viernes, 27 de mayo de 2011

¿Por qué será que la contemporaneidad se esfuma tan rápidamente?

Me está pasando algo muy extraño: en los años ’60, Buenos Aires me parecía una ciudad muy actual y muy contemporánea, pero a medida que fueron pasando las décadas me fui dando cuenta de que en esa ciudad de los ’60 los autos, los edificios y la gente lucían francamente anticuados, y que la Buenos Aires que está verdaderamente a tono con la época es ésta de hoy.
¿Por qué será que la contemporaneidad se esfuma tan rápidamente y le da ese aire un tanto ridículo y vetusto a las cosas que antes me parecían tan maravillosamente modernas?
¿Sentirán lo mismo que yo las personas que dentro de 40 o 50 años se detengan a contemplar la realidad de hoy?
No lo sé, pero esa manía que tiene la contemporaneidad de envejecer tan rápidamente me tiene muy preocupado.
Si esto sigue así, me pregunto adónde irá a parar la contemporaneidad del arte contemporáneo, esa que tanto apasiona al diario La Nación, empeñado como está en una incesante operación de prensa, cuyo objetivo es convencernos de que el arte contemporáneo es absolutamente maravilloso, y de que sus éxitos de venta y de público no dejan de crecer.
Y digo operación de prensa porque los diarios británicos, franceses y españoles publican muchas cosas a favor del arte contemporáneo, encomian los logros de Arco y la Tate, por ejemplo, pero también publican comentarios adversos de gente tan calificada como Marc Fumaroli o Robert Hughes. Sin embargo, los editores de arte de La Nación están convencidos de que la cobertura del quehacer artístico debe ser un mar de unanimidad.
Se trata, claro, de un propósito noble: quieren convencer al soberano de que la pintura y la escultura son cosas del pasado, y de que el arte debe responder a lo que ellos llaman el espíritu de la época.
Y si alguien no está de acuerdo con sus postulados, lo califican de conservador, reaccionario o derechista (¡¡!!), lo cual resulta bastante insólito, porque se podrá acusar de muchas cosas a La Nación, sobre todo si se es kirchnerista, pero a nadie se le ocurriría afirmar que es un diario de izquierda.
Sin embargo, en su cruzada a favor del arte contemporáneo escribieron que Robert Hughes “es de derecha” porque critica a Damien Hirsch.
Pero la ambigüedad y la contradicción no se detienen allí; fíjense ustedes que La Nación aplaude a rabiar las críticas a la sociedad de consumo que tanto abundan en el arte contemporáneo, pero a la vez recomienda a sus lectores que compren arte contemporáneo, y aplaude con entusiasmo los récords de venta que alcanzan los artistas contemporáneos en los remates.
Esa doble conducta me desconcierta y me obliga a preguntarme: ¿en qué quedamos? ¿Están a favor o en contra del consumo?
Y por otro lado, ¿qué tiene de malo la sociedad de consumo?
¿Acaso prefieren las sociedades de hambre y miseria, como Etiopía, Cuba, Corea del Norte o Haití?
Pero volvamos al comienzo: yo creo que si el gran mérito del arte contemporáneo es justamente ese, el de ser contemporáneo, estamos en un problema, porque la contemporaneidad de hoy es el pasado de mañana.
Por eso me permito aconsejarle a los editores de arte de La Nación que aflojen un poquito con la unanimidad y el triunfalismo: tengan en cuenta que el futuro podría dejarlos mal parados.

viernes, 20 de mayo de 2011

ArteBA 2011, o de cómo el mito del arte desaloja a las obras de arte


"Los artistas, escritores y poetas tienden a juntarse en gremios, círculos y corporaciones que funcionan como sociedades de socorros mutuos: todos son buenos en lo suyo, interesantes, geniales. Ergo, el único crítico verdadero es el público".
Jorge Luis Borges

Hoy se inauguró ArteBA 2011, un espacio férreamente controlado por la corporación mediático-empresaria que maneja al llamado arte contemporáneo; como es sabido, este credo irracionalista se expone principalmente a través del Premio Petrobrás, adjudicado en esta ocasión al rótulo: “Autorretrato sobre mi muerte”, algo que la crónica periodística describe de esta manera:

"una escultura / objeto instalada en el piso, que resume el sentimiento del artista acerca de la muerte, de su muerte. El proyecto consta de una bolsa de nylon blanca translúcida que contiene en su interior los objetos preferidos del artista con dos calamares en proceso de descomposición”.

Como se puede ver en las fotografías, los "objetos preferidos" que el artista, para consumar su "escultura-objeto" o "proyecto", puso dentro de la bolsita, además de los calamares, son sus zapatos y algo que parece ser un calzoncillo.
Aunque tales preferencias son por lo menos curiosas, no tiene sentido objetarlas, porque las preferencias personales pertenecen al ámbito privado; pero lo que sí resulta absolutamente impenetrable es el mecanismo mental que indujo al autor a asociar una bolsita, un par de zapatos y unos calamares con la idea de la muerte.
¿Qué cambiaría en su "obra", me pregunto, si el rótulo "Autorretrato sobre mi muerte" se lo hubiera endosado a una esponja de baño, una bicicleta o un sacacorchos?
Y a la inversa, si se eliminara el rótulo, ¿quién podría imaginar que la bolsita con los zapatos y los calamares esconde una alusión a la muerte?
Pero ya se sabe que la distinguida tropa de funcionarios, curadores, galeristas y artistas emergentes, organizada como una generosa sociedad de socorros mutuos, está a mil kilómetros de distancia de esta clase de consideraciones.
Siempre dispuestos a ser gratamente sorprendidos, ellos se reúnen para celebrar la variedad del arte y certificar que todo cuanto se presenta en ArteBA es tan irreprochablemente bueno, interesante y genial como los artistas que embolsan zapatos y calamares.

jueves, 19 de mayo de 2011

Después de 50 años de prohibición, se exhibe en Cuba el cortometraje "P.M.", de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez-Leal



"P.M." (Pasado meridiano) es un cortometraje realizado por Sabá Cabrera Infante, hermano de Guillermo, y Orlando Jiménez-Leal en 1960, presentado a comienzos de 1961 y poco después -en mayo de 1961-, confiscado y prohibido, según el texto de la resolución,

"por ofrecer una pintura parcial de la vida nocturna habanera, que empobrece, desfigura y desvirtúa la actitud que mantiene el pueblo cubano contra los ataques arteros de la contrarrevolución a las órdenes del imperialismo yanqui".

Es interesante comprobar que un año después del triunfo de los Castro, La Habana era todavía una ciudad moderna, donde abundaban los negocios privados, bien provistos de los alimentos y bebidas que producían las empresas privadas, y habitada por ciudadanos prósperos y bien vestidos... que cometían el imperdonable delito de bailar y divertirse en lugar de agitar banderitas y repetir las consignas del supremo comandante.
Para los amantes del arte, la buena noticia -todavía inexplicable- es que la Cinemateca de Cuba lo exhibió este miércoles, 18 de mayo, en la Sala Chaplin.
Es muy bueno saber que los cubanos podrán disfrutar (si alguien no cambia de idea) este valioso documento y pequeña joya cinematógrafica.