961 se le otorgó el premio Formentor junto a Samuel Beckett y comenzó a ser reconocido como una de las grandes figuras de la literatura universal.
A partir de entonces, Borges repitió muchas veces que Callois lo había hecho popular no sólo en Francia: “en Sudamérica y en Buenos Aires también. Nadie me conocía antes". El 21 de octubre de 1977 los protagonistas de esa historia sostuvieron un diálogo en el Centro Pompidou de París, que comenzó con el agradecimiento de Borges a Callois, deslizado bajo la forma de un autosarcasmo:
-Y bien, mi querido Borges; hace casi treinta años nos conocimos. Desde entonces he notado que...
-Sí, en aquel tiempo usted me inventó.
-No, no…
-Entonces me inventó un poco después...


¿Usted no sabe quién soy yo?

El pintor Guillermo Roux alcanzó la consagración internacional a través de una grieta muy semejante a la que permitió el surgimiento de Borges.
A fines de los años ‘40, en el pequeño dormitorio de Guillermo había una mesa donde su padre, el historietista y guionista Raúl Roux, desplegaba la compleja magia de los pinceles y la tinta china para crear fascinantes mundos de ficción.
Luego de oficiar de ayudante llenando algunos planos con tinta negra “sin pasarse de los bordes”, todavía emocionado y feliz, lo último que Guillermo veía antes de dormirse era la figura de su padre inclinado sobre la mesa, donde trabajaría hasta bien entrada la madrugada para cumplir con los plazos de entrega fijados por las editoriales.























A los quince años, Guillermo consiguió empleo como aprendiz en la editorial Dante Quinterno cuando ya asomaba su afición a la pintura; allí conoció al periodista Carlos Quirós, que lo animó a visitar la casa de su padre, el renombrado pintor Cesáreo Bernaldo de Quirós, para mostrarle alguno de sus trabajos.
En la mañana del deslumbramiento, luego de atravesar el gran arco de piedra de la casona de Vicente López, el chico de quince años ingresó con un pequeño cartón bajo el brazo a ese resplandeciente mundo de grandes salones poblados de columnas y muebles señoriales, jarrones de porcelana y fuentes de plata que reposaban alrededor de la gran tela colocada sobre un imponente caballete.
Luego de algunas preguntas sobre su trabajo y su familia, aquel gran hombre en fama y en años, puesto que ya había pasado los setenta, retiró su pintura del caballete, puso en su lugar el pequeño paisaje del artista quinceañero, acercó dos grandes sillones y lo invitó a tomar asiento para analizar el pequeño cartón junto con él, como dos iguales.
Durante las siguientes visitas, Guillermo fue invitado a pintar al aire libre en los jardines de la casa, mientras el viejo maestro, que había sido discípulo de Juan Manuel Blanes, Ángel della Valle y Reynaldo Giudici, y amigo de Sorolla y Zuloaga, le trasmitía sus enseñanzas y recordaba los tiempos pasados.
Así fue como el deslumbrado adolescente recibió de Quirós la llama sagrada que lo vincularía definitivamente a la pintura, siempre de espaldas a las modas y de cara al gran arte de los siglos pasados, respondiendo a una exigencia espiritual que durante sus primeros cuarenta años de vida le reportó grandes logros pictóricos y la previsible indiferencia de un mundo del arte que vive alucinado por el espejismo de la revolución permanente.
Durante las primeras cuatro décadas de su vida, Guillermo Roux hizo su primera exposición en la Galería Peuser; invirtió los ahorros de su trabajo de ilustrador para hacer su primer viaje a Europa; trabajó en la bottega del restaurador romano Umberto Nonni; se casó; aceptó el puesto de maestro en una escuela primaria de Jujuy; tuvo a su hija Alejandra; ganó un concurso para la realización de un mural y con el dinero viajó a los Estados Unidos, donde trabajó durante un año como ilustrador; ya de regreso se separó de su esposa; fue ocho veces rechazado en el salón Nacional, hasta que desistió de repetir el intento; corrió la misma suerte en casi todas las galerías de arte de Buenos Aires, y hasta se atrevió a visitar el Instituto Di Tella para mostrar sus trabajos a Romero Brest, que estaba en la cúspide su cruzada contra la tradición y proclamaba la muerte de la pintura: luego de dar una mirada entre negligente y desdeñosa a las tintas y acuarelas, Romero le preguntó (y se preguntó a sí mismo): “¿Por qué me trae estas cosas? ¿Usted no sabe quién soy yo?”
En medio de esas calamidades, Roux conoció a su actual mujer, Franca Beer, enviada por la providencia para cumplir un papel semejante al de Victoria Ocampo en el caso de Borges.






















Dueña de una agencia de publicidad y habituada a tomar decisiones audaces, Franca se contactó en 1972 con Rafael Squirru, el crítico de arte más influyente del momento, que hasta 1970 había ejercido en Washington el cargo de director de cultura de la Organización de Estados Americanos, y le pidió que visitara el taller del pintor.
Ese primer encuentro tuvo un efecto decisivo: luego de presentarse en el estudio de Roux junto con el marchand belga René Withofs, quien adquirió tres acuarelas para su colección, Squirru le organizó una muestra en la Galería Bonino y escribió un poema para el catálogo a modo de prólogo.
Para coronar su generosa tarea, siendo jurado de la XIII Bienal de San Pablo, realizada en 1975, Squirru invitó a participar a Roux y logró que se le adjudicara el primer premio internacional de pintura.
Por último, en 1988, cuando Roux ya había conseguido un amplio reconocimiento internacional, Squirru recomendó la realización de una exposición retrospectiva de su obra en la prestigiosa Phillips Collection de Washington, escribió un texto para el catálogo y comentó el acontecimiento en la revista Art News de Nueva York y en el diario La Nación de Buenos Aires.

Los nuevos idólatras

Muchos podrán sostener que el excepcional talento creador de Jorge Luis Borges y Guillermo Roux tenía forzosamente que prevalecer de una manera u otra, y que de no haber existido los personajes que desempeñaron un rol fundamental en sus carreras, otros los hubieran suplantado.

Sin embargo, me parece que la dolorosa incomprensión y los padecimientos de muchos grandes artistas, admirados y celebrados sólo cuando dejaron de pertenecer a este mundo, bastan por sí mismos para refutar aquella hipótesis del modo más contundente.
¿Quién puede, por ejemplo, recordar el solitario y amargo final de Van Gogh o Gauguin o Modigliani sin sentir una nota de dolor en el corazón?
¿Es posible acaso dejar de conmoverse frente al melancólico destino de Herman Melville, tan desilusionado por el fracaso de Moby Dick que renunció a la pluma y se convirtió en un oscuro empleado en la administración de aduanas de Nueva York?
También es oportuno recordar al celebérrimo Picasso, cuando dijo de sí mismo que nunca hubiera llegado a ser Picasso sin la mediación de Daniel-Henry Khanweiler, el marchand que un día se presentó en el miserable cuartucho parisino del Bateau Lavoir y se convirtió en un entusiasta y temprano promotor de su obra.
Pero además de la sagacidad y la visión de las personas que contribuyeron a facilitarles el camino del reconocimiento internacional, el singular paralelismo que vincula las vidas de Jorge Luis Borges y Guillermo Roux también nos remite al aislamiento y el rechazo que ambos debieron afrontar casi hasta la mitad de sus vidas, sólo por atreverse a seguir sus propias ideas, en lugar de sumarse a los imposibles sueños fundacionales que atravesaron el siglo XX y se prolongan en nuestros días.

Aldous Huxley señalaba con mucha razón que las elites cultas han dejado de sentirse atraídas por las formas más primitivas de idolatría; el descrédito de las religiones tradicionales, que tienden a ser toleradas pero ya no aprobadas, y que se identifican con la superstición y el irracionalismo, impulsó la tentación de creer en la sociedad perfecta y el hombre nuevo anunciados por la profecía marxista, así como en el nuevo arte inédito y desconocido que soñaran Mondrian y Kandinsky.
Más modernas y sofisticadas que las creencias de antaño, las nuevas religiones de la izquierda y el arte contemporáneo se adaptan mucho mejor que el cristianismo a la demanda de superioridad moral y distinción cultural de los nuevos idólatras, cuyo credo los impulsa a rechazar lo que existe y funciona, la tradición pictórica y la democracia liberal, en nombre de lo que nunca funciona y nunca existirá: el mítico futuro sin guerras y sin desigualdad y el arte inconcebible que debería florecer más allá del dibujo y la pintura.
De ese viraje de las ideas nacieron la idolatría política de una izquierda pretendidamente impoluta, que no se hace cargo de sus crímenes y fracasos, y se aferra a una ficticia superioridad moral para confinar a los demócratas en el despreciable territorio de la derecha, esgrimido para ningunear a Borges, así como la idolatría artística depositada en el arte contemporáneo, cuyo mérito se apoya en el desprecio del oficio y de la tradición pictórica.
Se comprende así que tanto el derechista Borges como el anticuado Roux sean negados y descalificados por las nutridas legiones de supuestos progresistas y vanguardistas que obedecen a un libreto inamovible; se comprende que David Viñas haya podido afirmar que un escritor de crónicas policiales y propagandista de la revolución cubana es superior a Borges, y se comprende que en lugar de Guillermo Roux (o el genial Carlos Alonso), sean dudosos artistas emergentes los que suelen representar a la Argentina en las ferias y bienales internacionales.
En resumidas cuentas, el mundo del arte y la cultura, que carece de fronteras, tiene mucho que agradecer a Roger Callois y Victoria Ocampo, a Bioy Casares y Rafael Squirru, porque además de realizar sus valiosas obras personales, todos ellos empeñaron su sensibilidad artística y su natural generosidad para lograr que Jorge Luis Borges y Guillermo Roux traspasaran el muro de silencio levantado en torno de ellos con falaces recetas ideológicas.

“...urgencias que llamamos, nunca sabré por qué, la realidad”

La rotunda independencia espiritual y una pareja sensibilidad ante las tensiones y desgarramientos de la existencia, que alguien definió como un breve resplandor entre dos eternidades, son algunas de las cualidades que alejaron a Borges y Roux de las modas artísticas e intelectuales.
Alguna vez Borges se refirió a Swedenborg como: “un hombre que instintivamente se aparta de las circunstancias y urgencias que llamamos, nunca sabré por qué, la realidad”.
Es muy probable que en esa desconfianza ante el inabarcable y azaroso fluir de la realidad se encuentre el fermento de la genuina creación, la semilla que dirige a escritores y artistas hacia las personalísimas construcciones de sentido y hacia el tenaz intento de perpetuar la belleza, más preciosa cuanto más efímera.
Alejado de las recetas ideológicas funcionales al gregarismo, ese camino conduce necesariamente a la excepción y la originalidad: inasimilables para el progresismo político y artístico que se agrupa en aristocráticas legiones, y postula una supuesta superioridad que los coloca por encima o por delante del resto de la sociedad, la hondura metafísica de Borges y la magia visual de Guillermo Roux motivan y explican su universal reconocimiento.

14 comentarios:

  1. Yo creo que pese a lo que se diga hay dos cosas -dos al menos- que están muy por encima de la política, que hacen que las ideas políticas queden en segundo lugar.
    Una es la inteligencia. La gente inteligente es tan escasa, tan valiosa, al menos la realmente inteligente, que la ideología cuenta poco. Yo me considero de izquierdas, pero no obstante me enorgullezco de tener como amigos -entre ellos tú, aunque nuestra amistad sea internética- a gente de diferentes ideas políticas. Con algunos amigos míos de derechas simplemente hablo poco de política, porque las dos partes sabemos que ahí hay desacuerdo. Pero ¡hay tantos temas de conversación!
    La otra cosa que para mí es independiente, que supera a las ideas políticas, es el arte. La coincidencia en la admiración del arte, de la excelencia artística, es inmune a la política. A mí me importa tres puñetas la ideología de Picasso o de Derain. Son grandes pintores ambos. Sus cuadros no son mejores o peores porque uno de elos fuese comunista y el otro colaborase con los nazis. Mis ojos y mi sensibilidad artística no ven las siglas de los partidos.
    Lógicamente, no obstante, la ideología infecta las mentes de las personas, incluso las de algunas personas inteligentes. Pero en fin, como dice el refrán, "obras son amores..."¿no?

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  2. De todos modos yo creo que el arte contemporáneo no es un invento de izquierdas, sino de derechas. El arte contemporáneo como tal, es decir, el negocio de ahora, se inventó en los años 50 norteamericanos, precisamente como manera de contrarrestar la tendencia de la pintura del momento hacia la pintura social y el ascenso del comunismo y socialismo entre los intelectuales occidentales. Se inyectaron fondos para aupar a Rothko y Pollock, se inventó la etiqueta "expresionismo abstracto" y se escribieron las críticas necesarias. Se crearon los primeros museos de arte moderno... Una impecable operación de marketing puramente capitalista, que describe con humor Tom Wolfe en "La Palabra Pintada". Pronto vinieron las réplicas europeas, como los Sauras, Millares, Tàpies, etc que a Franco le vinieron de perlas para cambiar la imagen de España... El arte contemporáneo (lo que se ha llamado así) es puro marketing, puro capitalismo y ahora liberalismo, especulación... Puede que aún se entretejan retazos de izquierdismo entre los discursos oficialistas, por aquello de mantener cierto aire "contestatario" y "subversivo", "revolucionario", pero el mayor peso del tejido tiene de izquierdista muy poco, el "arte contemporáneo" está tan ajustado a los mercados que mientras las agencias de (des)calificación sigan estando ahí, los vendedores de aire o tiburones podridos seguirán riéndose de todos nosotros.
    Uno de los artistas en cuyas declaraciones sobre la naturaleza del arte y del funcionamiento de esta cosa más coincido es Igor Stravinsky, que de izquierdista tenía muy poco, pero que sigue siendo uno de los cerebros más extraordinarios que han estado dentro del cráneo de un artista. Cuando Stravinsky hablaba de arte (música en su caso) hablaba tan sólo de arte, y la política, la cocina o los fuegos artificiales, si aparecían, eran simplemente para ejemplificar alguna cuestión artística. Siempre da en el clavo, es un remanso de sentido común que se agradece después de ver las absurdas y enrevesadas justificaciones que los críticos de arte actuales vomitan hoy como supuesta teoría del arte.

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  3. Anxo, yo creo que en este mundo todo tiene que ver con todo; es muy válido sostener que el arte y la inteligencia están por encima de la política, pero también es indudable que si la consagración de Borges llegó desde afuera hacia adentro de la Argentina, y no al revés, fue debido a las definiciones y categorías políticas que la izquierda sostiene como un dogma irrenunciable, al que antepone a las consideraciones artísticas.
    Por eso no estoy tan seguro de que el arte sea inmune a la política: sin ir más lejos, una importante vertiente del arte contemporáneo es lo que llaman arte político o antisistema, cuya dinámica consiste en abominar del capitalismo y señalar al imperialismo norteamericano como el gran responsable de todos los males del mundo. Es curioso, pero hay infinidad de "artistas políticos" que condenan al nazismo, a los Estados Unidos y a la demonizada sociedad de consumo, pero ninguno condena a los dictadores de izquierda ni a las espantosas e invivibles sociedades comunistas. Cualquiera que conozca los circuitos del arte conceptual sabe que su discurso es una curiosa simbiosis de izquierdismo político y sacralización del futuro: de hecho, la respuesta más corriente contra los críticos del arte contemporáneo es la acusación de derechistas.
    Por otro lado, me parece que las cosas nunca evolucionan debido a un complot lineal y premeditado, sino que hay mucho de accidente y de azar que altera y combina las intenciones de unos y otros, hasta arribar a un estado de cosas más o menos institucionalizado. En el caso deel impresionismo abstracto, es bueno recordar que Pollock fue en sus comienzos una creación del trotskista Clement Greenberg, que pasó de la política a la crítica de arte y postuló con tenacidad a Pollock como el artista mayor de su época, hasta lograr que la revista Life le hiciera el famoso reportaje que lo convirtió en una celebridad nacional y, en consecuencia, en un referente del mundo democrático.
    Por otro lado, si bien es cierto que a partir de cierto momento el arte abstracto se identificó con la democracia y el arte figurativo con el comunismo, no es menos cierto que los primeros abstractos rusos, Tatlin, Goncharova, Malevich, El Lissitzky y otros tuvieron el apoyo oficial de Lenin y Lunacharsky y que Chagall fue comisario de cultura de Vitebsk, o que los futuristas italianos fueron ardorosos mussolinianos.
    Desde luego que hoy todo se reduce a fenómenos discursivos: el arte contemporáneo se apoya en un izquierdismo verbal inofensivo y totalmente avalado por el mercado. Hacer operaciones por millones de libras o dólares mientras se reniega del capitalismo es algo muy sofisticado y elegante, que le proporciona a los protagonistas la ilusión de estar por encima de los conflictos de clase. Se trata una simbiosis bastante posmoderna, demostrativa de que la realidad puede tomar rumbos tan inesperados como la caída del muro de Berlín o los levantamientos de los jóvenes excluidos que hoy proliferan en el mundo.
    En el plano personal, si ser de izquierda quiere decir avalar los totalitarismos que invocan la felicidad futura de los pueblos y rechazar la libertad individual en nombre del colectivismo, yo no soy izquierda; pero si la palabra izquierda define a los que quieren que toda la gente pueda vivir bien y hacer aquello que la haga feliz, entonces sí soy de izquierda.
    Para terminar, te agradezco la referencia a Stravinsky. No leí nada escrito por él, así que ya tengo un objetivo para entretenerme.

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  4. Estoy muy de acuerdo, hoy en día se ha puesto muy de moda buscar conspiraciones de todo tipo, pero no se debería atribuir a complicadas conspiraciones lo que explica perfectamente la estupidez y el azar.

    Respecto a las "intrigas palaciegas", es cierto que son las que aúpan o destituyen en vida a los artistas y famosos en general. En su momento era el apoyo a un duque o un conde hoy es un partido o un grupo de poder. Pero al fin y al cabo es la misma cosa: un grupo de amiguetes poderosos. Yo compré un libro llamado "La responsabilidad del artista" que trata sobre esos romances entre totalitarismos y vanguardias, y resulta muy instructivo. De Jean Clair, igual ya lo tienes.

    Respecto a las izquierdas comparto tu análisis, nunca apoyaría una dictadura, por muy proletaria que fuese. El doble rasero, de no querer ver la contradicción entre la primera y la segunda definición que haces es una sofisticada impostura, a la que juega también el arte contemporáneo. Las ideologías ocupan, también coincido, el lugar de las grandes religiones.

    A mí las ideologías no me gustan nada: entiendo que haya ideas, tendencias de pensamiento, coincidencias en un plano filosófico. Pero una ideología supone cierta disciplina de partido, cierta tontuna autoimpuesta. Aprecio mucho el pensamiento libre, independiente, y las ideologías son justo lo contrario (excepto para quien las ha creado, claro). Me gusta mucho en ese sentido la posición de Gombrich, que desconfiaba de todas ellas.

    Respecto a Stravinsky, te recomiendo su "Poética Musical", una serie de ensayos (lecciones en su día) que conformaban un curso para jóvenes músicos. Lo intento leer todos los años, siempre "reencuentro cosas nuevas" y esta edición es muy bonita, y agradable de leer.

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  6. Gracias por el dato, Anxo; soy fanático de La consagración de la primavera, así que no me perderé el libro.
    Suscribir una ideología, tanto en el arte como en la política, es la mejor manera de no ver ni entender lo que pasa delante de nuestra nariz.
    Me parece que en lugar de recurrir a las etiquetas de izquierda o derecha hay que tratar de entender y definir los datos de la realidad; pero claro, eso te coloca en un lugar impreciso y te obliga a pensar, dos cosas que a la gente de izquierda no le interesan para nada (de los de derecha es difícil hablar porque es muy raro que alguien reconozca ser de derecha; por lo general, la palabra derecha se usa sólo como acusación).

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  7. Sobre las principales teorías que definen y auspician al arte contemporáneo me parece que TODAS pueden afiliarse a corrientes izquierdistas. De por si todo el arte efímero esta basado en destruir la idea del arte como construcción “burguesa”, y de allí podemos seguir esa filiación del arte y la izquierda hasta los más profundos avernos del paradigma comunista...

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  8. No tanto, antiburgués era también el nacionalsocialismo alemán, la falange española, el fascismo italiano... y algunos movimientos de las vanguardias históricas (por ejemplo el Futurismo) se apoyan ahí. Por otra parte, la resurrección de la vanguardia en torno a la década de 1950 (action painting y demás) es un invento norteamericano precisamente en la época del "McCarthysmo", para contrarrestar la influencia del "realismo social" que derivaba del "realismo socialista" de la URSS, y ha sido financiada en sus primeros momentos por la CIA y una serie de "patriotas" norteamericanos. En España, por ejemplo, el informalismo fue la apuesta del gobierno franquista para mejorar su imagen cultural. Desde entonces ha sido un negocio (capitalista) puro y duro aunque haya pinceladas ideológicas como marketing para vender el producto como "revolucionario" ("nuevo").

    No quiero quitarle al comunismo el mérito de haber servido como justificación para múltiples atrocidades, pero en el caso del arte es el Capitalismo precisamente quien nos ha traído estos lodos. De la izquierda se han utilizado "eslóganes" o "memes" para vender la moto de la novedad o de que había un elemento "antisistema", pero es puro marketing.

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  9. Puedo estar de acuerdo, Anxo, pero con una salvedad: no me convence la teoría del complot, de lo premeditado y ejecutado por un grupo de conspiradores que se proponían obtener exactamente ese resultado: "inventar" una vanguardia para contrarrestar el realismo socialista, o que el informalismo fuera sólo una apuesta de Franco. Creo, más bien, en la lógica interna de las situaciones, establecida por el juego de acción y reacción que estimula y orienta las ideas y las conductas en una situación dada. Quiero decir que durante la gueera fría fue bastante lógico que el realismo socialista de Stalin estimulara la libre expresión del action painting, como pudo ser lógico que Franco no se opusiera o estimulara al informalismo, pero el informalismo y el action painting no se podrían entender sin la neurosis de futuro y de novedad que se apoderó del arte desde principios del siglo XX.

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  10. Yo no soy dado a creer en conspiraciones, tampoco. Pero sí está recogido en varias fuentes que hubo inversión a favor del expresionismo abstracto y el informalismo en detrimento de otros movimientos que en la época eran más pujantes.

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  11. A mí me parece que el expresionismo abstracto puede ser pensado como un invento norteamericano, como dice Anxo, y que ese movimiento fue apoyado por los magnates gringos, pero también me parece que eso es igual a decir que el impresionismo es un invento francés y que fue apoyado por magnates franceses o que el expresionismo fue un invento alemán, apoyado por millonarios alemanes, etc.

    Creo que más que una cuestión de complots contra las producciones artísticas de la Unión soviética (producciones que en realidad pienso que interesaban poco y no se les daba mucha relevancia en el Occidente artístico de la Guerra fría), el asunto con el expresionismo abstracto es más bien que puede ser considerado un ejemplo en el terreno artístico del paso de la dominación planetaria de Europa a Norteamérica después de la segunda guerra mundial...

    Ahora, no creo que el tópico revolucionario sea simplemente un barniz superficial puesto sobre avasalladores poderes capitalistas que marcan la irracionalidad e imponen las tonterías del arte contemporáneo (como creo que piensa Anxo). Yo precisamente creo lo contrario, es decir pienso que son los más simples mecanismos económicos de intercambio de bienes y servicios los que en el arte se encuentran profundamente coaptados por distorsiones teóricas de raíces izquierdistas, lo cual impide que el trabajo minucioso y dedicado, la calidad y el valor estético y reflexivo de una obra de arte ofrecida al publico sean condiciones que se puedan medir de alguna forma.

    Tal vez añoro la época en que el pago al artista se hacía en oro puro, y la cantidad de ese oro equivalía a la excelencia de la pintura...

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  12. Suele decirse que los hombres hacen la historia pero no saben que historia hacen; creo que eso es, en general, lo que suele pasar: alguien lanza una idea o una acción con un objetivo determinado, luego esa idea o esa acción empiezan a rodar y a generar adhesiones y oposiciones y terminan disparando cualquier cosa diferente a la que se pretendía.
    Por supuesto, también existen los complots, y a veces triunfan, pero no me parece que ese sea el caso del expresionismo abstracto ni del informalismo, nacidos de un conjunto de causas muy complejas, entre ellas el destructivo afán de negar la tradición y de hacer un arte absolutamente nuevo, que terminó en el desastroso panorama actual.

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